El Amor en Tres Tiempos
Ningún tiempo del amor sobra. Todos son necesarios. La infancia nos enseña a confiar; la pasión nos enseña a vibrar; la madurez nos enseña a entregarnos

Ricardo Márquez/SouthernCross:
Cada febrero la sociedad se llena de corazones. Celebramos el Día de la Amistad y el Día del Amor con flores, tarjetas y buenos deseos. Son fiestas simpáticas que iluminan por un momento la rutina. Sin embargo, el amor humano es más profundo que cualquier celebración comercial. Tiene crecimiento, etapas y también heridas. Por eso este mes puede ser una buena ocasión para preguntarnos qué significa realmente amar y cómo esa experiencia va cambiando con el paso de los años.
Como creyentes partimos de una certeza fundamental: “Dios es amor” (1 Jn 4,8). Toda reflexión cristiana sobre el amor nace allí. Pero ese amor de Dios se encarna en personas concretas que aprenden lentamente a amar. La psicología profunda, nos ayuda a comprender que no amamos igual a los cinco, a los veinte o a los cincuenta años. Nuestra manera de querer se transforma. Podríamos decir que vivimos el amor en tres tiempos.
El primer tiempo ocurre en la infancia. Mucho antes del primer “te quiero”, ya estábamos siendo queridos. El niño descubre el mundo cuando alguien lo mira y lo sostiene. En la familia se despierta nuestra capacidad básica de confiar. Cuando falta cuidado en los primeros años, el corazón aprende a protegerse; cuando sobra ternura, el corazón aprende a abrirse. Aprendemos a amar siendo amados.
También aprendemos por modelaje. El modo como se tratan papá y mamá, como se pide perdón, como se dialoga o se guarda silencio, va educando y dejando semillas en nuestro inconsciente.
Este amor inicial es absolutamente necesario, pero todavía es un amor dependiente: necesito al otro para vivir.
El segundo tiempo irrumpe con fuerza en la juventud. Es el amor apasionado. Nos enamoramos, idealizamos y soñamos. Con frecuencia buscamos en la persona amada aquello que sentimos que nos falta. Queremos un complemento perfecto para nuestras carencias: seguridad, alegría, sentido, compañía. Por eso el enamoramiento se parece tanto a un sueño: nos fascina más lo que imaginamos que lo que conocemos de verdad.
La pasión es la fuerza que nos impulsa a formar parejas y familias. El problema aparece cuando esperamos que el otro llene todos nuestros vacíos. Entonces convertimos a la persona en una función: salvador, refugio, fuente única de felicidad. Si se queda allí, termina volviéndose exigencia. Cuando pasa la euforia inicial, muchos matrimonios descubren decepcionados que nunca conocieron realmente a quien tenían al lado. Surgen los reclamos: “tú no me haces feliz”. Y olvidamos que ninguna persona puede darnos lo que solo un Amor mayor puede ofrecer.
El tercer tiempo del amor es la madurez. Es el amor que se hace consciente e integrado. Aquí ya no se ama al ideal, sino a la persona real, con su historia y sus límites. Madurar significa hacerse cargo de uno mismo. En este tiempo se comprende que amar es una decisión cotidiana más que una emoción pasajera. Es el tiempo donde se puede vivir e irradiar el amor cristiano:” agape,”, amor al “otro”, al que es diferente, al inmigrante, como a ti mismo, con libertad interior. Aquí cabe también el amor profético que denuncia y anuncia, que valida la rabia ante la injusticia y alimenta la esperanza de un futuro fraterno y justo, porque reconoce que ese otro es “imagen y semejanza de Dios”. Es también el tiempo del amor que sufre, pero que experimenta el gozo profundo de su sentido y misión trascendente.
Ningún tiempo del amor sobra. Todos son necesarios. La infancia nos enseña a confiar; la pasión nos enseña a vibrar; la madurez nos enseña a entregarnos. Las flores de febrero se marchitan y los chocolates se acaban, pero el amor que crece permanece porque está arraigado en una experiencia intima del amor de Dios que se expande hacia el otro, hacia la comunidad, hacia el mundo.-
Ricardo Márquez
Enero, 2025




