Opinión

La obra debe continuar

Venezuela puede gozar de obras como la Urbanización El Silencio y La Ciudad Universitaria, para mencionar solamente las construidas en la capital

Bernardo Moncada Cárdenas:

«El arquitecto vive en un desequilibrio a veces realmente dramático, causado por la inestabilidad y por las contradicciones de la sociedad que lo circunda y condiciona.» Carlos Raúl Villanueva, Academia de Arquitectura de Francia, 1954, París.

«El diseño, las formas, las concepciones espaciales, la actitud moral del arquitecto reflejan, aunque no de manera mecánica ni inmediata, una situación, un mundo perfectamente identificable en la historia y en la geografía. Y estos coordinados se hallan visibles al análisis» Carlos Raúl Villanueva, “Observaciones sobre el desarrollo actual de la Arquitectura Iberoamericana”, 1965, Madrid.

Fiel a estas palabras sobre la relación del arquitecto con su entorno social, político, cultural y ambiental, la trayectoria de Carlos Raúl Villanueva abarcó, desde su radicación definitiva en el país (1929), los gobiernos de Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita, Rómulo Betancourt, Rómulo Gallegos, Marcos Pérez Jiménez, y los presidentes de la democracia post perezjimenista, hasta su retiro y fallecimiento en 1975. Trabajó siempre para el Estado venezolano, aun cuando la realidad social y la realidad arquitectónica mantuvieran un intercambio de ideas y de sentimientos en diferentes planos, en diferentes ritmos que agregan, a no dudarlo, mayor complejidad a su incesante labor en pro de la nación.

Este gigante de la arquitectura venezolana supo interactuar y moverse en al cambiante piso político ideológico del siglo XX, manteniendo siempre su identidad espiritual, en la cual la política tenía la acepción originariamente aristotélica. Así, sin ser un partidario, un militante, catalizó -durante cambios de régimen y de gobierno- el progreso hacia un país digno de tal nombre, manteniéndose erguido y ecuánimemente activo en un desequilibrio a veces realmente dramático, causado por la inestabilidad y por las contradicciones de la sociedad.

Como resultado, Venezuela puede gozar de obras como la Urbanización El Silencio y La Ciudad Universitaria, para mencionar solamente las construidas en la capital.

En la muestra “Villanueva, el arquitecto” (1988, Museo de Arte Contemporáneo de Caracas) descubrí que el proyecto del Sanatorio Antituberculoso Venezuela, hoy Ambulatorio Venezuela, baluarte merideño del tratamiento del fatal bacilo de Koch, es una de sus primeras obras modernas, realizado en 1942, después de obras como la Escuela Gran Colombia (1939, Caracas, hoy “Francisco Pimentel”).

Este hallazgo confirmó mi valoración de Mérida como poseedora de importantes manifestaciones arquitectónicas, casi todas construidas para el bien de sus gentes, como espacios de uso público. Nuestra ciudad ha sido ámbito privilegiado por la buena arquitectura, construida también a través de un siglo de fuertes cambios gubernamentales.

Proyectistas y constructores como Luis Bosetti (Palacio Arzobispal y Hospital Los Andes) y Manuel Mujica Millán con ese trío de grandezas que son la catedral, en cuya refacción y restauración hoy trabajamos empeñosamente, el palacio de gobierno y el rectorado, supieron hacerse respetar por los diversos gobernantes de la nación y el estado, prosiguiendo su obra sin mancharse con los epítetos que hostigaron a muchos de quienes trabajaron con Gómez o Pérez Jiménez.

La profesión del arquitecto puede y debe ser lugar de síntesis de muchos factores. Buena cantidad de ellos son de tipo material y técnico, así como los que reflejan un momento histórico, una cultura, un modo social y estético, pero sin duda muchos han de ser de orden político y económico. Grandes arquitectos como Mujica Millán no solamente caracterizaron con su obra ciudades enteras, sino soñaron espacios de una mejor existencia para todos.

Este deseo de bien es invencible, no hay adversidad histórica que lo apague, ni obstáculo que suscite su rendición. Por ello el buen arquitecto no solamente responde a las solicitaciones de entes públicos que lo requieran, sino promueve incesantemente ideas que mejoren el espacio vital de ciudades y ciudadanos, actuando como promotor social, aunque no siempre logre convencer a gobiernos o instituciones de la bondad de sus propuestas.

Y cuando estos saben acogerlas, las obras quedan, también traspasando tiempos y contextos históricos, como signos de la buena voluntad que, en el fondo, portamos los seres humanos sea cual sea el rol que nos toque desempeñar.

A no dudarlo, participamos de un momento histórico singularmente movedizo, cosa no inusual en el mundo de hoy. Es un momento para seguir, en los trabajos de la catedral basílica, el ejemplo de los grandes personajes de nuestra arquitectura ante las conmociones que les tocó vivir. Por el bien de la ciudad y del pueblo que la habita, ¡arquitectos, y obreros, la obra debe continuar!.-

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