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Antipolítica: la crueldad del poder y el poder de la crueldad

Nota Editorial de Encuentro Humanista:

La creciente ofensiva contra la democracia se presenta en diversos escenarios y con diversos métodos. Por ejemplo, en el actual deslinde que se nos ofrece desde las posturas woke e identitarias protagonizadas por una izquierda que luce desorientada y alejada de sus tradicionales valores, hasta el fundamentalismo populista y anárquico muy bien representado por un Javier Milei en Argentina, enemigo declarado de la justicia social, del Estado, de las instituciones pluralistas y democráticas.

Ambos ataques tienen en común un agresivo carácter antipolítico y una obvia intolerancia ante la diversidad democrática, hacia el respeto por las opiniones ajenas, al necesario pluralismo de ideas y de pareceres que caracteriza una democracia real.

Como bien destaca Ramón Peña en su nota que publicamos en este número, «la antipolítica no responde cabalmente a ideologías, de derecha o de izquierda, como las que han prevalecido en los últimos casi dos siglos. Podría afirmarse que es posideológica, aunque en sus diversas presentaciones se engalane con un set de promesas que pretenden darle cuerpo a una nueva utopía».

La antipolítica se ha venido consolidando como una tendencia que centra sus mensajes en el predominio de las emociones sobre las razones, del relativismo extremo de la posverdad sobre los hechos objetivos, y de la promoción de nuevas formas de autoritarismo disfrazadas de democracia, bajo liderazgos que usan las instituciones democráticas con el fin de llegar al poder, para luego buscar eternizarse en el mismo. Es una fórmula probada con éxito en realidades tan distintas como Rusia, el Caribe, Sudamérica, África o incluso Europa.

Esa confluencia antipolítica se beneficia de una clara desconfianza ciudadana -en muchos casos muy bien ganada- ante la política y sus actores, desconfianza de la que se quiere aprovechar el nuevo eje del mal constituido por la mayor coalición antipolítica de la actualidad, encabezada por los regímenes autoritarios de China, Rusia, Irán y Corea del Norte.

Lo cierto es que la agresividad creciente que muestran estos crueles autoritarismos, como en el caso de la agresión rusa a Ucrania, y la evidente amenaza china a Taiwán y a otros países asiáticos nos debe poner en creciente alerta ante un nuevo enfrentamiento que sin que nos diéramos cuenta ya es toda una confrontación mundial.

El mundo está en guerra, si bien con nuevas armas, nuevos métodos, nuevos discursos, nuevas expresiones tiránicas, cada vez más crueles e inhumanas. Bien vale recordar al antiguo dirigente soviético Nikita Kruschev, cuando afirmó que «en la Guerra Fría la lucha es existencial».

Eso mismo está sucediendo hoy con las nuevas tiranías antipolíticas.

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Poco tiempo después de que se iniciara la agresión rusa a Ucrania, el ministro de exteriores ruso, Sergei Lavrov, señaló con claridad un objetivo esencial del putinismo: «Lo que Rusia quiere es una transición hacia un mundo post occidental».

Ese objetivo lo comparten sus aliados. Y el choque no es sólo militar o económico. Es asimismo cultural.

Como acertadamente ha señalado Asdrúbal Aguiar («En Ucrania se decide el choque de civilizaciones», Encuentro Humanista, marzo 2023), «La declinación de nuestras raíces judeocristianas y grecolatinas, la banalización de nuestras concepciones políticas y sobre la democracia al punto de inventarnos la categoría de lo iliberal, como el hábito corriente de destruir estatuas, quema de iglesias, forjar identidades al detal y avergonzarnos de nuestra memoria, sin embargo, no nos permite mirar más allá y apreciar el hecho ucraniano en sus reales dimensiones. Nos encontramos en la hora del Dios Jano». (…) «El mundo sino-ruso nos mira con desprecio a los occidentales, convencidos de que hemos renunciado a los valores de nuestra milenaria civilización luego del esfuerzo de disolución que de nuestras culturas ellos mismos han estimulado a partir de 1989; por lo que nos espetan, ensoberbecidos, que unidos al Oriente de las luces y por conservar este “un rico patrimonio cultural e histórico” y “tradiciones democráticas … que se basan en miles de años de experiencia”, son los llamados a sustituir al Occidente de las leyes, para darle estabilidad definitiva a la gobernanza global».

Por desgracia, el liberalismo triunfante luego del derrumbe del muro de Berlín y del imperio soviético, trajo consigo la profundización de un modelo liberal centrado en valores materialistas e individualistas, sin un robusto horizonte moral común alrededor del cual pudiesen construirse y reforzarse valores comunitarios centrados en la persona humana.

Occidente está hoy pagando por tales olvidos.

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Un dato central de este enfrentamiento global que estamos viviendo: así como durante las décadas de la llamada Guerra Fría la Unión Soviética se servía de aliados en el occidente, bien sea políticos -partidos comunistas y socialistas, y sus similares- o culturales -académicos, escritores, intelectuales de todo tipo- , hoy el eje del mal antipolítico se sirve de las posturas extremas a derecha e izquierda que protagonizan en occidente actores populistas y caudillistas, sin darse cuenta que su conducta es la de tontos útiles al servicio del ya mencionado eje del mal encabezado por Xi Jinping y Vladimir Putin.

Algo que puede afirmarse sin ambages: no hay liderazgo antipolítico que no busque con toda intención corromper las estructuras e instituciones democráticas. En el uso y abuso de la corrupción coinciden con total cinismo los liderazgos populistas occidentales y los líderes autoritarios del eje del mal.

Como bien señala Rocío Annunziata en nota que publicamos en este número, «la emergencia de líderes populistas que se presentan como outsiders, oponiéndose al “establishment”, a la “oligarquía” o a la “casta”, promoviendo movilizaciones desde abajo y nuevos liderazgos desde arriba, es transversal a las ideologías tradicionales, y se posiciona contra las mediaciones políticas clásicas, en particular, los partidos políticos y los medios de comunicación establecidos, buscando vías alternativas de organización y comunicación».

Fervientes seguidores de la posverdad, de las «realidades alternativas», estos líderes populistas desprecian el discurso político centrado en el diálogo, y usan el verbo, la palabra, como un arma feudal llena de desprecio y odio hacia el adversario.

Por desgracia, en muchas sociedades a cada lado del cada vez más conflictivo espacio político no hay simples desavenencias sobre visiones ideológicas o sobre políticas públicas, sino sobre «versiones diferentes de la realidad».

Estos señores antipolíticamente autoritarios y populistas olvidan (aquí seguimos a Hannah Arendt) que no hay opinión honesta que no se construya a partir de lo ocurrido, de los hechos, porque las opiniones parten de los hechos, no al revés. Nunca una opinión podrá ser confundida con la verdad. Es tan solo eso, una opinión, por muy molesto que se ponga quien la emita ante las posibles respuestas contrarias.

Lo cierto es que al eje antipolítico y autoritario eso poco le importa. Porque en los liderazgos antipolíticos como los de Putin y Xi Jinping -y de sus amigos y socios en el planeta- se entremezcla la crueldad del poder con el poder de la crueldad.-

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