Una calle de obsequio para Mérida

Bernardo Moncada Cárdenas:
Recientemente, nuestra urbe serrana ha recibido de vuelta un espacio que se daba ya por perdido para el habitante: la antigua Calle de La Igualdad.
“Una ciudad en la cima del monte”, describe a Mérida su escudo, estrenado en el cuatricentenario. Efectivamente, Mérida pareciera elevada sobre un pedestal para iluminar el mundo; así lo sienten y experimentan, encantados, sus visitantes.
¿Cuántos de quienes la habitaron durante sus estudios universitarios la recuerdan con nostalgia tras retornar a su ciudad de origen? Nuestra recoleta y añeja capital andina alberga especial encanto, quizá producto de su privilegiado entorno y su solera académica y eclesial.
“Emérita”, como la raíz de su nombre indica, reúne méritos para ser atendida. Su historia la destaca como sede de importantes órdenes y congregaciones religiosas desde poco tiempo de fundada: agustinos, clarisas, jesuitas, salesianos, Hermanos de San Juan de Dios, franciscanos, dominicas y dominicos, a más de su inequívoca vocación educacional. Todo estuvo plasmado en sus calles y edificaciones.
Pero la Mérida que conocimos en la segunda mitad del siglo pasado se ha deteriorado paulatinamente, de manera que al llegar el nuevo siglo lo que fue casco histórico muestra no pocas deformaciones. La desidia, y el populismo desdoblado en excesiva permisividad de las autoridades, dejaron su marca en un ámbito urbano mucho menos acogedor que aquel de nuestros años juveniles.
El deterioro ha afectado también al ciudadano, como era de esperarse. Si bien el merideño sigue diferenciándose de sus connacionales, y cierta cortés circunspección permanece en su ánimo, el influjo que la urbe tenía sobre él ha disminuido. Se ha perdido civilidad, cultura merideña.
Sólo ese venir a menos explica la indiferencia con que hemos visto expandirse la economía emergente en el área más significativa del tejido urbano. Las calles y avenidas aledañas a la Plaza Bolívar, el Palacio de Gobierno, el centro cultural Tulio Febres Cordero, el rectorado de la universidad y, finalmente, la Catedral Basílica, vieron sus espacios adjudicados a un sinnúmero de vendedores con sus respectivos kioscos, ocupando gran parte de vías y aceras y afeando el otrora agradable ambiente contenido por casonas y monumentos. La ciudadanía, por otra parte, se habituó a convivir con esa especie de interminable ranchería.
Un proceso de degradación como el descrito hizo prosperar la situación que se presentó, hasta hace dos semanas, en el Bulevar de la calle 22 flanqueando la catedral, parte del llamado Bulevar de los Obispos. No solamente se permitió la ocupación abusiva de un área pertenencia de la ciudad y el ciudadano, sino se puso en peligro el estado físico del Patrimonio Nacional Religioso y Artístico que es la Basílica, uno de los conjuntos eclesiásticos más admirables del país, atractivo turístico indudable en el casco central, y lugar de culto merecedor del más vivo respeto por creyentes e indiferentes por igual.
Ese breve trayecto, además de dar espacio a una de las mejores vistas de la obra maestra de Manuel Mujica Millán, ostenta la fachada lateral de la que fue, en tiempos de la presencia de Bolívar en Mérida, Casa Consistorial, hoy en manos privadas, escenario de gestos históricos del proceso independentista.
Las nuevas edificaciones, que fueron sustituyendo algunas casonas, se construyeron con cuidado de no competir ni desentonar con edificaciones de tan trascendental significación. Empero, la búsqueda de sustento en una crisis que se agravaba dio pábulo a la impropia ocupación con tenderetes que cegaron visuales y, en un momento, se atrevieron hasta a obstruir la impresionante puerta de la misericordia, acceso a la Nave del Santísimo.
Hoy, lo que parecía imposible ha sucedido. Los ciudadanos que de esa manera ocuparon la antigua Calle de la Igualdad, hoy Calle 22 Canónigo Uzcátegui, han tenido que ceder los improvisados puestos, despejando la interesante fachada nordeste de la Catedral en restauración, para situarse temporalmente, durante la temporada decembrina, en otras ubicaciones mientras se implementa la solución alternativa.
Quizá aturdidos por el repentino obsequio, los merideños aún no parecen percibir el alcance de este logro. Afortunadamente, quienes conocemos el incalculable valor que ha sido recuperado para la ciudad y sus ciudadanos, beneficiarios directos de la afluencia turística, como también beneficiarios, conscientes o no, del impacto que el hecho tiene en el ánimo moral de la ciudad, apreciamos grandemente la inversión y el esfuerzo que han acomunado colaboradores de todas las instituciones de la ciudad para alcanzarlo.
Creemos con sobradas razones que, una vez recuperado el esplendor de nuestra Basílica de La Inmaculada, ésta es candidata a declaratoria de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, así de trascendente es el proceso que ha venido desenvolviéndose ante la merideñidad: un regalo de Navidad que no deberíamos pasar por alto.-




