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He estado pensando en la pobreza antropológica del marxismo

La antropología hace referencia al concepto que se tiene sobre el ser humano. Y la visión que genere este concepto determinará el modo en que nos posicionaremos ante las demás personas

P. Reyes Pías, desde Cuba:

La antropología hace referencia al concepto que se tiene sobre el ser humano. Y la visión que genere este concepto determinará el modo en que nos posicionaremos ante las demás personas.

Para el cristianismo, el ser humano es hijo de Dios y hermano de sus semejantes. Desde esa visión antropológica se concibe al ser humano como sujeto de valores que le pertenecen por naturaleza: derecho al respeto, a la libertad, a vivir sin violencia y sin represión, a no pasar hambre ni sed, a tener una morada y un trabajo dignos, a elegir su pensamiento político y religioso, a ser consultado como parte del entramado social…

 

La filosofía marxista niega, de entrada, la noción de Dios y, en consecuencia, la hermandad universal, y ofrece lo que llama una “antropología de liberación”. Divide al mundo en opresores y oprimidos, sea en el área económica como en el sexual.

 

En consecuencia, su propuesta es hacer una revolución de los explotados, de los humildes y para los humildes, una revolución que “haga justicia” y que arrase sin piedad contra toda explotación y desigualdad, para crear una sociedad justa y equitativa. Esa es la teoría.

 

Para lograrlo, junta dos cosas: de una parte, el lenguaje del Evangelio cristiano (religión a la que oficialmente sataniza), y por eso habla continuamente de los pobres de la tierra, de los humildes, de la justicia, de la hermandad…; por otra parte, fomenta hasta la exacerbación el odio: el odio contra toda persona próspera, el odio contra todo aquel que no se someta a su maquinaria ideológica, el odio contra toda persona que ose cuestionar los dogmas inamovibles que predica.

 

Por eso, una vez que como ideología toma el poder, establece un control férreo de la sociedad, interviniendo cada aspecto de la vida social: la educación, los medios de comunicación, la salud, la economía, incluso la vida familiar. Se siente con derecho a confiscar, a excluir, a exiliar. Determina qué se puede hacer y qué no, qué se puede decir y qué no, qué se puede pensar y qué no.

 

Imbuidos del rol de “libertadores”, asumen el lugar de Dios, pero de un dios castigador y

controlador, un dios que exige sumisión y sacrificios, un dios que exige la vida. En nombre de la justicia, la igualdad y la libertad, matan la libertad, prostituyen la justicia y establecen una sociedad a dos niveles:

una cúpula intocable, todopoderosa e incuestionable, y un pueblo cuya función no es otra que apoyar su poder, sea por el adoctrinamiento que embrutece, sea por el miedo que paraliza, sea por la represión que

intimida.

 

Así, gobiernan al pueblo, pero no lo aman; se sirven del pueblo, pero lo desprecian; prometen al pueblo, pero lo mantienen en una precariedad insuperable. Pagados de sí mismos, tratan al pueblo como una masa manipulable y estúpida, de la que no importa burlarse, sea diciendo que los aviones pueden

colapsar el espacio aéreo, o invitando a criar avestruces o a proveerse de peces en cómodas peceras familiares.

 

Es triste, pero no puede ser de otro modo. Cuando se excluye a Dios de la vida y se pierde el respeto básico al semejante, cuando se asume el poder como un derecho único, el resultado no puede coincidir con la propaganda. Claro lo dijo el Señor: “el árbol se conoce por sus frutos”.

 

Y no se trata de una “falla en la aplicación de la doctrina”, se trata del resultado ineludible de una antropología deficiente.-

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