El Papa

Francisco homenajea al cardenal Simoni, «un mártir viviente» de la Albania comunista

El Papa pide que en esta Cuaresma, "la oración, el ayuno y la limosna sean el camino para construir la paz"

«Hoy quiero saludar de un modo especial al cardenal Simoni. Él ha vivido 28 años en la cárcel comunista en Albania, una de la más crueles, y sigue dando su testimonio, ahora con 95 años, y sigue trabajando para la Iglesia sin desanimarse. Querido hermano, te agradezco tu testimonio»

 

En los saludos a las delegaciones presentes en el Aula Pablo VI, al dirigirse a los polacos, el Papa recodó que las iglesias de ese país estaban realizando una colecta para ayudar a a Ucrania. Ante tantas guerras, no cerremos nuestros corazones a los necesitados, y que la oración, el ayuno y la limosna sean el camino para construir la paz»

 

«Una tentación muy peligrosa». Así calificó el papa Francisco este miércoles, 14 de febrero, durante la catequesis de la Audiencia General en el día que comienza el tiempo e Cuaresma, al vicio de la pereza o la acedía, hasta el punto de que, advirtió, «quien cae víctima de este vicio, es como si fuera aplastada por un deseo de muerte»

 

«Una tentación muy peligrosa». Así calificó el papa Francisco este miércoles, 14 de febrero, durante la catequesis de la Audiencia General en el día que comienza el tiempo e Cuaresma, al vicio de la pereza o la acedía, hasta el punto de que, advirtió, «quien cae víctima de este vicio, es como si fuera aplastada por un deseo de muerte: todo le disgusta; la relación con Dios se le vuelve aburrida; y también los actos más santos, los que le habían calentado el corazón, ahora, le parecen completamente inútiles».

«El demonio del mediodía», como también es conocida la acedía y era descrita siglos atrás, en la actualidad «recuerda mucho el mal de la depresión, tanto desde el punto de vista psicológico como filosófico», puesto que, «para los atenazados por ella, la vida pierde su sentido, rezar es aburrido, cada batalla parece carecer de significado». «Es un poco como morir por anticipado», resumió el Papa.

Frente a ello, Francisco propuso «la paciencia de la fe», el acoger «en mi situación tal como es, la presencia de Dios» porque «el demonio de la acedía quiere destruir precisamente esta alegría sencilla del aquí y ahora, este asombro agradecido de la realidad; quiere hacerte creer que todo es en vano, que nada tiene sentido, que no vale la pena preocuparse por nada ni por nadie».

Un grupo de niños, en la audiencia general en el Aula Pablo VI

Un grupo de niños, en la audiencia general en el Aula Pablo VI RD/Captura

«¡Cuántas personas, en las garras de la acedia, movidas por una inquietud sin rostro, han abandonado tontamente el camino del bien que habían emprendido! La de la acedia es una batalla decisiva, que hay que ganar a toda costa. Y es una batalla que no ha preservado ni siquiera a los santos, porque en tantos de sus diarios hay algunas páginas que confiesan momentos tremendos, de verdaderas noches de fe, en las que todo parecía oscuro», confirmó el Papa.

«Estos santos -prosiguió- nos enseñan a atravesar la noche con paciencia, aceptando la pobreza de la fe». «La fe, atormentada por la prueba de la acedía, no pierde su valor. Al contrario, es la fe verdadera, la humanísima fe, que, a pesar de todo, a pesar de las tinieblas que la ciegan, sigue humildemente creyendo», concluyó el Papa su catequesis.

Francisco, durante la audiencia general

Francisco, durante la audiencia general

En los saludos a las delegaciones presentes en el Aula Pablo VI, al dirigirse a los polacos, el Papa recodó que las iglesias de ese país estaban realizando una colecta para ayudar a a Ucrania. Ante tantas guerras, no cerremos nuestros corazones a los necesitados, y que la oración, el ayuno y la limosna sean el camino para construir la paz«, señaló el Papa, pidiendo una vez más «no olvidar a Ucrania, Palestina e Israel, que sufren la guerra e intensificar la oración para conseguir la paz en el mundo»

Finalmente, tuvo un emotivo recuerdo para un mártir viviente. «Todos hemos oído o leído las historias de los primeros mártires, tantos en la Iglesia, muchos han sido sepultados aquí, y también hoy hay muchísimos mártires, quizás más que en en los inicios. Hay tatos perseguidos…. Y hoy quiero saludar de un modo especial al cardenal Simoni. Él ha vivido 28 años en la cárcel comunista en Albania, una de la más crueles, y sigue dando su testimonio, ahora con 95 años, y sigue trabajando para la Iglesia sin desanimarse. Querido hermano, te agradezco tu testimonio», le dijo el Papa, saludándole afectuosamente después de concluida la audiencia.

