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Cuba ¿un país invivible?

Dagoberto Valdés Hernández:

Cada vez es mayor la opinión pública de que “hay que largarse de aquí”, o de que “en este país no hay quien viva”. Y así se va desangrando Cuba. Esta realidad comprobable nos puede motivar a una reflexión en tres sectores: los que sufrimos en la Isla, los que sostienen y acogen en la Diáspora y los responsables de esta agonía.

Los que sufrimos en la Isla

Somos la inmensa mayoría los que padecemos desde hace 64 años el desastre inducido por un sistema que no funciona y que nos ha convertido de lo que éramos: un país vivible y disfrutable, receptor de inmigrantes, en lo que somos, un país invivible, agónico y emisor de un éxodo, imparable hasta hoy.

Somos los que nos cuesta sobrevivir por falta de todo lo material: la falta de alimentos básicos. La desnutrición galopante en Cuba. Los que nos cuesta sobrevivir por falta de los medicamentos e insumos para cirugías y otros procederes médicos. Somos los que nos cuesta sobrevivir por falta de electricidad y de agua. Cuba regresa a siglos de insalubridad y oscuridad. Somos los que no podemos desplazarnos dentro de nuestro municipio, provincia o país por falta de combustible. El transporte se extingue y nos devuelve al tiro animal y al inmovilismo.

Somos los que nos cuesta sobrevivir por falta de formación moral y cívica: la crisis de valores y virtudes que nos sumerge en una cochambre existencial; la violencia verbal, física, mediática, mortal, lesiona gravemente la seguridad ciudadana; la falta del derecho de expresión nos convierte en un pueblo de simuladores, amordazados y susurrantes de “lo malo que está esto”; la falta del derecho a la reunión y la asociación nos convierte en seres individualizados, y atomiza a la sociedad. El modelo de vida que se declara “social”, penaliza la construcción de un tejido social.

Somos los que nos cuesta sobrevivir por falta de lo espiritual y religioso: el vacío interior que produce náuseas y que se intenta llenar de ruido, alcohol, móvil y circo; el aumento de un raro materialismo provocado por el ansia cotidiana de resolver lo material para poder sobrevivir, nos ocupa todo el tiempo y las energías y nos seca la veta de la vida espiritual que toda persona necesita para darle energía y sentido a su vida; además, la vida religiosa se confunde, cada vez más, con el oscurantismo, la superstición, el culto pietista y alienante convertido en un psicotrópico adormecedor.

Esta falta de espiritualidad y de libertad de la religión atraviesa las otras dos dimensiones: lo material y lo moral. Ya lo decía Martí: “Todo pueblo necesita ser religioso, no solo lo es esencialmente, sino que, por su propia utilidad, debe serlo. Un pueblo irreligioso morirá porque nada en él alimenta la virtud” (O.C. Vol. 19, p.372 y 392).

Los que sostienen y acogen en la Diáspora

Otra parte de Cuba sufre y trabaja desde otra perspectiva. Trabaja para mantener a su familia en la Isla, aunque lo mejor sería que pudiéramos sostenernos aquí dentro con nuestro propio trabajo. Eso significa socorrernos enviando los medicamentos y los insumos necesarios para cada enfermedad, cirugía, quimioterapia, y otros procedimientos de salud. Esto significa enviar alimentos comprados con divisas empresas cubanas que venden en la moneda extranjera los alimentos que no venden a los que vivimos en Cuba. Eso significa darnos ánimo y fuerza espiritual a los que hemos optado por permanecer aquí dentro. Esta forma de actuar de la parte de la familia que vive fuera de Cuba, a lo largo de tantos años, demuestra lo arraigada que está la institución, la realidad y el concepto de familia entre los cubanos, a pesar de los permanentes intentos del régimen por desarticularla y por disminuir su influjo en la educación de sus hijos.

Esta parte de Cuba es también a la que le ha tocado recibir, acoger y encaminar a los que no pueden más y se marchan de la Isla. Esta es otra demostración de la capacidad de los cubanos para reemprender su vida, de integrarse a un país extraño, de asimilar las diferentes culturas y las de contribuir al crecimiento y desarrollo del país que los recibe. El Sur de la Florida es solo una muestra de lo que hemos sido capaces de hacer los cubanos con nuestro propio trabajo y tesón. Si eso ha sido en otras tierras, ¿cómo hubiera sido y será en nuestra Patria cuando podamos vivir, trabajar y prosperar en libertad?

Los responsables de esta agonía

Todos somos responsables de lo que ha sufrido y sufre Cuba. Todos. Debemos siempre preguntarnos ¿por qué hemos llegado hasta aquí? ¿Qué no hemos hecho bien, qué hemos dejado de hacer…? para que Cuba llegue a esta situación crítica terminal. Y ¿qué debemos hacer entre todos para que esto cambie para bien y de verdad? El cambio es solo responsabilidad y deber de todos los cubanos, los de la Isla y los de la Diáspora. No debemos esperar por nadie de fuera. Cuba es de todos los cubanos y es nuestra responsabilidad.

