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El Diablo y la inescrutabilidad de los vencidos

Estados Unidos, que se ha ganado la reputación de abandonar sus guerras. Bajo estrés, no mantienen aliados por mucho tiempo; “botarán tierrita” y no jugarán más (como lo han hecho en todas partes, desde Vietnam hasta Afganistán)

 

David Warren, ex editor de la revista Idler y columnista de periódicos canadienses:

Supongamos que esta nación fuera a ser atacada. O supongamos que fuera la nación de al lado, u “Occidente”, o el planeta entero, el que hubiera sido invadido. Esperaríamos que los habitantes salieran en su defensa; y, mientras sus instituciones políticas resistieran, mostrarían un desafío organizado. Los quintacolumnistas serían identificados y capturados, y se ofrecería resistencia a cualquiera que pareciera un soldado enemigo.

Esto es lo que hacemos. Nosotros peleamos.

Pero, según aprendemos de la historia, las naciones no siempre ganan las guerras. Sus defensas pueden fallar. Conquistados sus pueblos, se adaptan a los nuevos amos y hacen lo mejor que pueden. Aunque no siempre: algunas naciones sacan lo peor de ello, a través del resentimiento perpetuo.

El problema, para un pueblo que trata de defenderse, es que el invasor puede ser irresistiblemente más grande y más poderoso. Este, por ejemplo, parece ser el problema de Ucrania, que se enfrenta a un enemigo mucho más grande, extremadamente agresivo y con un reclamo directo sobre la identidad lingüística de muchos ucranianos.

Peor aún, las víctimas de la agresión periódica rusa (o soviética) pueden tener aliados irresponsables, en la OTAN o lo que sea. Por ejemplo, Estados Unidos, que se ha ganado la reputación de abandonar sus guerras. Bajo estrés, no mantienen aliados por mucho tiempo; “botarán tierrita” y no jugarán más (como lo han hecho en todas partes, desde Vietnam hasta Afganistán).

Triste y desalentador; pero el ataque ahora está en los propios Estados Unidos. Y no se trata de cualquier dictador — tipo “carrito-de-juguete -de-fricción”— como Vladimir Putin o Xi Jinping.  Por supuesto, ellos controlan  inventarios considerables de misiles nucleares y otras armas de destrucción masiva (tales como repugnantes trabajos biológicos), que los convertirían en adversarios formidables en una guerra. Pero no estoy pensando en ellos como “El Enemigo” en este momento.

Más bien, no viene a la mente una fuerza natural, sino sobrenatural. En un inglés común y anticuado, compartido por todos los pueblos de habla inglesa, hablo del Diablo. Aunque debería hacer una pausa, por las inevitables risitas. Sí, el diablo.

El hábito cultural moderno es dudar de su existencia. Algunos que niegan el «diablo personal» como un ridículo exiliado de la Edad Media, pueden, sin embargo, reconocer que existe el mal en el mundo. Pero al no tener existencia autónoma, no puede organizarse a sí mismo. Ciertamente, no puede invadir a nadie (como algunas de las autoridades de la Iglesia Católica aún podrían disputar).

Mi creencia es que estamos siendo golpeados sistemáticamente por un Enemigo conocedor, a quien saludamos con escepticismo y carcajadas. Eso, en mi opinión, es la medida del éxito de la propaganda demoníaca. Porque desde el siglo XVIII, los sabios han observado que el logro más notable del Diablo ha sido probar que, a la luz de la Ilustración, se vuelve invisible. Él es solo una metáfora.

Pero, ¿y si, como cualquier otra creencia fundada en la Ilustración occidental, esta prueba resultara falsa? ¿Y si, lejos de no existir, el Diablo estuviera al frente de un vasto ejército invasor?

Stalin preguntó una vez cuántas divisiones tenía el Papa y la respuesta fue: “ninguna”. Si es posible, el Diablo tiene aún menos. Pero, como descubrió Stalin, las guerras no pueden reducirse a medios tecnológicos y números absolutos. Algo como la voluntad determina el ganador final, incluso aquí en el mundo material. Por desgracia, el diablo Stalin también tenía voluntad, además de su pluralidad de divisiones.

Sin embargo, él (el Diablo) no necesita todas estas divisiones. Porque la batalla que estamos perdiendo es de naturaleza más espiritual. La medicina moderna puede o no estar evitando que nos maten (aunque es una pregunta abierta cuando reemplazamos la vieja mortalidad infantil con nuevos abortos en nuestras estadísticas de población). Las armas del diablo, en su mayor parte, no se emplean para disparar a la gente (oficialmente).

Pero por lo que veo, una gran muestra de la población general ya está muerta, aunque técnicamente se está moviendo; y un país (Canadá incluso más que los Estados Unidos) ha sido invadido con éxito y puesto bajo dominio extranjero. Los muertos han enterrado a los muertos, por así decirlo.

Además, la lealtad de aquellos que muestran señales provocativas de vida no se puede predecir con seguridad. La mayoría pueden ser  “activistas” en todo lo que se entiende por ese término. Ellos son, si no las divisiones de Satanás, todavía los incansables lacayos de Satanás, trabajando sus burocracias con efecto revelador. Toda evidencia de una América dentro de un Occidente cristiano está siendo borrada metódicamente.

Entre estas personas que caracterizo como muertas, se acabó la resistencia. El avance profesional e incluso la seguridad física les obligan a declarar lealtad al otro bando, o a mantener un confuso silencio. Se han adaptado, por la vía de la muerte espiritual, a su nueva situación, ahora que (en el sentido más amplio) la cristiandad ya no existe.

Muestran lo que yo llamo “la inescrutabilidad de los vencidos”. Mantienen la boca cerrada.

Si bien hay ventajas en trabajar abiertamente para el diablo (pone pan en la mesa, como dicen), no hay verdadera satisfacción por pertenecer a un ejército de ocupación. Esto lo he notado en Canadá. La alegría está ausente de las burocracias, por poderosas que sean. De hecho, la alegría es inaccesible para el burócrata profesional o el servidor de tiempo (como solía llamársele).

Me refiero no sólo a los departamentos gubernamentales, sino virtualmente a cualquier empresa que emplee una gran multitud de almas. Todos estarán ocupados en una actividad repetitiva, que excluye el pensamiento independiente. Los internos se vuelven indiferentes a las consecuencias de lo que hacen.

Y, sin embargo, nunca hubo una invasión, como de tanques o naves espaciales. El enemigo no ha destruido nuestros caminos y puentes, ni ha hecho ningún otro daño palpable a nuestra infraestructura. La fealdad física es bastante obvia en todas partes, pero se ha instalado con nuestro permiso. Hemos hecho lo que hace la gente que sigue órdenes detalladas como forma de vida.

Podría decirse que el primer principio del liberalismo es que “el diablo no existe”; el segundo principio: que trabajamos para él.-

VIERNES, 15 DE JULIO DE 2022

Tomado/traducido por Jorge Pardo Febres-Cordero, de:

https://www.thecatholicthing.org/2022/07/15/the-devil-and-the-inscrutability-of-the-defeated/

Sobre el Autor:

David Warren es ex editor de la revista Idler y columnista de periódicos canadienses. Tiene una amplia experiencia en el Medio, y el Lejano, Oriente. Su blog, Essays in Idleness, ahora se encuentra en: davidwarrenonline.com.

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