Card Porras en la UCV: «En medio de una feroz dictadura, José Gregorio y sus colegas médicos, con valentía y prudencia, denunciaron las fallas del régimen»
El Papa Francisco lo nombró vicepatrono de la cátedra de la paz de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma, para entablar diálogo con el mundo plural de hoy

ACTO DE RECONOCIMIENTO DE LA UNIVERSIDAD CENRAL DE VENEZUELA AL DR. JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ: EL HOMBRE, EL ACADÉMICO, EL SANTO. Viernes 4 de abril 2025. AULA MAGNA DE LA UCV, 9AM.
JOSÉ GREGORIO EL SANTO
A cargo del Cardenal Baltazar Porras Cardozo
Feliz iniciativa del Alma Mater caraqueña convocarnos a este reconocimiento al estudiante y profesor de la Universidad Central, en el marco de su próxima canonización decretada hace pocas semanas por el Papa Francisco. No es la primera vez que esta casa del saber realiza actos en homenaje a uno de sus preclaros alumnos y profesores. Es prueba fehaciente de la apertura a todo lo noble que se ha anidado a lo largo de los siglos en esta institución pionera del saber universitario en nuestra patria.
Las disertaciones de esta mañana tocan cuatro aristas de la polifacética personalidad de José Gregorio Hernández que se me antoja inabarcable, mejor, en la medida en que nos adentramos a conocerlo en profundidad descubrimos como en una veta prodigiosa la riqueza de su ser y actuar. “Un alma alimentada por mujeres” encaja perfectamente en la cultura venezolana. Es la simbiosis nutricia que nos da la vida y encuentra a la vez una respuesta en el cuidado que tuvo para con su madrastra, con sus hermanas, con sus tías y con tantas mujeres a las que atendió y cuidó con primor y como expresión de su profundo amor a Dios que postula el servicio al prójimo. Es una mirada que no ha sido suficientemente estudiada y que nos abre a otra ventana de la personalidad del hijo de Isnotú.
Más conocidas son las facetas del profesor exigente y cuidadoso, personalizando su actuar en cada alumno, sin mezquindades a la hora de poner en sus manos todo su saber. La epopeya de su laboratorio es el mejor ejemplo de su creatividad científica y, a la vez, pone al descubierto la desidia al no recuperar para las nuevas generaciones el testimonio de lo que se logró hace más de un siglo.
Me corresponde disertar sobre José Gregorio, el santo. Es otra de las aristas del poliedro del médico de los pobres. Corremos el peligro de ver este aspecto como algo único y lejano, un tanto sin sentido para nosotros hoy. Nada más lejano a la realidad. El verdadero milagro está que en una sociedad como la nuestra y la de su época, signada por el positivismo y cierto desapego de lo auténticamente religioso, fue considerado desde su muerte como una virtud inherente a la vida y obra de José Gregorio. Más aún, los primeros y mejores testimonios lo dieron hombres si se quiere lejanos a la práctica religiosa católica, pero con una visión abierta a descubrir en él, algo especial y trascendente.
La carencia de la cultura de lo que implica llevar una persona a los altares influyó sin duda en la tardanza de buscar el reconocimiento oficial de la Iglesia de la santidad de alguien para convertirlo en modelo a seguir e imitar. La tradición civil ha creado panteones para exaltar a los héroes de la patria. Son dichos panteones instrumentos para enaltecer la identidad de una comunidad.
Me gusta repetir que una cosa es ser santo, lo que no se pone en duda de mucha gente que se ha cruzado en nuestras vidas. Estoy seguro que todos tenemos experiencia de haber conocido gente buena, trabajadora, honesta, generosa con todo el mundo de quien elogiamos su trayectoria vital. Pero lo importante para que tenga incidencia y trascendencia, es que los fieles y también quienes no lo son, descubran y señalen que hay algo que trasciende la vida ordinaria de una persona y se convierte en un referente para la población.
Es decir, nos hace santos la declaración oficial de la Iglesia, previa constatación de que así lo ve y lo siente mucha gente. Para los creyentes es signo de la cercanía de Dios y del prójimo, lo que hace que se le invoque para que interceda ante el Altísimo por alguna necesidad de orden físico, una enfermedad o alguna situación enojosa que nos lleva a pedirle a esa persona que nos conceda la gracia que solicitamos. Unas veces es la curación, otra la superación afectiva en momentos de duda, de conflictos, de situaciones que nos sobrepasan, que al menos escuche nuestras cuitas y nos dé sosiego y sentimos la necesidad de recurrir a la oración a través de esa persona para encontrar la paz interior que nos aflige.
