Trabajos especiales

Capilla Las Mercedes de Tarabana en una revelación histórica

La mañana del 6 de julio de 1887, cayó sobre el Distrito Cabudare un torrencial aguacero que impidió la salida de la comitiva «del Gobierno con los individuos que debían acompañarlo» a pesar de que desde el amanecer ya estaban listos para la marcha desde Barquisimeto con los primeros resplandores del alba.

Y no fue hasta las 9 de la mañana, que el presidente del estado, general Rocha y su secretario General, Ríos, que también se distinguía con el grado de general; así como el jefe de las Armas Nacionales, general Aquilino Juares; los jefes de las Seccionales de Estadística y de Hacienda y algunos ciudadanos que acompañaron al Ejecutivo Regional, decidieron ponerse en marcha rumbo a Cabudare.

No habían recorrido una milla cuando encontraron una comisión enviada por los cabudareños que esperaban a los delegados del Gobierno en la margen derecha del río Turbio, línea divisoria entre los dos distritos y desde «La Cruz» o «Tierrita Blanca», como se les denominaba a aquellas hondonadas, cuando otros ciudadanos se incorporaron “a la marcha del Gobierno; de tal manera que cuando llegamos al río, era grande el número de los que iban”.

Cuando la comitiva del Gobierno atravesó el caudaloso río, ya en la margen derecha del Turbio — en el Sitio de Tarabana —, los esperaban el jefe de Distrito Cabudare José de J. Ponte, acompañado de un grupo de unos 40 hombres a caballo entre los que destacaban los cabudareños Juan de Dios Meleán, el presbítero Regino Aular, los generales Andrés Marrufo, Teotiste Méndez y L. A. Terán.

Recepción en la capilla

En La Reintegración Liberal, periódico de Barquisimeto, No. 15, del 19 de agosto de 1887, que estaba dirigido por el periodista e historiador Telasco Mac.Pherson, quien fungía como su director; Virgilio Arráiz, administrador; y los redactores: Pablo A. Vilches, Dr. Rosendo Perdomo, Emiliano Soteldo y Anselmo Pérez, se lee que: «La ciudadanía de Cabudare presentó al gobierno sus felicitaciones y dio las gracias por aquella visita que el distrito recibía complacido».

El discurso de orden fue pronunciado por el historiador Juan de Dios Meleán, el cual fue corto «como lo reclamaba el sitio y la ocasión, pero rico en bellos pensamientos y en verdades consoladoras para el patriotismo».

No podía faltar con entusiasmo el nombre de Guzmán Blanco en aquella joya literaria, ni el de Juares con afecto, «discurso calificado como grandioso por las ideas en él emitidas y por la belleza de su dicción».

«En el patio de la hacienda “Tarabana” que sirve de plazoleta a la linda capilla (Las Mercedes) allí levantada por el finado señor Felipe C. Ponte, a las márgenes del camino había preparada una mesa de licores y allí fuimos obsequiados, sin desmontarnos de los caballos con algunos vasos de cerveza, y siguiendo a la ciudad de los recuerdos gratos para el partido liberal de Barquisimeto, penetramos en ella a las 10 y 40 minutos».

Aquel número de La Reintegración Liberal, precisa minuciosamente que, para el recibimiento de la comitiva del alto Gobierno de Guzmán Blanco, «las calles estaban todas exornadas con banderas nacionales y amarillas, que desde allí en adelante abrió la marcha, era bastante respetable el número de ciudadanos que entre fuegos artificiales entusiastas aclamaciones condujo al Gobierno a la hermosa y convenientemente amoblada casa que se le tenía preparada».

Para 1920 había una capilla

Pese a no poseer registros de la fecha de cuando la capilla-oratorio comenzó a funcionar bajo la advocación de la Virgen de Las Mercedes, las pesquisas del antiguo documento de compra de la Hacienda Tarabana, demuestra que la posesión disponía de un lugar sagrado, pues para 1920, «el fundo» antes denominado Tarabana, era conocido como Las Mercedes, en homenaje a la capilla que honraba a la Madre de Jesús.

