La dicha que no depende de los aplausos

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Luis Javier Moxó Soto/ReL:

Jesús no desprecia la alabanza a María: revela la raíz más honda de su grandeza y de toda vida cristiana, escuchar la Palabra de Dios y cumplirla.

Una mujer entre la multitud proclama feliz a la madre de Jesús. Él no rechaza su elogio ni rebaja a María; conduce la admiración hasta su verdad más profunda: la verdadera bienaventuranza nace de acoger la Palabra y darle forma en la vida. Santo Tomás de Villanueva y san Daniel Comboni muestran dos modos concretos de hacerlo: servir al pobre y entregar la existencia a la misión.

El Evangelio del 10 de octubre es breve —apenas dos versículos, Lucas 11, 27-28—, pero contiene una de las claves más hermosas para comprender la relación de María con Cristo y el camino de los discípulos. Mientras Jesús habla, una mujer alza la voz desde la gente: «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!». La escena es profundamente humana. Ante la fuerza de las palabras y las obras de Jesús, aquella mujer felicita espontáneamente a su madre.

Cristo responde: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11, 28). Leídas deprisa, sus palabras pueden parecer una corrección fría, casi un distanciamiento respecto de María. Pero el Evangelio de Lucas no admite esa interpretación. Desde la anunciación, María aparece precisamente como quien escucha, pregunta con fe, acoge la palabra del ángel y se entrega: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Más adelante, Lucas la presenta guardando y meditando en su corazón cuanto sucede en torno a su Hijo (Lc 2, 19.51).

Jesús no desplaza a María: revela por qué es verdaderamente dichosa. Su maternidad física es única e irrepetible, pero su santidad consiste en haber creído, escuchado y obedecido. La Iglesia no honra a María al margen de Cristo ni por una emoción religiosa desligada del Evangelio. La llama bienaventurada porque la Palabra encontró en ella una acogida sin reservas.

Escuchar no es sólo oír

La palabra griega que está detrás del «escuchar» evangélico no designa una recepción pasiva de sonidos. En la Escritura, escuchar implica atender, acoger y responder. Israel no recibe los mandamientos para archivarlos, sino para vivir de ellos. Por eso el gran mandamiento comienza con una llamada: «Escucha, Israel» (Dt 6, 4).

Jesús une escuchar y cumplir. No permite separar una espiritualidad de consumo —oír palabras bellas, emocionarse, compartir una reflexión— de la transformación concreta de la vida. La fe cristiana no se demuestra por una emoción intensa ni por una identidad cultural, sino por una obediencia que penetra las decisiones pequeñas y grandes.

Cumplir la Palabra no es ganar el favor de Dios mediante obras. Es dejar que la gracia recibida tenga consecuencias. Es perdonar cuando sería más fácil prolongar el resentimiento; defender a quien no puede defenderse; renunciar a una mentira rentable; cuidar al enfermo sin convertir su fragilidad en una carga; ordenar el uso del dinero; hablar de Cristo con mansedumbre y valentía.

Por eso el Evangelio de hoy no nos pregunta cuánto sabemos de Dios, sino qué parte de su Palabra estamos dejando entrar de verdad en nuestra agenda, nuestras relaciones y nuestras prioridades. Una fe que no llega a la conducta acaba convirtiéndose en una decoración religiosa. La verdadera dicha es otra: saber que la propia vida empieza a parecerse, aunque sea lentamente, a lo que Dios sueña para nosotros.

María, primera discípula

María no es sólo la Madre del Señor; es la primera discípula. Antes de llevar a Jesús en su seno, lo acoge en la fe. Antes de acompañarlo hasta la Cruz, acepta la incertidumbre de una promesa que no controla. Antes de ser Madre de la Iglesia, permanece orando con los discípulos a la espera del Espíritu Santo.

Ésa es la respuesta católica a la falsa alternativa entre devoción mariana y centralidad de Cristo. María no compite con su Hijo. Su vida entera señala hacia Él: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Toda auténtica devoción a la Virgen conduce a una obediencia más concreta al Evangelio, nunca a una religiosidad sentimental que nos dispense de la conversión.

