Lecturas recomendadas

El Camino a la Sabiduría

Vivimos de mentira en mentira. Se ha erigido a un dios por encima de todo, el dinero

Rosalía Moros de Borregales:

En este mundo moderno del siglo XXI en el cual el conocimiento en las diversas ciencias y en la tecnología ha logrado alcances inimaginables, hay dos verdades que saltan a la vista de cualquier observador. Primero, a pesar del desarrollo del conocimiento, los conflictos del ser humano dentro de sí mismo y en su relación con su prójimo no solo siguen intactos, sino que se han intensificado con sofisticación. Dos siglos atrás los hombres se mataban con toda clase de cuchillos y hachas; hoy, las armas de guerra son inteligentes para detectar su objetivo y dar en el blanco con precisión exacta.

En segundo lugar, todo el conocimiento generado en los últimos 50-100 años, lejos de preservar la vida como el bien más preciado de la humanidad, ha traído destrucción y muerte a todos los niveles. La desigualdad que impera en el mundo es vergonzosa; mientras unos hacen viajes espaciales, en algunos lugares del mundo las personas deben caminar kilómetros bajo un sol abrasador para conseguir una cubeta de agua. Mientras que hay empresas dedicadas a la salud que han encontrado la cura a enfermedades, pareciera que otras empresas hacen todo lo posible para mantener a la población enferma a través de productos engañosos.

Vivimos de mentira en mentira. Se ha erigido a un dios por encima de todo, el dinero. Quien carece de él no es apreciado según los valores establecidos. Unas pocas plataformas, monopolizadas por un minúsculo grupo, han perdido la visión humana del hacer, si alguna vez la tuvieron, y en la actualidad se han concentrado en crear autómatas que le sirvan a sus intereses egoístas. Abunda el conocimiento pero carecemos absolutamente de sabiduría para resolver los problemas que acaban con miles de vidas cada año. 

Durante las últimas semanas he estado meditando en la riqueza de lo que significa el Temor del Señor. Hemos descubierto que este temor no es un obstáculo, sino una puerta de entrada a la vida plena. No se trata del miedo que nos persigue en este mundo incierto; se trata de reconocer al Creador del Universo, de descubrir en su obra la sabiduría de la existencia humana en armonía; se trata de aprender a conocer la bondad de Dios que se traduce en la vida que nos rodea por todas partes. Se trata de caminar tomados de la mano de Dios, iluminados por la luz de la vida: Jesucristo. Hoy quiero invitarte a explorar cómo el Temor del Señor más que un concepto doctrinal, es una guía práctica para vivir con sabiduría.

El libro de Proverbios es una guía divina para el vivir cotidiano. Desde su primer capítulo nos marca el tono: “El principio de la sabiduría es el temor del Señor; los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza”. Proverbios 1:7. Ahora bien, ¿cómo podemos vivir con el temor del Señor? ¿Dónde se consigue? ¿Cuál es el precio que debemos pagar para obtenerlo? El temor del Señor se adquiere cuando nos acercamos a Dios reconociendo nuestra pequeñez, y al mismo tiempo su grandeza. Cuando somos capaces de aceptar nuestros errores y reconocer que solo El es la fuente de toda sabiduría. Cuando comenzamos a caminar en humildad, tomados de su mano, rendidos a su voluntad, reverenciando su grandeza cada día y sometiéndonos a su ley: Amar a DIOS con toda tu mente, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas y a tu prójimo como a ti mismo.

El temor del Señor se traduce en una brújula interna que orienta nuestras decisiones, palabras y actitudes. Nos libra del orgullo, nos guarda del pecado y nos conecta con el carácter de Dios. Quien vive bajo este temor, no teme al juicio, porque ya vive en comunión con el Juez justo. Las Sagradas escrituras están atravesadas desde el Génesis hasta el Apocalipsis por esta expresión del Temor del Señor. Hoy te reto a que en tus lecturas de la Biblia comiences a subrayar esta frase cada vez que tus ojos la descubran en un pasaje y luego la anotes. Después de un tiempo te sorprenderás de todas las veces que la habrás encontrado.

Un ejemplo de un hombre con poder que supo actuar con esta actitud de reverencia profunda a Dios, fue José, el hijo de Jacob. Cuando sus hermanos temían represalias de su parte porque lo habían vendido a los egipcios y habían mentido a su padre ya anciano, sobre su paradero, José les respondió: “Haced esto, y vivid; yo temo a Dios” Génesis 42:18. Su integridad, aún en el trono de Egipto, se debió al temor al Altísimo. El temor del Señor le impidió usar su poder para vengarse.

