Cultura Católica

Cómo el Credo evita que el cristianismo olvide la historia

El cristianismo no comienza con una idea, sino con un niño, y no termina con un concepto, sino con un sepulcro vacío en la historia. El Credo nos lo recuerda

Hace años, en una reunión académica, se preguntó a un grupo de profesores qué era innegociable en un plan de estudios inspirado en el humanismo cristiano. La respuesta fue rápida y casi unánime: los artículos del Credo Niceno. Pensándolo bien, no en los artículos, exactamente, sino en la narrativa. Del pesebre al sepulcro vacío. De la historia, no de la teoría.

El Credo recuerda la historia

Ese instinto ayuda a explicar por qué la reciente recitación del Credo por parte del papa León XIV ante las ruinas de una antigua basílica en Turquía fue tan importante. El papa no estaba dando una conferencia sobre doctrina en medio de restos arqueológicos. Estaba contando una historia en un lugar donde la historia se impone sobre el presente. La piedra, el polvo y el cielo formaban el telón de fondo de unas palabras que rechazan, o al menos se resisten, a la abstracción.

El Credo Niceno puede parecer, a primera vista, teología comprimida: «engendrado», «consustancial», «encarnado». Pero su movimiento decisivo es, también narrativo. Sigue el arco que los cristianos conocen de los propios Evangelios. La creación da paso a la encarnación. El nacimiento conduce al sufrimiento. La muerte abre paso a la resurrección. Y luego viene la frase que lo ancla todo: Cristo «padeció bajo Poncio Pilato».

Pilato es importante. No es un símbolo, ni un concepto teológico. Es un gobernador romano con una huella histórica. Su nombre aparece en el Credo por la misma razón que aparece en los Evangelios: para insistir en que esta historia ocurrió en algún lugar, en algún momento, bajo una autoridad política reconocible. El Credo se niega a dejar que el cristianismo se convierta en mito. Planta la fe firmemente en el suelo de la historia.

Aquí es donde el Credo refleja la narrativa bíblica, sin sustituirla. Los Evangelios no son meditaciones abstractas sobre la salvación, sino historias llenas de nombres, lugares, comidas, traiciones, miedo, amistades y amor. Belén, Nazaret, Jerusalén. Un pesebre. Un juicio. Una cruz. Una tumba vacía. El Credo destila esa narrativa sin abandonarla. Incluso cuando suena conceptual, conlleva lo que podría llamarse un horizonte histórico, uno que se abre por completo en el momento en que Pilato pronuncia la sentencia.

El historiador Marc Bloch lo vio claramente:

«Los griegos y los latinos, nuestros primeros maestros, eran escritores de historia. El cristianismo es una religión de historiadores».

Cristianismo: testimonio y transmisión

El cristianismo depende de la memoria, el testimonio y la transmisión. Sobrevive porque puede ser contado de nuevo, contrastado con el tiempo y transmitido sin disolverse en la ideología.

Esa idea conecta naturalmente con Agustín, cuyas Confesiones suelen leerse como espiritualidad interior, pero que, en realidad, son un acto narrativo. Agustín cuenta su vida como una historia moldeada por la gracia a lo largo del tiempo. La identidad surge a través de la memoria afrontada con honestidad. El papa León XIV, agustino, comprende claramente que la fe se debilita cuando olvida lo profundamente que depende de la narración basada en hechos reales y lugares reales.

En la temporada navideña, esto se vuelve urgente. La Natividad no es una imagen estacional, sino una afirmación histórica: Dios entra en el mundo a través del nacimiento, la vulnerabilidad y el lugar. El cristianismo no comienza con una idea, sino con un niño, y no termina con un concepto, sino con un sepulcro vacío, en la historia.-

Daniel Esparza – publicado el 03/01/26-Aleteia.org

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