Lecturas recomendadas

El albergue de la vida

El vientre de la mujer es el taller donde el misterio de la vida se devela

Rosalía Moros de Borregales:

 

Siempre me ha causado admiración la visión revelada en el Génesis acerca de la mujer. Dios había creado el Universo, sus manos habían extendido la plenitud de los cielos sobre la faz del abismo, había puesto sobre ellos la gran lumbrera para que señoreara sobre el día y la más pequeña, acompañada de millares de estrellas, para adornar la noche. Cada día fue añadiendo a su arte una nueva creación; y siempre le pareció a Dios que todo lo que había hecho era bueno en gran manera. Luego, dijo Dios: —“Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. Y creó Dios al hombre y lo bendijo…” Entonces, dijo el Señor Dios: —“No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.” Génesis 2:18. La creación de la mujer vino para ser presencia, para acompañar, para abarcar el vacío del varón; para rodearlo con su amor.

 

 

Con la creación de la mujer surgió la familia. “Dios los bendijo y les dijo: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Ejerzan dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra.” Génesis 1:28. Y fue bajo este principio de fecundidad que Dios multiplicó a todas sus criaturas en la Tierra. Fue también de esta manera que sostuvo Dios el arca de la preservación. Cuando Noé construyó el arca fue instruido para llenarla con parejas de cada una de las especies. Así pues, en el concepto de familia, en la alianza entre el varón y la varona, como la nombran algunas traducciones de las Sagradas Escrituras, estuvo fundamentada la continuidad de la existencia sobre el planeta.

 

 

Dios creó a la mujer como respuesta a la soledad del varón, la hizo ayuda idónea y esposa como alianza, la hizo madre como santuario de vida. En ella, la humanidad es concebida, alimentada, nombrada, enseñada, consolada y enviada. La vida de cada mujer como madre no comienza el día en que sostiene a su hijo entre los brazos. Comenzó mucho antes, en el pensamiento de Dios; en ese instante sagrado de la creación en el que el Señor miró al hombre y vio que la soledad no era buena, entonces creó a la mujer. Desde entonces, la vida humana se concibe plenamente con esa presencia capaz de ser fecundada, capaz de albergar la vida dentro de sí, de traer su luz al mundo, alimentarla, sostenerla y convertir su existencia en hogar. Hoy, gracias a la ciencia, podemos saber con exactitud cada paso en la transformación de esas dos células que se unen, como una semilla preciosa, para generar la vida. Sin embargo, hace miles de años, el llamado Predicador en el libro de Eclesiastés declaró: “Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas.” Eclesiastés 11:5. Hoy, aunque el ser humano ha logrado descifrar los dos primeros misterios; aún continuamos ignorando la obra credora de Dios en muchas aspectos, muy especialmente, ignoramos la maravilla de Sus manos que yace en la mujer.

 

El vientre de la mujer es el taller donde el misterio de la vida se devela. Es en esa morada cálida y segura donde cada embrión es visto por los ojos de Dios… “No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos…” Salmo 139:15-16. Al transcurrir los años, los ojos de la madre continúan el cuidado vigilante del niño. Y a lo largo de nuestra existencia, su mirada se convierte en el albergue de nuestra alma. Como María cobijó en su vientre al Cristo encarnado y, más tarde, a los pies de la Cruz, su mirada se convirtió en el refugio de su dolor; así, la madre que es el santuario biológico en el que se gesta la vida, también es un santuario espiritual donde la vida siempre halla el calor del nido; un refugio donde Dios obra su amor.

 

Es tan impactante la obra de Dios en la creación de la mujer que en la actualidad la Neurociencia ha comprobado que mientras un nuevo ser humano se está formando en el vientre, la madre también está siendo transformada en su cerebro. Un estudio de Neuroscience (2024) mostró cambios en el cerebro que, literalmente, señalan que se lleva a cabo una especialización neuronal para leer señales que afinan su discernimiento de las necesidades del bebé para cuidarlo y protegerlo. Es un periodo de neuroplasticidad adulta: El cerebro cambia para proveer a la madre la sensibilidad y la respuesta emocional al recién nacido. Asimismo, la Neurociencia afirma que el amamantamiento activa circuitos relacionados con la empatía, el apego y la atención; de tal manera de reforzar el vínculo mamá-bebé. La oxitocina es esencial en la eyección de la leche materna; también participa en la creación de la calma que se suscita una vez que el bebé está siendo alimentado, en el contacto piel con piel, en la mirada, la sincronía y la construcción del lazo emocional entre madre e hijo, el cual, rara vez, se rompe. Revisiones recientes sobre la lactancia materna destacan la actividad pulsátil de las neuronas oxitocinérgicas durante este proceso.

 

En el libro de Proverbios (31) encontramos una oda a la mujer. Es un poema acróstico, sus versos siguen el orden del alfabeto hebreo. Las Sagradas Escrituras cantan a la mujer recorriendo las letras hebreas, para mostrar que su virtud atraviesa la vida entera: la casa, el trabajo, la palabra, la previsión, la compasión, la sabiduría y la entrega a Dios. Es como si el poema quisiera abarcar a la mujer como una totalidad desde la letra Alef  א hasta la letra Tav ת. Aquí algunos de estos versos que profundizan en el trascendente significado de la mujer: (Alef)  Mujer virtuosa ¿Quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas. (Bet) El corazón de su marido está en ella confiado. (Guímel) Le da ella bien y no mal todos los días de su vida. (Dálet) Busca lana y lino, y con voluntad trabaja con sus manos. (Ayin) Fuerza y honor son su vestidura; y se ríe de lo por venir. (Shin) Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que no le da la espalda al Señor, será alabada.

 

Quisiera terminar este tributo a la Mujer, en el Día de la Madre, con dos frases que me han conmovido. La primera es de San Agustín hablando sobre su madre, Mónica: “Ella me dio a luz en la carne para esta vida temporal, y volvió a darme a luz con su corazón para la vida eterna.” Refiriéndose a la oración de su madre por su vida espiritual. La segunda es del escritor C.S. Lewis, quien al experimentar un profundo dolor por la muerte de su esposa, lo expresó de esta manera: “Su ausencia es como el cielo, lo cubre todo.”  Porque así como la presencia viva del amor de la mujer llena cada rincón, su ausencia también abarca todos los espacios..

 

Rosalía Moros de Borregales

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