En medio de una feroz dictadura, como la que le tocó vivir a José Gregorio y a sus colegas médicos, con valentía y prudencia, denunciaron las fallas de un régimen que no cumplía con uno de los requisitos de cualquier gobierno que pretenda legitimarse ante la sociedad: atender a sus necesidades básicas. Los populismos y los gobiernos falaces que pululan en estos tiempos en el mundo entero llaman a un cambio radical de las relaciones internacionales y nacionales. Las migraciones son expresión del pecado social que pecha sobre los más débiles, siendo ellos los que sufren y dejan sus vidas en los caminos del éxodo por las guerras, las hambrunas, las injusticias, las intolerancias, sin que los resortes de la equidad generen un movimiento mundial que tenga una mirada samaritana que no se contente con paños calientes.
En el escenario mundial de entonces tenía lugar lejos de nuestras fronteras la primera gran conflagración conocida como la primera guerra mundial. En ese contexto, la sensibilidad de JGH, de forma callada pero real, sintió el impulso de hacer un voto ante el Altísimo, nada más y nada menos que ofrecer su vida si era necesario para cesara la guerra. Y así fue. Hoy vivimos una situación similar. En medio del Covid mundial aparece la absurda guerra de Rusia contra Ucrania, con el peligro de convertirse en un conflicto de dimensiones imprevisibles que puede involucrar a todos los países del globo. El fantasma de la guerra vuelve a surgir. Se creía que las dos guerras mundiales con la atrocidad de muertes sin sentido eran lección suficiente para que no se repitiera en el futuro. En la nueva época que vivimos la energía nuclear tiene visos apocalípticos. Con la fuerza y con las armas caminaremos hacia la destrucción total. Otros caminos hay que roturarlos con creatividad y una buena dosis de entendimiento y negociación con quien corresponda más allá de las diferencias. Sigamos con atención las intervenciones del Papa en este sentido. Sigamos también las posturas de otras denominaciones religiosas y preguntémonos por los valores subyacentes. Si no está la vida integral de personas y del ambiente, si lo ideológico está por encima de la gente y no importa que mueran inocentes, algo anda mal. La responsabilidad ética nos impele a sacar a relucir otros valores que no pueden ser los de la fuerza. De nuevo, lo auténtico cristiano nos pone el valor redentor de la cruz, único camino de resurrección.
JGH no es un referente del pasado sino del presente. El mensaje de su vida permea muchos aspectos de la vida cotidiana. Sobresale, claro está, lo religioso, pero va más allá. El mundo de lo sanitario, médicos, enfermeras y personal hospitalario lo tienen como su guía. Gremios e instituciones variadas llevan su nombre, al igual que numerosos establecimientos, líneas de transporte, barrios, calles y avenidas. Contagia su alegría como hombre amante de la música y de la fiesta. Una sastrería de lujo de la ciudad española de Valencia lo tiene en la vidriera de su negocio, sin saber de quien se trataba. El dueño encontró en un taller de orfebre la talla de un hombre elegantemente vestido con su sombrero en la cabeza y lo compró. La afluencia de personas le hizo descubrir que estaba ante un médico famoso que tenía fama de santo… Para los pobres y afligidos es el paño de lágrimas de las cuitas contenidas en el pecho buscando consuelo. Para un mundo que privilegia el conflicto y el odio, es imagen y motor de paz interior y exterior. Para los que intentan entablar diatribas, encuentran en él al hombre que trabó amistad y trabajo en común, sin reticencias, más allá de las diferencias ideológicas, filosóficas o religiosas. Siendo médico cultivó otras áreas del pensamiento y escribió apuntes filosóficos y pequeños tratados en los que deja constancia de los valores humanos y cristianos que formaron parte de su recia personalidad.
El Papa Francisco lo nombró vicepatrono de la cátedra de la paz de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma, para entablar diálogo con el mundo plural de hoy, para buscar afanosamente respuestas racionales, humanas más allá de la conflictividad que hace de la fuerza y el poder, los resortes para solucionar los problemas. Estamos, pues, ante una figura refulgente que ilumina el camino de hoy, pues a un siglo de su muerte, su legado sigue vivo con actualidad sorprendente. Es un referente para creyentes y para todo hombre o mujer de buena voluntad que intenta dar respuesta eficaz a su vida.
