Beatríz Briceño Picón:
La fiesta de María de Guadalupe nos lleva a pensar en la mujer americana y en tantas mujeres que son modelo de esperanza en nuestro mundo globalizado. Este texto tiene la trascendencia debida a la Madre de Dios del Tepeyac, pero también quiere alcanzar a la mujer en su esencia, incluida mi sobrina y ahijada Guadalupe Burelli que se nos marchó sin hacer ruido hace poco más de dos meses. También debo hacer mención a esa otra mujer venezolana, María Corina Machado, que acaba de recibir el máximo galardón mundial del Nobel de la Paz. Es decir que vamos a hacer el elogio de la madre fijándonos en las mujeres de tejas abajo que siempre han sido motor de la historia.
Pero no estoy sola en este homenaje a la mujer; voy de la mano de don Mario, mi padre, que es un guía incondicional para mis pasos por la vida y los de su primera nieta Burelli en Madrid, cuando, de menos de dos años, llegó exilada, junto a sus padres, a nuestro recién instalado hogar en la calle de Castelló 86. La niña Bububupe hizo fiesta en nuestra casa y la disfrutamos con la ternura de un abuelo que recibe a la hija de su primera hija mujer.
Mario Briceño Iragorry es uno de esos venezolanos que apostó siempre por el talento de la mujer y la exaltó en todas sus manifestaciones en el mundo. Fue un gran adelantado del voto femenino y del reconocimiento de las capacidades femeninas en cualquier tarea sin competir con el varón, siempre juntos. Fue sin duda la Madre de Dios quien sembró en él esa gran admiración.
Escribí, en el centenario de su nacimiento, algunos textos que hoy recuerdo con devoción. “Ella estuvo en las raíces de su formación, y en las ascuas de esa fe que negó en la adolescencia y que encendió con fuego nuevo su alma, cuando volvió, en Mérida, a su práctica religiosa (…) Bautizado en Trujillo, tierra de María Santísima, como solía decir, y educado en el catolicismo de sus mayores por las mismas mujeres que dieron luz a su espíritu de escritor, volvió a la luminosidad de la fe cuando María invocada por él, en la noche de pecado, le dio la gracia de la conversión”
“Creo que la sociedad en general ganará mucho cuando la actividad social de la mujer sea más notoria y se haga más extensa. Pero insisto en lo de la mujer mujer. Me horroriza la marimacho. Detesto la mujer que busca atributo de hombre. La prefiero, como decían los abuelos, con la pata quebrada y en casa. Puede la mujer, conservando su integridad diferencial y luciendo la plenitud de sus atributos femeninos, incorporarse a la marcha de la cultura. Y justamente lo que se busca es eso. Que la dirección del mundo se asiente sobre los dos caballos de Platón. El hombre no es el individuo. El hombre es el par. Durable o transitorio. Pero donde confluyen dos fuerzas y dos sentidos complementarios. El mundo es la permanencia de un binomio. Ya hecho por la ley, ya hecho por la especie, ya hecho por la afinidad electiva de los espíritus, ya por la admiración subyugante de la belleza, ya por el deleite comunicativo de los pensamientos. Se rompe aquí y nace allá. Destruye y crea. Empuja y detiene. Pero es dual. Y dual es el pensamiento de la sociedad, y dual debe ser su contenido conceptual. Pero esa molécula creadora reclama la inalterabilidad de origen de la mujer y del hombre (…) Creo en la superioridad de la mujer y tengo por cierto que nuestro héroe iluminado (Alonso Andrea de Ledesma) hubiera cedido con gusto las bridas de su cabalgadura a las suaves manos de una dama”.
No soy una apasionada de don Mario, simplemente soy su hija menor, la octava de la familia, deudora total de toda su lucha por Venezuela, por su crisis de pueblo, que no es otra que su crisis de identidad, que está viva y coleando actualmente, junto a la crisis de caridad, de fe y de esperanza, no ajenas a la crisis de justicia y de prudencia, de fortaleza y templanza. Estoy convencida que los que no han tenido la paciencia de leer Tapices de Historia Patria (1934) no pueden entender mucho de identidad y valores venezolanos. También es fundamental leer Mensaje sin destino, el breve ensayo que ha movido el corazón de miles de universitarios que vibran por la patria verdadera. Sin olvidar Alegría de la Tierra, Saldo, el Regente Heredia o su novela Los Riberas.
Pero se trata hoy de recordar a María de Guadalupe, la Emperatriz de América, la Madre que consuela y anima a recordar nuestros orígenes, nuestra historia continental y nuestra historia patria. Y hacer homenaje a la mujer venezolana y entre ellas a esa ahijada mía, Guadalupe Burelli, que se nos fue demasiado pronto y nos dejó a muchos un vacío demasiado grande en el alma y seguro también en el arte y la cultura venezolana.-
Beatriz Briceño Picón
Humanista y Periodista UCV