En una cultura que mide el valor de una vida por su visibilidad, sus resultados o los reconocimientos obtenidos, María muestra otra grandeza. La bienaventuranza no consiste en ser admirado, sino en dejar que Dios haga obra en nosotros. No depende de una imagen impecable ni de una trayectoria sin sombras, sino de la disponibilidad humilde para responder cuando el Señor llama.

El obispo que se despojó

Santo Tomás de Villanueva encarna esa escucha que llega a los pobres. Agustino, predicador de gran prestigio y después arzobispo de Valencia, no entendió su cargo como una promoción social. Nombrado arzobispo en 1544, entró en la ciudad con sencillez y convirtió la casa episcopal en un lugar de acogida, formación y asistencia.

Su caridad no era improvisación ni paternalismo. El llamado «obispo de los pobres» organizó ayudas, atendió a huérfanos y necesitados, promovió la reforma del clero y predicó con una cercanía que no rebajaba la exigencia evangélica. La tradición recoge que su deseo de dar era tan constante que su madre advertía que, si seguía así, no quedaría ni una gallina en casa.

Tomás de Villanueva comprendió que escuchar la Palabra no se agota en una buena homilía. La predicación se vuelve creíble cuando quien habla acepta ser despojado por la misma caridad que anuncia. No basta denunciar la pobreza desde una distancia segura. El Evangelio exige preguntarnos qué estamos dispuestos a compartir: no sólo lo que sobra, sino tiempo, atención, capacidades, relaciones y posibilidades reales.

También hoy existe el riesgo de una Iglesia que habla mucho de los pobres pero no les abre espacios verdaderos; que celebra la dignidad humana, pero no mira de frente la soledad, la precariedad y el abandono. Santo Tomás no ofrece una receta automática para problemas complejos, pero recuerda una condición indispensable: la caridad debe tener rostro, orden, continuidad y sacrificio.

La misión que no coloniza

San Daniel Comboni llevó esta obediencia hasta el corazón de África Central. Nacido en 1831 en una familia campesina pobre de Limone sul Garda, fue sacerdote, misionero, fundador y primer obispo de África Central. Murió agotado por la enfermedad en Jartum el 10 de octubre de 1881, a los cincuenta años; san Juan Pablo II lo canonizó en 2003.

Su intuición más conocida —«Salvar África con África»— contiene una lección misionera que sigue siendo actual. Comboni no concebía la evangelización como imposición cultural ni como una obra realizada desde fuera por quienes se creen superiores. Quería formar sacerdotes, religiosas, catequistas y laicos africanos para que fueran protagonistas de la vida cristiana y social de sus propios pueblos.

Este enfoque no elimina los condicionamientos históricos ni convierte a los misioneros del siglo XIX en figuras ajenas a su época. Pero permite reconocer una convicción evangélica decisiva: cada pueblo no es un objeto de asistencia, sino un sujeto llamado a recibir, encarnar y anunciar a Cristo con su propia voz.

Escuchar y cumplir la Palabra significa también dejar que el Evangelio cuestione nuestras relaciones de poder. Nadie evangeliza desde el desprecio. No se puede anunciar al Crucificado ignorando la dignidad, la cultura o el sufrimiento concreto de quienes tenemos delante. La misión cristiana no fabrica dependientes: propone a Cristo, sirve la libertad y despierta vocaciones.

Una dicha para hoy

Jesús nos libera de una búsqueda agotadora de aprobación. La multitud puede elogiar, las redes pueden amplificar, los títulos pueden acumularse; pero nada de eso garantiza una vida bienaventurada. La dicha que Cristo proclama es más humilde y más sólida: escuchar la Palabra y ponerla en práctica.

Quizá la palabra de Dios que hoy necesitamos cumplir no sea espectacular. Puede ser volver a rezar con fidelidad; llamar a alguien a quien hemos dejado solo; detener una crítica injusta; pedir perdón; ayudar a quien atraviesa una necesidad concreta; educar con paciencia; tomar en serio la vocación que Dios está insinuando.

María, santo Tomás de Villanueva y san Daniel Comboni no vivieron para convertirse en nombres admirables. Respondieron a una Palabra que les precedía. Por eso su vida sigue hablando. No nos dicen simplemente: «Mirad qué grandes fuimos». Nos señalan a Cristo y repiten, cada uno a su modo: escucha, cumple y deja que Dios haga de tu vida un lugar donde su amor pueda ser reconocido.

/ReL

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