Por tanto, vale la pena preguntarse hoy y aquí, qué significa ser santo y si eso toca también a la puerta de nuestra conciencia. ¿Tiene algún atractivo para el mundo universitario, decir que estudiar, formarse, trabajar, servir entra en las necesidades personales con la obligación de cubrirlas, y si cabe también pensar en ir más allá?
El Papa Francisco, hombre con los pies en la tierra, preocupado por poner en alto los valores trascendentes del catolicismo escribió en el 2018 una exhortación apostólica, es decir, una carta dirigida al mundo entero que tituló “Gaudete et exultate”, “alégrense y regocíjense” en la que desarrolla el tema de la santidad en el mundo actual. Señalo solo algunos rasgos que él considera que son muy actuales y no son para unos privilegiados sino para todos, incluidos los que no son de nuestra religión.
El Papa nos habla de los santos de la puerta de al lado. “No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente». El Señor, en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Por eso nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo” (n.6).
Y, añade más adelante: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad» (n.7).
“Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros de ese pueblo que «participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad». La santidad es el rostro más bello de la Iglesia. Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita «signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo» (n.8).
Este mensaje es también para nosotros, para ustedes queridos universitarios, y para aquellos que por distintas causas se pueden sentir lejanos o ajenos a la fe católica. Así fue como José Gregorio convivió con todos, sin distinción, trabajó con los de casa y con los que pensaban distinto. Los unía el servicio desinteresado a los demás.
Lo anterior no es un simple llamado melifluo. Como todo lo humano está transido del esfuerzo de cada día. ¿Qué notas debemos cultivar en nuestras vidas para que la santidad sea parte de nuestro quehacer? Francisco nos señala cinco: lo primero: aguante, paciencia y mansedumbre. No hay santidad sin constancia. En segundo lugar: alegría y sentido del humor: cuanto nos cuesta en las dificultades y tropiezos asumirlas con alegría y sentido del humor. Por cierto, que el buen humor es visto entre nosotros como algo negativo. Y no lo es. La risa, la broma sana, suaviza la existencia. El buen humor de Francisco lo lleva a exclamar cada vez que alguien le dice que reza por él: a favor o en contra. En tercer lugar: audacia y fervor. Sin pasión por lo más noble y sin creatividad para superar escollos, estamos perdidos. En cuarto lugar: en comunidad, en equipo. No nos creamos sabelotodo que no necesitamos de los demás. El egoísmo y la singularidad son malas compañeras. Y, por último: que no falte la oración que no es solo repetir oraciones o asistir a algunos actos. El Padre nuestro nos da el toque perfecto: amor a Dios y alabanza sin dar de comer al hambriento es pura soberbia y actitud farisaica. José Gregorio encarnó en su vida estas cinco notas. Por eso es santo.
José Gregorio es en estos momentos el mejor punto de convergencia de todos los venezolanos, sin distingos de ninguna especie. Él nos convoca a trabajar juntos por el bien de la gente, como lo hizo hace un siglo durante la epidemia mundial llamada la Gripe Española, en unión de médicos insignes, de distinto pensamiento filosófico y religioso, a quienes los unía el bien común de todos los venezolanos. De allí la importancia de continuar con la preparación espiritual para este momento de gracia y bendición para nuestro pueblo. La iniciativa “caminando con José Gregorio” ha sido una bella experiencia para vivir la actualidad de su causa en el momento actual que vivimos. A ello se suman las que faltan, a través de las parroquias y movimientos, de los medios de comunicación, y de todo lo que nos haga sentir y compartir la alegría de tener un santo que nos arropa a todos los venezolanos. Esta iniciativa de la Universidad Central es prueba de ello.
Tomo las recientes palabras del Cardenal Semeraro, al referirse a José Gregorio: “Vivió el Evangelio haciéndolo accesible a todos, mostrándose como una verdadera y exquisita síntesis de contemplación y acción”. “José Gregorio Hernández Cisneros es un médico que vivió generosamente la misión laical de consagrar el mundo a Cristo, trabajando al servicio de los pobres y de los que sufren, con la gratuidad del amor. Hay fronteras que resisten la evangelización, reductos casi inaccesibles donde la única página del Evangelio que viene leída todos los días es el testimonio de buenos cristianos”. “José Gregorio vivió el Evangelio haciéndolo accesible a todos, mostrándose como una verdadera y exquisita síntesis de contemplación y acción”.
