Lecturas recomendadas

¿En qué esperamos?

Y ¿qué es lo que no podemos esperar?

 

Rafael María de Balbín:

¿Cómo se ha desarrollado la idea de que el mensaje de Jesús es individualista y una huida de las cosas de este mundo?, se pregunta Benedicto XVI  (Vid. BENEDICTO XVI. Enc. Spe salvi).

En su respuesta se refiere a la historia cultural de los últimos siglos, comenzando por la figura de Francis Bacon y el desarrollo de la ciencia experimental en la Edad Moderna. Surge una nueva ciencia, con un nuevo método que permita al hombre el dominio de la naturaleza, de la creación; dominio que Dios había dado al hombre y que se perdió por el pecado original. Hay un afán de dominio basado sólo en las fuerzas humanas: la redención se apoya en la fe en el progreso terreno. Se espera el reino de la razón como la nueva condición de la humanidad que llega a ser totalmente libre. La plenitud humana no vendrá de Dios, de Jesucristo, sino del hombre mismo.

Con el iluminismo y la Revolución francesa se buscó instaurar el dominio de la razón y de la libertad. Para Kant el Reino de Dios se instaura por una simple fe racional. Su proyecto le suscita un entusiasmo inicial, pero asoma temores de que pueda llegar el final perverso de todas las cosas.

En el siglo XIX la revolución industrial trajo consigo un cambio en las circunstancias socio-económicas y la miseria para muchos. Marx y Engels propugnaron la revolución proletaria: una verdad del más acá, materialista, sin trascendencia. La revolución rusa trató de poner en práctica estas ideas. Pero, tras la dictadura del proletariado, el pretendido paraíso terreno no aparece. Y es que el hombre es siempre hombre: la libertad también permite el mal. El paraíso materialista es un engaño.

¿Qué podemos esperar? ¿Qué significa realmente progreso?  El progreso científico-tecnológico de por sí es ambiguo; puede ser para bien o para mal. Si no hay formación ética el saber instrumental se convierte en una amenaza para el hombre y para el mundo. La razón es humana si se abre a las fuerzas salvadoras de la fe, al discernimiento entre el bien y el mal. Entonces puede indicar los caminos de la libertad.

¿Qué podemos esperar? Y ¿qué es lo que no podemos esperar? Así como el progreso material es acumulativo, no ocurre así con el progreso moral, que exige la toma de decisiones prudenciales, libres. El bienestar moral, que es el propiamente humano, nunca puede garantizarse sólo a través de estructuras. El hombre sigue siendo libre, y su libertad es frágil: nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado. Entre otras cosas porque unas estructuras infalibles negarían la humana libertad. El camino de la vida debemos recorrerlo a propio riesgo, con pasos de libertad.

“La humanidad vive en este momento un giro histórico, que podemos ver en los adelantos que se producen en diversos campos. Son de alabar los avances que contribuyen al bienestar de la gente, como, por ejemplo, en el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación. Sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día, con consecuencias funestas. Algunas patologías van en aumento. El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad. Este cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida. Estamos en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un poder muchas veces anónimo” (Papa FRANCISCO. Exhort. Apost. Evangelii gaudium,  n. 2).

La historia de la humanidad sigue su rumbo. La búsqueda del bien es una tarea de cada generación. No bastan las estructuras para garantizar el futuro, ya que el hombre no puede ser liberado solamente desde el exterior. La ciencia puede contribuir a la humanización y también a la destrucción del mundo. Sus éxitos para la estructuración de la sociedad llevan, con el materialismo a una visión estrecha y egoísta de las posibilidades humanas. Hay que afirmar enfáticamente que no es la ciencia lo que redime al hombre. Incluso en un nivel puramente humano el hombre es redimido por el amor.

Y aquí aparece de nuevo la esperanza. Ya que el amor del hombre es frágil y puede ser destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor incondicionado. Por la Redención de Cristo estamos seguros de la cercanía y de la ayuda de Dios: “Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí” (Gálatas 2, 20).

Quien no conoce a Dios, en el fondo está sin esperanza. Las meras ilusiones humanas no son suficientes. Jesucristo vino a la tierra para que tengamos vida y esperanza: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Juan 17, 3). La vida es un regalo que hemos recibido, y no es solamente para nosotros mismos, sino para los demás.

¿No es esto el individualismo de la salvación? No. Porque la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros. El amor a Dios implica siempre la solicitud generosa por la felicidad de todos los hombres.-

(rbalbin19@gmail.com)

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