El silencio sabio y la palabra justa
Ser íntegro con la lengua no consiste únicamente en abstenerse de hablar mal; también implica aprender el valor del silencio sabio

Rosalía Moros de Borregales:
De la abundancia del corazón habla la boca
La integridad cristiana se manifiesta en decisiones de carácter moral tomadas frente a bifurcaciones del camino, en actos que reflejan la escogencia del bien por encima de los intereses humanos, en la perseverancia en la practica de actitudes que enderezan el rumbo de la vida; también, en cuanto a la integridad, la disciplina de la palabra es un indicador inequívoco de la condición espiritual del corazón. El uso de la palabra en la cotidianidad revela inexorablemente lo que guardamos en nuestro ser interior. La lengua traiciona aquello que el rostro intenta ocultar. Normalmente una persona con una educación hogareña, en la cual se han impartido normas de convivencia, puede controlar comportamientos externos para mantener ciertas apariencias; sin embargo, su boca revelará lo que guarda en su corazón. En la espontaneidad de una conversación, en el arrebato de una emoción, en el comentario aparentemente inofensivo, en la crítica disfrazada de observación casual, la boca termina revelando lo que verdaderamente habita en el corazón. Jesús lo advirtió a los fariseos, después de haber sanado a un endemoniado que era ciego y mudo, ellos hablaban afirmando que el origen de su autoridad para hacer milagros provenía de satanás. Entonces, les dijo: “¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas. Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.” Mateo 12:34-37.
La indisciplina de la lengua es el síntoma
La lengua representa un timón gobernado por una mente que le da direcciones. El ser humano expresa lo que atesora en su corazón de diversas maneras. Una de esas formas más descriptivas y precisas es el uso de la palabra. Una boca que expresa amargura revela un corazón herido, renuente a ser sanado. Un corazón que prefiere vivir en el dolor del pasado antes de traer esas cargas al Señor, para recibir consuelo y mirar al futuro con esperanza. Una boca que expresa arrogancia es la radiografía de un corazón soberbio. Una boca que murmura revela un corazón insatisfecho. Una boca chismosa revela envidia por otros; además, muestra una vida sin propósito, una condición de desidia por darle un sentido de trascendencia a la vida personal. El chisme puede parecer ligero al oído humano, pero delante de Dios es una expresión grave de corrupción interior. El proverbio lo afirma claramente: “El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos.” Proverbios 16:28 . Nadie habla mal persistentemente por accidente; la boca simplemente revela lo que se ha guardado en el corazón.
El impacto de las palabras
Lamentablemente, el chisme ha sido normalizado en nuestra sociedad. Y en la práctica cristiana, mientras muchos se esmeran en mantener una distancia visible de comportamientos escandalosos, toleran con sorprendente ligereza el chisme y las conversaciones dañinas. Con palabras se puede consolar al quebrantado, restaurar al caído, enseñar al ignorante y fortalecer al débil; pero también con palabras se puede humillar, destruir, desanimar, avergonzar y herir con una profundidad difícil de calcular debido a la magnitud de su impacto negativo. Hay personas que olvidan experiencias dolorosas y desagradables que violentan su dignidad con mayor rapidez de la que son capaces de olvidar ciertas palabras dichas sobre ellas en su infancia, en su matrimonio, en su familia o en su iglesia. La lengua tiene el extraño poder de dejar marcas indelebles que pueden acompañar a una persona prácticamente el resto de su vida. El apóstol Santiago nos da una disertación magistral acerca de este diminuto órgano llamado la lengua. Afirma que con ella bendecimos al Dios y Padre y también con ella misma maldecimos a los hombres que están hechos a semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición y esto no debe ser así. “¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga?” Santiago 3:11. “La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos”. Proverbios 18:21.
El silencio sabio
Ser íntegro con la lengua no consiste únicamente en abstenerse de hablar mal; también implica aprender el valor del silencio sabio. En la actualidad se exalta la opinión inmediata, la respuesta rápida y la expresión constante de nuestras emociones, sentimientos, opiniones y pensamientos. No obstante, las Sagradas Escrituras presentan el dominio verbal como una señal de verdadera sabiduría espiritual: “En las muchas palabras no falta pecado; más el que refrena sus labios es prudente.” Proverbios 10:19. Hay una madurez particular en quien ha aprendido que no toda verdad necesita ser dicha inmediatamente, que no toda opinión merece ser expresada y que no toda provocación exige respuesta. El silencio sabio y la palabra justa son frutos de un corazón disciplinado por Dios. Saber callar cuando el orgullo desea defenderse, cuando el ego desea tener la última palabra constituye una forma elevada de dominio propio. De hecho, Santiago afirma:“Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo”. Santiago 3:2.
Cuán buena es la palabra a su tiempo
Sin embargo, más allá de todos estos aspectos sobre la lengua es de vital importancia comprender que el ser humano está atravesado por la palabra; la comunicación se establece por medio del lenguaje primordialmente. ¡Y cuán buena es la palabra dicha en el momento oportuno! Nuestras palabras son como música al corazón cuando llegan en el momento preciso. Debemos proponernos ser instrumentos de consuelo, de edificación y de verdad a través de nuestras palabras. Recuerdo, como hoy, las palabras de mi mamá cuando a los 17 años tuve que atravesar el dolor de la muerte de un amigo muy querido. Ella me abrazó y me dijo: “Tu alegría es mi alegría y tu dolor es mi dolor”. Esas palabras fueron consuelo y medicina a mi alma. Nunca las he olvidado; siempre sentí que sus palabras disiparon mi temor y me afirmaron con seguridad en su amor. También recuerdo de una manera muy vívida las palabras de un tío, después de haber observado el rechazo de un joven que me pidió bailar y cuando me levanté se quedó anonadado por mi altura. Después de un rato, el tío se me acercó y me dijo: —Sobrina, no estés triste por lo que te pasó con el mequetrefe ese, tu altura es como dijo el poeta: “Tengo el deber de pretenderla alta, que es mejor que pretenderla bella: Ser bella es ser flor que pasa en un día, ser alta es ser estrella”. Luego de las palabras del poeta me dio toda una disertación de la belleza de mi estatura. Les puedo asegurar que desde ese día nunca más tuve ningún complejo debido a mi altura. «El hombre se alegra con la respuesta de su boca; y la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!”. Proverbios 15:23.
La gracia transformadora de Dios
¡Vamos todos al trono de la gracia! Allí podremos encontrar, en Dios, la sanidad y pureza para nuestra corazón. “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”. Hebreos 4:16. Que nuestra oración constante delante del Señor sea la misma que elevó David: “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Señor roca mía, y redentor mío.” Salmo 19:14.-
Rosalía Moros de Borregales
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