Sin embargo, aunque todos tenemos una cuota de esa responsabilidad. Los que ostentan el poder y limitan o prohíben, en las leyes y en la Constitución, todo cambio estructural, tienen mayor responsabilidad que el ciudadano común. Recordemos que la palabra y la actitud de responsabilidad proviene del verbo: responder. ¿Quién responde por esto? ¿Quiénes responderán por lo que ha pasado y por lo que pase en Cuba? ¿Quiénes responderán por los que han muerto, por los encarcelados, por las familias separadas, por nuestros ancianos que han muerto solos anhelando ver el cambio en Cuba?

Propuestas

Ninguna de estas tres dimensiones de la agonía de los cubanos que hemos abordado deben ser tratadas con odios, ni rencores, ni venganzas, porque estaríamos repitiendo la historia que nunca debió de ocurrir y que debemos evitar que ocurra nuevamente.
Ninguna de las situaciones que estamos viviendo los que permanecemos en la Isla debe desesperarnos, ni inmovilizarnos. No debemos escoger la violencia inducida como salida para el cambio. Todos los cubanos debemos rechazar definitivamente a la violencia y a la muerte. La opción debe ser Patria y Vida. Es Dios, Patria y Libertad, como expresaron nuestros padres fundadores.

La Diáspora cubana, esa parte inseparable de nuestra nación, debe recuperar todos sus derechos y todos sus deberes como ciudadanos y no solo con pequeñas dádivas como si no fueran hijos de la misma Madre Cuba. No olvidemos que la Diáspora, siempre incluye y debe incluir a todos: el exilio histórico, los diferentes éxodos masivos, los inmigrantes, los que escaparon por cualquier vía, todos los cubanos que viven dispersos por el mundo. De ese pulmón de Cuba esperamos, como siempre, apoyo, aliento, acogida, y sobre todo participación pacífica en todo lo que concierne a la Patria de todos.

También los que tienen una mayor responsabilidad en la vida política, económica y social, deben saber que esta situación crítica es insostenible, que el grave peligro de violencia creciente, que muchos venimos alertando, es y debe ser evitable.

¿Es Cuba un país invivible? Ahora pareciera que sí, sin embargo, una parte de sus hijos hemos optado por permanecer aquí, a pesar de todo. Los cubanos vivimos hoy, en carne propia, aquel poema de José Martí: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche. ¿O son una las dos?” (http://www.josemarti.cu/publicacion/dos-patrias/).

Quisiera subrayar que, en la disyuntiva del Apóstol, aunque ve a Cuba como una viuda… la distingue de la noche. Yo también creo que, por muy oscura que sea la noche, Cuba, su esencia, su historia, su futuro, siguen vivos, aunque sufrientes.

Por esa Cuba, ahora crucificada entre lo invivible de la noche y la mañana de la resurrección, algunos hemos hecho la opción de quedarnos en la Isla. Algunos lo hemos hecho por la fe cristiana que nos invita a la encarnación, al profetismo, a la cruz que esto trae y a la ofrenda permanente de la propia vida por la libertad, la verdad, la justicia, la paz, Todo esto gracias a la mística, ese motor interior, ese suplemento de ánimo, que nos da la fe para ponerlos al servicio de los que se desaniman, de los que sufren más que nosotros, de los que solo piensan en escapar.

Cuba no necesita el protectorado de Rusia, ni de China, ni de Arabia Saudita, ni de Estados Unidos, ni de ninguna otra potencia, lo que necesitamos es lo que, sus propios hijos todos los cubanos, podemos hacerlo por nosotros mismos si tuviéramos libertad, justicia y paz con democracia. La prueba de esto está en lo que han logrado las comunidades de cubanos que viven en Estados Unidos, Rusia, China, y en cualquiera de los cuatro puntos cardinales.

Las razones de mi esperanza

Algunos me han preguntado cuáles son las razones de mi esperanza. Lo repito con humildad y confianza:

– Porque creo y confío en el poder de los sin poder, esos que lo manifestaron pacíficamente el 11 de julio de 2021 y en otras ocasiones.

– Porque estoy convencido de la capacidad, el talento y el tesón del pueblo cubano, en la Isla y en la Diáspora, para buscar una salida y una transición ordenada, pacífica, ágil y de verdad.

– Porque he podido comprobar que el pueblo cubano ha sido capaz de reconstruir su vida y la de los países que los han acogido, siendo allí factores de progreso, desarrollo, convivencia y felicidad.

– Porque creo que eso lo haremos, aún con más ilusión, empeño y creatividad cuando, muy pronto, tengamos que hacerlo para la Patria que nos vio nacer y que no merece esta noche oscura.

– Porque coincido con lo que Martí creía de Cuba cuando dijo: “Cuba es pueblo que ama y cree, y goza en amar y creer” (Patria, Nueva York, 16 de febrero de 1894, OC 5:74).

– Y, sobre todo, porque creo en Dios, en Jesús el hijo del carpintero, el único y verdadero Redentor, que nos ha creado y salvados como seres libres, responsables y con vocación de amor. Y ya lo decía la más grande poetisa cubana del siglo XX, Dulce María Loynaz: “Amor es resucitar”.

Por todo esto, reitero que creo que, con el concurso de todos sus hijos, Cuba, ahora crucificada, se salvará y resucitará.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.-

22 mayo de 2023

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