Manuel Barreto Hernaiz:
«¿Arde París?» (Brennt Paris?)
Adolf Hitler
Hay ciudades que no pertenecen únicamente a la geografía de un mapa, sino a la cartografía del espíritu. Para quienes cruzamos el Atlántico en la efervescente década de los setenta, París no era solo una capital europea; era un faro. Acudimos a ella buscando en la mítica Ciudad Luz esa claridad intelectual tan necesaria para desentrañar un mundo convulso, polarizado por la Guerra Fría, sacudido por revoluciones y debates filosóficos en los cafés de la Rive Gauche. París nos enseñó a pensar, a debatir, a amar la libertad y a comprender la complejidad de la condición humana.
Hoy, más de medio siglo después, la contemplación de su realidad no produce un mero desacuerdo político o sociológico: produce dolor. Un dolor sordo y desgarrador que nace del estupor.
Al analizar la contundente sentencia que resuena hoy en el debate geopolítico —«Francia ha caído; no es la protesta, es la excusa»— , es imposible no sentir un escalofrío. Lo que presenciamos en sus calles no es la manifestación vehemente del espíritu republicano ni la clásica pasión gala por la protesta social. Es la eclosión de algo infinitamente más oscuro: la instrumentalización del caos, la ruptura deliberada del pacto civilizatorio y la erosión metódica de los valores que hicieron de Francia el corazón cultural de Occidente.
La memoria histórica nos obliga a hacer una comparación tan trágica como reveladora. En los días más sombríos de la Segunda Guerra Mundial, cuando la barbarie nazi amenazaba con reducir a cenizas el patrimonio de la humanidad, ni siquiera la orden directa de Adolf Hitler logró que el General Dietrich von Choltitz ejecutase la destrucción de París. Frente a la orden del exterminio total, prevaleció una contención, un último reducto de veneración por lo sagrado que representaba la arquitectura, el arte y el alma de esa ciudad.
Hoy, la paradoja es desgarradora. Lo que la devastación del fascismo no destruyó en 1944, parece estar sucumbiendo en el siglo XXI bajo el empuje de lo que solo puede describirse como un ejército amoral. No se trata de marchas ideológicas ni de reivindicaciones laborales; se trata de una fuerza nihilista que no busca construir ni reformar, sino profanar, incendiar y desmantelar el tejido social desde adentro. La protesta ha dejado de ser un medio de expresión para convertirse en la simple coartada del vandalismo y la descomposición.
Observar la penumbra que se cierne sobre los bulevares donde una vez aprendimos el significado de la libertad de pensamiento nos confronta con una amarga certeza: la verdadera caída de una nación no ocurre cuando sus edificios se derrumban, sino cuando sus principios se rinden y su autoridad moral se evapora.
Quienes encontramos allí la luz en los años setenta no podemos mirar hacia otro lado. Nos dolió el ayer, pero nos aterra el hoy. Porque si la Ciudad Luz se apaga ante la indiferencia y la justificación de la barbarie, no solo habrá caído Francia; se habrá apagado una parte fundamental de la civilización humana.-


