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Caminar con Dios en la Intemperie: la soledad del despertar

Ya el ruido y las distracciones no me atraen tanto. Siento una llamada al silencio, a los espacios interiores, al desierto

Ricardo Márquez/The Southern Cross-San Diego:

 

¿Por qué hay conversaciones que ya no me interesan?

¿Por qué no intento convencer a los que no piensan como yo? ¿Por qué le doy cada

día menos importancia a lo que otros puedan decir o pensar sobre mí? Algo está

cambiando desde dentro.

Reconozco que es la combinación de los años (77), la autorreflexión y una

sensibilidad mayor para distinguir lo esencial de lo accidental. Quizás sea entender

que no todo se reduce al poder o la voluntad; tal vez sea la aceptación de mis luces y

sombras, mis fortalezas y debilidades… o la rendición confiada ante un amor que me

trasciende y que ni siquiera puedo explicar.

Esta experiencia me hace más observador y menos juez, más explorador y menos

catedrático. Mientras más me conozco y acepto, más reconozco los afectos, dolores

y penas de quienes me rodean. Es como si mis lágrimas clarificaran la mirada, y

pudiera volver a mirar —re-spectare— hasta reconocer en el otro a alguien tan

humano como yo. Esa es la raíz del respeto.

Es como una mudanza de piel, una transformación interior que genera incertidumbre:

dejar atrás lo conocido, lo que hasta ahora ha funcionado, para abrirse a lo que

todavía no es. No es un territorio cómodo, sobre todo si hemos crecido acumulando

cosas, creencias y costumbres para sentirnos seguros. Es como caminar con Dios en la intemperie: sin muros ni certezas, pero con la confianza de estar sostenido.

Ya el ruido y las distracciones no me atraen tanto. Siento una llamada al silencio, a

los espacios interiores, al desierto. Y como a Jesús, en ese desierto también me

visitan los “demonios”: fuerzas oscuras, sombras —como diría Jung— que confrontan

mi interior. En el silencio aparecen memorias tristes, heridas y pasiones reprimidas

que piden atención y sanación. Por eso agradezco la presencia de guías sabios y

compasivos —terapeutas, consejeros, acompañantes espirituales— que conocen sus

propios laberintos y caminan a mi lado sin imponer caminos.

He descubierto que el silencio puede ser fuente de sanación, cuando nace de la

aceptación radical de lo que soy, con mi historia, mis luces y mis caídas, incluso con

los momentos en que he apartado mis manos del arado (Lc 9,62), pero también los encuentros con el enfermo, el preso y el necesitado donde he reconocido el rostro de Aquel que dijo: “Lo que hicieron a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicieron.”(Mt 25,40).

Mirar y dejarse mirar por quien desde la Creación nos amó, es una experiencia que

sana y transforma: el amor recibido se convierte en amor que se da. Así comienza a

brillar una chispa de fraternidad, un anticipo del Reino que ya habita entre nosotros.

La experiencia del despertar no es un ascenso lineal, sino un caminar en espiral:

avances, retrocesos, cercanías y lejanías del centro. En este proceso de

transformación vamos soltando lo superficial y nos atrae lo que da sentido. Dejamos

las máscaras con las que intentamos ser aceptados y nos presentamos tal como

somos… y entonces algunos se alejan, diciendo que ya no nos reconocen.

Despertar es aprender a desnudarse ante la vida sin miedo. Caminar en la intemperie

es confiar en que hay un Dios que no se ofende por nuestras dudas, sino que se

conmueve por nuestra búsqueda. En el silencio, aprendemos a mirar —y a dejarnos

mirar— con ternura. Y comprendemos que no se trata de convencer ni de ganar, sino

de reconocer; no de acumular certezas, sino de vivir despiertos, sabiendo que el

Reino no está lejos, sino latiendo ya, humilde y luminoso, dentro de nosotros.

 

“Solo en la intemperie el alma encuentra su verdadero hogar”

— Inspirado en *El Dios de la Intemperie*, Armando Rojas Guardia

 

Octubre 10,2025

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