El Papa

El Papa clama de nuevo: “No sirve abatirse y quejarse, sino arremangarse para construir la paz”

"Si nos convertimos en artesanos de la fraternidad, podremos tejer los hilos de un mundo lacerado por guerras y violencias"

«Vivimos aún tiempos inciertos y  difíciles a causa de la pandemia. Son muchos los que están atemorizados por el futuro y agobiados por las  situaciones sociales, los problemas personales, los peligros que provienen de la crisis ecológica, de las  injusticias y de los desequilibrios económicos planetarios»

 

«Dios nace pequeño y necesitado para que nadie deba avergonzarse jamás de  sí mismo»

 

«No viene con el poder de quien quiere ser temido, sino con la fragilidad de  quien pide ser amado»

 

«Mirando a María con su Hijo en brazos, pienso  en las jóvenes madres y en sus hijos que huyen de las guerras y de las carestías o que esperan en los  campos de refugiados»

 

En el ángelus del Día mundial de la Paz, el Papa Francisco clama, una vez más por ella: “No sirve abatirse y quejarse,  sino arremangarse para construir la paz”. Porque, sólo “si nos convertimos en artesanos  de la fraternidad, podremos tejer los hilos de un mundo lacerado por guerras y violencias”. Porque la paz, como María, es “don y compromiso” en lo concreto. Por eso, Bergoglio dice que, “mirando a María con su Hijo en brazos, pienso  en las jóvenes madres y en sus hijos que huyen de las guerras y de las carestías o que esperan en los  campos de refugiados”.

Sobre todo, en “estos tiempos inciertos y difíciles a causa de la pandemia” y cuando muchos “están atemorizados por el futuro y agobiados por las  situaciones sociales, los problemas personales, los peligros que provienen de la crisis ecológica, de las  injusticias y de los desequilibrios económicos planetarios”.

Papa y paz

 

Las palabras del Papa en la oración del Ángelus 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!  

Comenzamos el año nuevo encomendándolo a María Madre de Dios. El Evangelio de la liturgia  de hoy habla de ella, remitiéndonos nuevamente al encanto del pesebre. Los pastores van sin demora  hacia la gruta y ¿qué encuentran? Encuentran – dice el texto – «a María, a José y al niño acostado en el  pesebre» (Lc 2, 16). Detengámonos en esta escena e imaginemos a María que, como mamá tierna y  cuidadosa, acaba de depositar a Jesús en el pesebre. En ese colocar suavemente podemos ver un don  hecho a nosotros: la Virgen no tiene al Hijo para sí misma, sino que nos lo presenta; no lo estrecha sólo  en sus brazos, sino que lo deposita para invitarnos a mirarlo, a acogerlo y a adorarlo. He aquí la  maternidad de María: el Hijo que ha nacido nos lo ofrece a todos nosotros. 

Y al colocarlo ante nuestros ojos, sin decir ninguna palabra, nos da un mensaje estupendo: Dios  está cerca, a nuestro alcance. No viene con el poder de quien quiere ser temido, sino con la fragilidad de  quien pide ser amado; no nos juzga desde lo alto de un trono, sino que nos mira desde abajo como a un  hermano, más aún, como un hijo. Nace pequeño y necesitado para que nadie deba avergonzarse jamás de  sí mismo: precisamente cuando experimentamos nuestra debilidad y fragilidad, podemos sentir a Dios  aún más cerca, porque se nos ha presentado así, débil y frágil. Es el Dios-niño que nace para no excluir a  nadie. Para hacer que nos convirtamos todos en hermanos y hermanas. 

Papa y la paz

Así pues: el nuevo año comienza con Dios que, en los brazos de su Madre y acostado en un  pesebre, nos anima con ternura. Tenemos necesidad de este aliciente. Vivimos aún tiempos inciertos y  difíciles a causa de la pandemia. Son muchos los que están atemorizados por el futuro y agobiados por las  situaciones sociales, los problemas personales, los peligros que provienen de la crisis ecológica, de las  injusticias y de los desequilibrios económicos planetarios. Mirando a María con su Hijo en brazos, pienso  en las jóvenes madres y en sus hijos que huyen de las guerras y de las carestías o que esperan en los  campos de refugiados. Y contemplando a María que coloca a Jesús en el pesebre, poniéndolo a  disposición de todos, recordamos que el mundo cambia y la vida de todos mejora sólo si nos ponemos a  disposición de los demás, sin esperar que sean ellos los que comiencen. Si nos convertimos en artesanos  de la fraternidad, podremos tejer los hilos de un mundo lacerado por guerras y violencias. 

Hoy se celebra el Día Mundial de la Paz. La paz «es tanto un don de lo alto como el fruto de un  compromiso compartido» (Mensaje para la LV Jornada Mundial de la Paz, 1). Don de lo alto: debe ser  implorada por Jesús, porque solos no somos capaces de custodiarla. Sólo podemos construir  verdaderamente la paz si la tenemos en nuestro corazón, sólo si la recibimos del Príncipe de la paz.

El Papa y la paz

Pero  la paz es también nuestro compromiso: nos pide dar el primer paso, nos pide gestos concretos. Se  construye con la atención a los últimos, con la promoción de la justicia, con el valor del perdón, que apaga el fuego del odio. Y también necesita una mirada positiva: que siempre se mire – en la Iglesia como  en la sociedad – no el mal que nos divide, sino ¡el bien que puede unirnos! No sirve abatirse y quejarse,  sino arremangarse para construir la paz. Que la Madre de Dios, Reina de la paz, al comienzo de este año  obtenga la concordia para nuestros corazones y para el mundo entero. 

Saludos tras el ángelus

 José Manuel Vidal/RD

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