Testimonios

El silencio de Cadenas

"Él llegaba, saludaba y, acto seguido, buscaba un pupitre igual a los nuestros y ahí se sentaba, al lado del escritorio, nunca detrás. Después, comenzaba a surgir, mientras nos leía, el “inexpresable estado del silencio” donde se aprende a escuchar, a sentir el vivir poético"

Juan Guerrero:

La primera vez que lo hizo, quedamos todos sin saber qué decir. Nos miramos unos con otros. Las miradas eran de asombro, algunas sonrisas nerviosas. Todos acompañamos su silencio con un reverencial respeto al profesor de Literatura y Vida. Después de leer unos fragmentos sobre “Realidad y literatura” del pensador británico Alan Watts, el salón se inundó de un sobrecogedor silencio. El resto de la clase, que se alargó más de lo esperado, fue solicitarnos, por parte del profesor, Rafael Cadenas, nuestro parecer. Apenas habíamos abandonado las aulas del bachillerato, y todavía con la alegría e ingenuidad de imberbes bachilleres de la república, esa interpelación, después de tan largo silencio, nos permitió introducirnos de lleno en la duda existencial, empujarnos al silencio de la reflexión honda, personal, despertar a la consciencia crítica.

El resto de las clases, y todo el corto semestre, fue igual. El profesor Cadenas nos entregaba cada vez guías de estudio donde aparecían fragmentos de pensadores, filósofos y poetas que nos hacían pensar el mundo, dudar hasta de nosotros mismos. Poco a poco fuimos entendiendo el sentido de ese curso y sus largos silencios, y al final, cuando ya estábamos por superar la materia, nos acostumbramos a los espacios de silencio de nuestro profesor. Él llegaba, saludaba y, acto seguido, buscaba un pupitre igual a los nuestros y ahí se sentaba, al lado del escritorio, nunca detrás. Después, comenzaba a surgir, mientras nos leía, el “inexpresable estado del silencio” donde se aprende a escuchar, a sentir el vivir poético.

Esa actitud tan natural, nada informal, nos acercó y construyó en el grupo un halo de respeto por quien siempre estaba cerca de nosotros para guiarnos, pero, sobre todo, para escuchar nuestras experiencias, vivencias y lo que pensábamos de esas guías de estudio y los libros que nos indicaba para leer. El profesor Cadenas era como el resto de nuestros docentes, rigurosamente metódico, acucioso en la búsqueda de nueva información, sumamente estricto y justo en sus evaluaciones, solidario y pedagogo para asistirnos académicamente y, después de las clases, un excelente y “callado conversador” mientras lo reconocíamos, muchas veces, como otro habitué en las noches del Gran Café de Sabana Grande, a mediados de 1972.

En ese grupo de insignes docentes universitarios y geniales escritores e intelectuales que hacían vida académica en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, además de Cadenas, estaban: Gustavo Díaz Solís (cuentista y director de la escuela), Adriano González León, Rafael di Prisco, María Fernanda Palacios, Mery Sananes, Eleazar León, Rosalba Iuliano, Alfredo Silva Estrada, María Teresa Rojas (discípula de Ángel Rosenblat), Ida Gramcko, Hanni Ossott (recién comenzando su magisterio), Vilma Vargas, Judit Gerendas, Francisco Rivera, León Algisi (erudito de la literatura griega), Amaya Llebot Cazalis (de quien fui asistente de cátedra) y Luis Navarrete Orta, entre otros destacados docentes, como Ángel Rama, Nelson Osorio, Rafael López Pedraza, Daniel Medvedov y Francesco D’ Introno, quienes vinieron de otras latitudes para participar en la experiencia que significó la “apertura” de la Escuela de Letras a las nuevas corrientes de la creación, la crítica literaria y las modernas corrientes del pensamiento universal.

 

Por esos años el silencio del profesor Cadenas se fue haciendo más denso; entró, por su cercanía con el budismo zen y la poesía japonesa, en un ensimismamiento que dio sus frutos posteriormente.

 

Junto con nuestro profesor Cadenas, algunos docentes de la Escuela de Filosofía, que estaba apenas en la otra parte del “pasillo”, entre ellos Guillent Pérez, se encargaron de introducir las nuevas concepciones de la “contracultura”, el pensamiento zen y las ideas de Krishnamurti, Lao-Tse y Castaneda. Para esos años la escuela era un hervidero de pensamiento a través de los cambios logrados por la “Renovación” de Letras de hacía apenas un par de años, incluyendo la intervención y allanamiento contra la Universidad Central, en la época del presidente Rafael Caldera (1971).

De esa Renovación resultaron tres grandes áreas del conocimiento donde se agruparon las diferentes cátedras. El área I, compuesta por materias básicamente filológicas, como Lingüística, Morfología o Fonética, mientras el área II agrupaba la Teoría, Crítica e Investigación literarias y las literaturas occidentales, entre otras. El área III, finalmente, compuesta por asignaturas como Necesidades Expresivas o Poesía y Poetas. En esta última se encontraba nuestro profesor, quien mostraba una actitud siempre abierta y de sana crítica con los así conocidos profesores y estudiantes que hacían vida sobre todo alrededor del área II, la más proclive a los extremos del pensamiento sociopolítico.

Sin embargo, a pesar de las evidentes diferencias y contradicciones ideológicas, políticas y estéticas, prevalecía en todos nosotros un irrestricto respeto a la condición humana y de pensamiento. Había un reconocimiento a quienes llegaban a destacarse en sus disertaciones. Yo nunca pude identificarme con el área I, mantuve un ir y venir entre las otras áreas. Por esos años el silencio del profesor Cadenas se fue haciendo más denso; entró, por su cercanía con el budismo zen y la poesía japonesa, en un ensimismamiento que dio sus frutos posteriormente.

Como estudiantes acuciosos que éramos en esos años, nos dedicamos a leer a nuestro profesor y entenderlo a partir de sus escritos. Fue una revelación encontrarnos con uno de sus libros, Falsas maniobras (1966). Una poética donde la voz de Cadenas se decanta y se expresa a través de la cortedad de sus versos. A partir de esas lecturas comprendimos y entendimos el silencio ontológico de un poeta que semana a semana nos visitaba y compartía sus largas reflexiones con nosotros. Años después, en 1977, aparecerían sus otras reflexiones, aún de mayor densidad y honda meditación, Intemperie y Memorial. Recuerdo, ya casi para graduarme, que compartí en un banco de la escuela la lectura de algunos poemas de esos libros con mi profesora y amiga Hanni Ossott.

Hoy, poco más de cincuenta años transcurridos de aquel tiempo, el silencio que nos invitaba a reflexionar la vida y la duda permanentes de este venezolano universal sigue transitando por el pasillo de nuestra amada Escuela de Letras. Un profesor que nos inculcó para siempre el respeto irrestricto por la condición humana y las ideas del Otro diferente, y el amor por la palabra, que ilumina, colma y humaniza.-

Letralia

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