Acerquémonos a José Gregorio con esta disposición de ánimo para que seamos en esta coyuntura de su mano, los protagonistas del bienestar material y espiritual, de la fraternidad por encima del odio y la discriminación, agentes de cambio y transformación de nuestra patria.
José Gregorio Hernández, nacido en un pequeño pueblo de los Andes, tuvo la dicha de nacer y crecer en un ambiente familiar favorable y con el apoyo del maestro y del cura del pueblo, tríada que le inculcó conocimientos y valores cívicos y religiosos. Algo curioso en un país sumido en guerras civiles con carencias en todos los órdenes. Los rudimentos aprendidos fueron de tal fuste que al ser enviado por su papá a estudiar a Caracas, pudo codearse y sacar los estudios secundarios, entrar a la Universidad Central cursar medicina y graduarse con calificaciones notables. En un ambiente positivista no dejó la práctica religiosa y unió sus estudios superiores con el afán de profundizar su fe cristiana hasta escribir sobre temas tan discutidos entonces como los de la evolución, y sobre las nociones de filosofía, en la línea tomista, en contraste con las nuevas corrientes que pululaban en los ambientes académicos.
Tuvo, además, un sentido de la amistad y convivencia fraterna con sus pares, aunque divergían en sus concepciones filosóficas y religiosas. Amante de la fiesta y el baile, del arte y la belleza, de estar bien vestido, de la puntualidad, de la preparación de sus clases y trabajos de laboratorio. Obtuvo una beca para perfeccionar su especialidad médica en la meca de las luces en este campo en París, que aumentó con su paso por Berlín y Madrid. Se ganó la admiración y aprecio de sus maestros. No cedió ante la oferta de permanecer en el viejo continente, pues con profundo sentido patrio quería devolverle a su tierra, lo adquirido. Es uno de los pioneros de la medicina moderna en la Venezuela atrasada de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Combinó sus inquietudes de vocación sacerdotal y monástica con dedicarse de lleno al ejercicio de la docencia, la investigación y la atención médica, que terminó siendo su auténtica vocación laical, al servicio de todos con especial énfasis en el servicio silencioso a los más pobres. José Gregorio representa el alma del venezolano que todos quisiéramos ser, a pesar de no seguir a plenitud su ejemplo, pero sí, el acercarnos a él para la salud física y espiritual.
Llevar el nombre de “José Gregorio” es casi una contraseña de haber recibido algún favor o sanación efectiva. Son miles los que portan ese pasaporte en su gentilicio, como gratitud por el “milagro” de la vida. Su devoción está extendida desde décadas en todos los rincones y más allá de las fronteras. La profusión de capillas, ermitas, plazas y estatuas dedicadas en José Gregorio están diseminadas en toda la geografía nacional. Es el “santo” popular esperado y soñado que viene a ser una bocanada de esperanza en medio de la crisis que vivimos.
“La vida de José Gregorio demuestra la posibilidad de encarnar el evangelio también en la sociedad venezolana de hoy. Por eso se convierte en una luz de nuestro imaginario social y en un desafío tanto a quienes compartimos su fe como a sus colegas médico-científicos en este siglo XXI. Es posible entregar la vida para que otros tengan vida. Es posible poner los conocimientos que se adquieren, con esfuerzo y dedicación personal, al servicio de la vida de todos, empezando por los que no tienen posibilidades por sí mismos”.
JGH es la personificación del venezolano venido de menos a más. A ello hay que sumar, la calidad espiritual y cristiana de un hombre que hizo de su profesión un apostolado, un servicio desinteresado al enfermo y al desposeído. Todo ello sin aspavientos ni búsqueda de sobresalir o de honores fatuos. El mejor termómetro de su popularidad, mejor de su identificación con la población en general, fue la conducción a su última morada. Fue, en su momento, la manifestación popular masiva jamás vista en la capital de los techos rojos. Toca ahora, a su querida casa de estudios, tomar el testigo y multiplicar los santos de bata y camisa.
Señores.