Juan Bautista Piñero Higuera, natural de Santa Ana de Coro (bisabuelo de los hermanos Yepes Gil, que luego serán los propietarios de la hacienda en cuestión) suscribe documento:

«En la ciudad de Barquisimeto, a los veinte y un días del mes de mayo de mil ochocientos veinte y dos años, ante mí el escribano público y testigo […] la ciudadana Rosa de Alvarado, viuda y albacea testamentaria del ciudadano Juan Galíndez, a la que doy fe conozco, que es vecina y mayor de veinte y cinco años: que traspasa en el ciudadano Juan Bautista Piñero […] una posesión compuesta de diez y seis fanegadas de tierra de labor, en las que están fundados doce mil árboles de cacao, con regadío propio de el agua viva, con una casona y un lugar de oración, en el sitio que llaman de Tarabana, cuyo nombre también viene de dicha posesión…»

La tradición de la Hacienda Tarabana data del 14 de octubre de 1791, cuando según escritura, Juan Galíndez y Anzola, esposo de Rosa de Alvarado, compró veinte y una fanegadas de tierras de labor por la cantidad de “siete mil quinientos pesos” al Regidor Don Santiago Villalonga, cuyos linderos se describen así: «La hacienda Tarabana linda con el Naciente con el Camino Real que viene de los Llanos, y tierras de los herederos de Don Antonio Pino».

La capilla-oratorio fue levantada lindante al camino carretero que, en tiempos de la Guerra de Independencia, comunicaba a Barquisimeto con Cabudare, y a su vez con los llanos, en el exacto lugar donde se reorganizaron las tropas de Simón Bolívar, Rafael Urdaneta y Cristóbal Palavecino, para partir al encuentro violento de la Batalla de Tierritas Blancas, contra las tropas realistas del brigadier José de Ceballos, aquel funesto 10 de noviembre de 1813.

Condenada al olvido

La Hacienda Tarabana, su trapiche, así como el caserío donde se asentaba, alguna vez fueron calificados como los parajes más maravillosos de Cabudare, según testimonios de viajeros y cronistas.

Pisar Tarabana era sinónimo de progreso, de rica actividad productiva para la región, en donde la familia Yepes Gil, había instalado el primer central azucarero de la zona. Obviamente el caserío creció y se consolidó en la aurora del nuevo siglo XX.

Todas las haciendas de cañamelar de la zona arrimaban el pujante rubro en el moderno ingenio. Sin embargo, surgieron nuevas industrias y Tarabana quedó relegada al recuerdo nostálgico de la memoria cabudareña, exhibiendo su colosal maquinaria como posible Museo de la Caña, proyecto utilizado para el ascenso político pero que con el pasar de los años se hundió en el olvido.

Luego de la expropiación de las tierras productivas del Valle del Turbio, en el año 2006, por parte del Gobierno del presidente Hugo Chávez, todas las haciendas de la zona fueron traspasadas a la Corporación Venezolana de Alimentos, CVAL, empresa que según documento de «confiscación» se encargaría del desarrollo de actividades agrícolas y alimentarias ecológicas, la recuperación del ambiente y del bosque de galería, la extracción de arena sin daños al ecosistema, la activación de proyectos agroturísticos e incluso proyectos de procesamiento de aguas residuales. No obstante, la dramática y triste realidad de estos espacios en cuestión es inquietante.

La capilla Las Mercedes, el viejo Central Tarabana y todas las casas del lugar, han sido desvalijadas, sus infraestructuras desmanteladas con equipos de oxicorte, cuya extracción de material se hace descaradamente con vehículos de una empresa Estatal que sobrevive en la zona.

La desoladora imagen de la Capilla Las Mercedes, ahora es un museo de horror y lamentos, cuyos vestigios sucumbe tras el desprecio abominable de las autoridades gubernamentales pese a que es Patrimonio Histórico de la nación, bajo declaratoria del Instituto de Patrimonio Cultural de Venezuela y la Ordenanza sobre Promoción, Protección y Conservación del municipio Palavecino. Pero el marco legal es letra muerta en la Venezuela actual. Ya no nos queda historia, solo las crónicas que se podrán preservar en estos espacios.

Luis Alberto Perozo Padua

Periodista y escritor

luisalbertoperozopadua@gmail.com

IG/TW: @LuisPerozoPadua

Febrero 2022/El Impulso

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