El cardenal Simonis escucha las palabras del Papa en la audiencia general

El cardenal Simonis escucha las palabras del Papa en la audiencia general RD/Captura

El texto de la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Entre todos los vicios capitales hay uno que a menudo pasa bajo el silencio, quizás en virtud de su nombre, que a muchos les resulta poco comprensible: la acedia. Por eso, en el catálogo de los vicios, el término acedia está a menudo sustituido por otro de uso mucho más común: la pereza. En realidad, la pereza es más un efecto que una causa. Cuando una persona se queda inactiva, indolente, apática, nosotros decimos que es perezosa. Pero, como enseña la sabiduría de los antiguos padres del desierto, a menudo la raíz es la acedia, que literalmente del griego significa “falta de cuidado”.

Se trata de una tentación muy peligrosa. Quien cae víctima de este vicio, es como si fuera aplastada por un deseo de muerte: todo le disgusta; la relación con Dios se le vuelve aburrida; y también los actos más santos, los que le habían calentado el corazón, ahora, le parecen completamente inútiles. Una persona empieza a lamentar el paso del tiempo, y la juventud que queda irremediablemente atrás.

La acedia está definida como el “demonio del mediodía”: nos atrapa en mitad del día, cuando la fatiga está en su ápice y las horas que nos esperan nos parecen monótonas, imposibles de vivir. En una celebre descripción el monje Evagrio representa así esta tentación: «El ojo del acedioso se fija en las ventanas continuamente y en su mente imagina visitantes […] Cuando lee, el acedioso bosteza a menudo y se deja llevar fácilmente por el sueño, se frota los ojos, se refriega las manos y, quitando la mirada del libro, la fija en la pared; después, dirigiéndola nuevamente al libro, lee un poco más […]; finalmente, inclinando la cabeza, le coloca el libro debajo y se duerme en un sueño ligero, hasta que el hambre lo despierta y le apremia a atender sus necesidades»; en conclusión, «el acedioso no realiza con solicitud la obra de Dios»1.

Los lectores contemporáneos advierten en estas descripciones algo que recuerda mucho el mal de la depresión, tanto desde el punto de vista psicológico como filosófico. En efecto, para los atenazados por la acedia, la vida pierde su sentido, rezar es aburrido, cada batalla parece carecer de significado. Si alimentamos pasiones en nuestra juventud, ahora nos parecen ilógicas, sueños que no nos hicieron felices. Así que nos dejamos llevar y la distracción, al no pensar, parecen ser la única salida: a uno le gustaría estar aturdido, tener la mente… Es un poco como morir por anticipado.

Frente a este vicio, del que nos damos cuenta que es tan peligroso, los maestros de espiritualidad prevén varios remedios. Me gustaría señalar el que me parece más importante y que yo llamaría la paciencia de la fe. Aunque bajo el azote de la acedia el deseo del hombre sea estar «en otra parte», escapar de la realidad, hay que tener en cambio el valor de permanecer y acoger en mi «aquí y ahora», en mi situación tal como es, la presencia de Dios. Los monjes dicen que para ellos la celda es la mejor maestra de vida, porque es el lugar que concreta y cotidianamente te habla de tu historia de amor con el Señor. El demonio de la acedia quiere destruir precisamente esta alegría sencilla del aquí y ahora, este asombro agradecido de la realidad; quiere hacerte creer que todo es en vano, que nada tiene sentido, que no vale la pena preocuparse por nada ni por nadie.

¡Cuántas personas, en las garras de la acedia, movidas por una inquietud sin rostro, han abandonado tontamente el camino del bien que habían emprendido! La de la acedia es una batalla decisiva, que hay que ganar a toda costa. Y es una batalla que no ha preservado ni siquiera a los santos, porque en tantos de sus diarios hay algunas páginas que confiesan momentos tremendos, de verdaderas noches de fe, en las que todo parecía oscuro. Estos santos nos enseñan a atravesar la noche con paciencia, aceptando la pobreza de la fe. Recomendaban, bajo la opresión de la pereza, mantener una medida de compromiso más pequeña, fijarse metas más al alcance de la mano, pero al mismo tiempo aguantar, perseverar apoyándose en Jesús, que nunca nos abandona en la tentación.

La fe, atormentada por la prueba de la acedia, no pierde su valor. Al contrario, es la fe verdadera, la humanísima fe, que, a pesar de todo, a pesar de las tinieblas que la ciegan, sigue humildemente creyendo.-

 José Lorenzo/RD

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