Hay otro pasaje que me sorprende, se trata de la historia de las parteras hebreas, quienes recibieron la orden del Faraón de Egipto de que al atender los partos de las mujeres hebreas mataran a todo varón; ya que los egipcios hacían servir a los israelitas con dureza y amargura, pero a pesar de todo lo que hacían contra ellos seguían multiplicándose y los egipcios temían que se volvieran contra ellos. En Éxodo (1:17) leemos que las parteras “temieron a Dios y no hicieron como les mandó el rey de Egipto”. Su temor a Dios, su deseo de hacer lo recto ante los ojos de Dios fue más fuerte que la amenaza del Faraón. Por su respeto reverente a Dios, por su rendición a Su voluntad, tuvieron el coraje para desobedecer al hombre y obedecer a Dios, salvando así la vida de generaciones futuras. 

Al leer en el evangelio del médico amado, Lucas, el cántico de María podemos resaltar que ella claramente sabía lo que significaba el Temor del Señor, veamos: “Y María dijo: —Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la bajeza de su sierva. He aquí, pues, desde ahora me tendrán por bienaventurada todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho grandes cosas conmigo. Su nombre es santo, y su misericordia es de generación en generación, para con los que le temen. Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó a los poderosos de sus tronos y levantó a los humildes. A los hambrientos sació de bienes y a los ricos los despidió vacíos. Ayudó a Israel, su siervo, para acordarse de la misericordia, tal como habló a nuestros padres; a Abraham y a su descendencia para siempre”. Lucas 1:46-55. La vida de la madre de Jesús nos muestra que el temor del Señor fue su guía para aceptar la voluntad del Altísimo para ella, a pesar de todo el sufrimiento que implicaría. Ciertamente María conocía el Salmo 84 (10) “Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad”. 

Es esta convicción expresada en el Salmo 84 a la que debemos aspirar como creyentes. Es una necesidad imperiosa de cada uno que pretende llamarse cristiano. Cuando escogemos habitar en la presencia de Dios, conducirnos de acuerdo a Su ley, caminar con humildad, reconociendo nuestras limitaciones y al mismo tiempo Su excelso poder y gloria, Dios nunca nos deja caídos. ¡Jesús está a la diestra del Padre intercediendo por nosotros! El Temor del Señor nos hace anhelar a Dios, y el vivir en comunión con Él nos capacita con la sabiduría para actuar de acuerdo a Su voluntad.

El libro de los hechos de los apóstoles (9:31) nos relata que las iglesias “andaban en el temor del Señor, y con la consolación del Espíritu Santo, eran multiplicadas”. La reverencia y el mover del Espíritu iban juntos. No eran iglesias con miedo, sino con temor santo. Todos estos hombres y mujeres de Dios, y tantos otros que nos relatan las Sagradas escrituras, vivieron sin ser entendidos por el mundo pero aplaudidos por el Cielo, aceptos en el Amado.

En el libro de Apocalipsis hay una invitación muy especial para cada cristiano, la cual se convierte en una poderosa revelación del destino final de aquellos que temen al Señor. Dice Apocalipsis (14:7) “Temed a Dios y dadle gloria”. Los que tememos al Señor vivimos admirando su grandeza, con una actitud de sorpresa y asombro al contemplar la obra de sus manos, con un inmenso sentimiento de gratitud al corroborar su fidelidad cada mañana al abrir nuestros ojos a la luz de un nuevo día. Los que tememos al Señor queremos adorarle y darle siempre la gloria.

Donde el temor del Señor reina, hay orden, justicia y misericordia. Donde no está, reina la necedad. El salmista en el Salmo 36 y el apóstol Pablo en su epístola a los Romanos (3) hacen el mismo diagnóstico de la humanidad caída, alejada de Dios. “No hay temor de Dios delante de sus ojos”. Les invito a buscar y comparar ambos pasajes, los cuales nos dan características muy importantes a tener en cuenta a la hora de discernir a las personas. El insensato no teme, porque se siente autosuficiente; esa soberbia es ceguera espiritual. El sabio teme, porque reconoce su necesidad de Dios. ¡La sabiduría es humildad! Una verdad muy alejada del concepto actual del sabio.

El temor del Señor se adquiere a través del conocimiento y la meditación de Su Palabra. La Biblia no solo nos informa, nos forma según el carácter de Dios: “Y sucederá que cuando se siente sobre el trono de su reino, él deberá escribir para sí en un pergamino una copia de esta ley, del rollo que está al cuidado de los sacerdotes levitas. La tendrá consigo y la leerá todos los días de su vida, para que aprenda a temer al SEÑOR su Dios, guardando todas las palabras de esta ley y estas prescripciones a fin de ponerlas por obra”. Deuteronomio 17:18-19. El temor del Señor se prueba en la obediencia cotidiana: en cómo tratamos al prójimo, en cómo hablamos, en como actuamos cuando nadie nos ve. El temor del Señor se profundiza en la comunión con el Espíritu Santo a través de la oración, pidiéndole el temor santo en nuestro corazón, para que podamos ser semejantes a Jesús.

“Sobre él reposará el Espíritu del SEÑOR: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor del SEÑOR. Él se deleitará en el temor del SEÑOR”. Isaías 11:2-3.-

Rosalía Moros de Borregales

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