Lecturas recomendadas

Silenciar a Dios es ignorar al hombre

Nelson Martínez Rust:

 

Todo lo que os he dicho, lo he dicho porque el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2Cor 5,17).

 

¡Cristo ha resucitado! La liturgia nocturna del Sábado Santo con inusitada alegría proclama ante el mundo que Cristo vive y está presente entre nosotros. La ceremonia de la bendición del fuego, del Cirio Pascual, el canto del Pregón Pascual, la bendición del Agua, la renovación de las promesas bautismales y el canto apasionado y entusiasta del “Gloria” que había quedado suprimido durante el tiempo de la Cuaresma lo pregonan a los cuatro vientos: Cristo, nuestra Pascua, ¡ha resucitado! ¡Alegrémonos!

¿Qué significa “resucitar”? ¿Qué nos enseña la Revelación y la Tradición de la Iglesia acerca de la resurrección? ¿Cuáles son las consecuencias para la vida del cristiano? Son preguntas que necesariamente nos formulamos en algún momento de nuestra vida.

Cristo le devolvió la vida al hijo único de la viuda de Nain (Lc 7,11-17), a Lázaro (Jn 11,1-44), pero esas “resurreccioneseran solo un preludio de algo nuevo, signo de otra realidad, de la verdadera resurrección de Cristo y, en su resurrección, de la esperanza de la nuestra.

¿Cómo y cuándo fue tomando conciencia Israel de la realidad de la Resurrección? La fe en la resurrección de los muertos fue naciendo y afianzándose en el Israel del Antiguo Testamento de manera paulatina. En efecto, la fe explícita en la resurrección la encontramos en el libro de Daniel (Dan 12,2-3). En este texto se anuncia con claridad la resurrección de los justos, mientras que para los injustos se anuncia la corrupción o la muerte. Otro texto se encuentra en la historia de los Macabeos, escrito del siglo II o I (2 Mac 7), en donde se relata el martirio de los siete hermanos. Lo que debemos tener claro en ambos textos es que la certeza de Israel en la resurrección de los muertos nace y se fundamenta en el hecho de que Dios es fiel y misericordioso, cumplidor de su promesa. Fundamentada en esta afirmación, la resurrección viene a ser la respuesta a la angustiosa e inquietante interrogante que sitúa a Israel ante el drama de la muerte: “Después de la muerte, ¿qué?” Es una respuesta fundamentada en su fe en Dios, que es el Señor de la vida y de la muerte (Dt 32,35), el cual no va a permitir que su creación vuelva a la no-existencia después de haberla creado.  De esta manera, el Dios creador, fuente de la vida y Él mismo “vida”, establece con el hombre una relación tan estrecha que ni siquiera la misma muerte la puede quebrantar. Esta esperanza es cantada por el salmista (Sal 18[17]; 49[48],16; 73[72],23-24) al mismo tiempo que le sirve de meditación a Israel en la fundamentación de su fe. Las persecuciones y los malos momentos que sufrirá el pueblo de Israel a lo largo de su historia, se transformarán en ocasión para renovar y afianzar cada vez más la certeza de la victoria y del triunfo de Dios sobre la muerte y, por consiguiente, de la victoria también de los justos. De esta manera el Antiguo Testamento va preparando el camino para la revelación y el acontecimiento en el Nuevo.

Cristo, en su vida mortal, en variadas ocasiones, anunció su pasión, muerte y resurrección (Mc 8,31; 9,31; 10,33-34; 14,58; Jn 2,19-20). Sin embargo, la novedad del anuncio realizado por Cristo radica en una perspectiva mucho más amplia que Él le imprime y que no es otra que el anuncio, inauguración y desarrollo del “Reino de Dios (Mc 9,1; 14,25). La resurrección viene a ser al mismo tiempo que un signo inequívoco de que “El Reino de Dios” ya está presente en el mundo, de que se ha iniciado con la persona de Cristo, de que Él es el Reino y que la prueba de ello hay que buscarla en su resurrección, sino también en una parte importante de esa realidad. El “Reino de Dios” está ligado al destino personal de Jesús, que inaugura “el tiempo nuevo y definitivo” y es segura garantía para el cristiano de la victoria sobre la muerte. Esta dinámica iniciada con Cristo, continuará en el tiempo de la Iglesia, y alcanzará su culminación al final del tiempo. Es lo que nos enseña la liturgia: “Un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz” (Prefacio de Cristo, Rey del Universo).

En los actuales momentos de la historia el fiel cristiano es un peregrino y su responsabilidad como tal, es la de establecer el Reino en el mundo. De ahora en adelante: todo es una novedad. Todo se ha hecho nuevo y hay que construir esa novedad (Ap 21,5).

Aun cuando los Evangelios dan testimonio de las apariciones de Cristo resucitado, es Pablo quien desarrolla una catequesis más amplia sobre la resurrección. En la primera carta a los Corintios, Pablo responde a las dificultades que le presentan los cristianos de Corinto (1 Cor 15,1-58).

El texto debe ser analizado en dos momentos. El primer momento (1 Cor 15,1-34): Recuerda la primera evangelización, la eficacia del acontecimiento y la cualidad de la que gozan los cuerpos de los resucitados. Esta primera parte finaliza mostrando la eficacia salvadora de la resurrección en todos los que creen en ella. En un segundo momento afronta la cualidad de los cuerpos de los resucitados (1 Cor 15,35-58). Para Pablo, la eficacia de la resurrección de Cristo es el corazón mismo del mensaje cristiano. Sin ella la fe estaría “vacía” y sería ineficaz su anuncio. La misma fe no tendría razón de ser. El mismo anuncio del contenido cristiano que Cristo resucitado proclama, sería una mera contradicción, y los cristianos que lo hubieren aceptado y hubieren fundado en Él su existencia no habrían sido liberados del destino final que es la muerte: “…y si no resucitó Cristo, nuestra predicación es vana, y vana también vuestra fe” (1 Cor 15,14).

El valor salvífico de la resurrección hay que buscarlo en la solidaridad que vincula a todos los hombres, primero con Adán en la muerte por el pecado, y en un segundo momento con el nuevo Adán – Cristo – en la vida por la resurrección.

La resurrección de Jesús hace que los discípulos lo reconozcan como “El Cristo”, “El Señor” y “El Hijo de Dios”. Estos títulos expresan la nueva relación de Cristo con Dios, con la humanidad y con el cosmos ya que la fuerza de la resurrección se manifiesta en la historia humana y en la realidad del mundo. En efecto, con la resurrección de Jesús cambia también la concepción de la realidad humana. Se modifica la visión del hombre. De esta manera, el acontecimiento de la resurrección, modifica la antropología ya que el hombre en su unidad profunda de cuerpo y alma está destinado a la salvación integral. Por consiguiente, no se trata solo de aceptar unas ideas nuevas, sino de aceptar una persona: Cristo. Celebrar la Pascua significa “hacer comunión” con Cristo y con los hombres, andar de acuerdo con Él, ser hombres nuevos a su medida, porque el que acepta una persona no termina nunca de aceptarla plenamente. Es todo un “proceso de vida”.

La resurrección ilumina no solo el destino humano, sino también la del mundo en virtud de la solidaridad que existe desde la historia de la creación hasta la encarnación.

El mundo y la humanidad aspiran a una redención anticipada por la victoria de Cristo sobre la muerte. Por eso, silenciar a Dios en nuestra sociedad, es ignorar al hombre.-

Imagen referencial: Opus Dei

Valencia. Marzo 31; 2024

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