Los rostros de la fe
He comprendido que la fe no consiste en cambiar la historia, sino en permitir que Dios la habite con su presencia

Rosalía Moros de Borregales:
Es mi intención comenzar una nueva serie el día de hoy, como hemos venido haciendo en el último año, con el propósito de profundizar en las enseñanzas del cristianismo. Les confieso que, en mi profundo deseo de alcanzar la excelencia en mis escritos, ya tengo diseñado el mapa del recorrido que juntos vamos a hacer para conocer los diferentes rostros que mostraron su fe en nuestro Señor Jesucristo, según las narraciones de los evangelistas. Sin embargo, más allá de los planes siempre estoy en constante oración, pidiéndole al Espíritu Santo que me guíe para hacer su santa voluntad.
Antes de sentarme a escribir, leo el chat de mis hermanos, Los Moritos. Comienzo leyendo algo posteado por mi hermano Eduardo; al rato me doy cuenta que es un escrito mío de hace varios años. Eduardo es como el bibliotecario de la familia. El toma los escritos que le gustan de nuestras conversaciones, les pone la fecha y los guarda. Entonces, cada día va leyendo lo que fue escrito en ese día del año o los años pasados. Y según su criterio lo guinda de nuevo en nuestro chat. Éste lo ha posteado dos veces, y hoy, al releerlo, recordé que un día les compartí un pedacito y les prometí escribir sobre ese tema.
Medito y decido desviarme un poco de mi plan inicial; después de todo, la fe que vivimos en esta época, también tiene rostros en el quehacer cotidiano. Decido tomar ventaja de esta intimidad que se desarrolla entre el escritor y el lector para mostrarles mi vulnerabilidad. No se trata de un milagro, que los he visto en mi vida. Tampoco se trata de una proeza extraordinaria, sino de esa fe que se va desarrollando cuando el fuego de la adversidad, en medio de nuestra cotidianidad, va probando lo que hemos leído, lo que hemos creído, sobre lo que hemos escrito; entonces, nos cuestionamos a nosotros mismos, nos retamos, hablamos con Dios y comprendemos que las palabras, tal como en un cuento, deben despertarse, salir del papel y cobrar vida.
Una de las experiencias más trascendentales que he vivido fue ser la responsable de mis padres en su última década aquí en la Tierra. Somos una familia de 9 hijos, yo soy la sexta. Debido a una gran variedad de razones bien conocidas, todos emigraron en diferentes tiempos, y el cuidado de mis padres, bastante longevos, recayó únicamente sobre mí, junto a la amorosa y siempre solidaria compañía de mi esposo. Esa responsabilidad fue un Everest en mi fe; escalando esa montaña viví, sentí, palpé y comprendí el amor revelado en los evangelios. El amor que trasciende los sentimientos, el amor que se demuestra calladamente, el amor que no hace bulla, pero que impregna el alma de una fragancia inolvidable.
Debido a la gran exigencia de cuidar a dos ancianos y, siendo la única hija que físicamente podía estar presente, ellos y nosotros decidimos que vivieran en un lugar donde tuvieran los cuidados y atenciones necesarias. Gracias a Dios y a la hermosa comunidad portuguesa en nuestro país, mis padres vivieron en un lugar maravilloso, creado desde el amor y atendido con amor, El Lar. Allí los visitaba dos y tres veces por semana, compartía con ellos y me ocupaba de todas sus cosas. Un sábado, regresando de una visita en la que habíamos tenido una merienda deliciosa, me disponía a compartir con mis hermanos, como siempre, a través del chat, las fotos que les había tomado ese día a nuestros padres. Pero antes, me sentí impulsada a compartir con ellos mis pensamientos acerca de la trascendencia de esa experiencia en mi ser. Entonces les escribí:
El Lar
Dios ha trabajado en todos. En ellos, en Leo y en mí, en las hermanas, en las enfermeras, en el personal de limpieza, en los otros ancianos….
Hemos aprendido a darle pan al que nos roba, a bendecir al que nos maldice, a poner la otra mejilla cuando actúas con amor y recibes indiferencia y sequedad. Hemos aprendido a entender la economía de Dios, a echar el pan sobre las aguas y hallarlo cuando Dios quiera…
Hemos aprendido a ver el cuerpo desgastado del anciano con apoplejía, el cual a simple vista es sin atractivo para que le deseemos… Y en vez de ver su cuerpo, mirarle a los ojos y encontrar allí el amor; al abandonado que recibe tu sonrisa y tu caricia como un vaso de agua en el desierto de su soledad.
Hemos aprendido a llevar las mismas raciones que llevamos para papi y mami, para las hermanas; a bendecirlas y hacerles ver cuánto apreciamos su trabajo, su paciencia y su abnegación. Hemos aprendido a perdonarlas, a no ver al ser humano cansado y desgastado, sino a la que tuvo esa vocación porque ama a Dios y quiso servirle; y luego, hemos sido acariciados en el alma con una sonrisa, con un gesto de cariño y con una expresión de gratitud.
En fin, he aprendido a aceptar lo que hoy tengo; a ver el pasado como mi historia pero no como mi identidad; a desligarme de lo que ya fue y no fue más. A dejar el dolor atrás y concentrarme en el hoy. A no vivir siempre con esa expectativa de un mañana mejor, porque hoy es siempre mejor que el pasado y el mañana. Hoy es el día de Salvación y siempre el mañana será un hoy.
Hoy papi y mami están en las condiciones en las que están y aunque quisiera que estuviéramos en las calles de Galilea y Jesús estuviera allí cerca para sanarlos como sanó a los ciegos, al paralítico y a la mujer del flujo de sangre, comprendo que ese mismo Jesús está aquí, ahora, y si Él permitió que llegaran hasta aquí, en esas condiciones, es porque ha logrado en ellos otros milagros, imperceptibles a nuestros ojos, pero perceptibles al Espíritu, como la rendición de sus almas a Dios.
Dios quiera que nos enfoquemos en el hoy para entender lo bienaventurados que fuimos, que hemos sido y que siempre seremos, porque creemos. El Espíritu Santo nos guíe a rendirnos hoy a su voluntad y no cuando ya nuestros cuerpos sean solo un caparazón desgastado que doblegue nuestro orgullo.
He comprendido que la fe no consiste en cambiar la historia, sino en permitir que Dios la habite con su presencia.
Con amor, Rosalía.
La fe verdadera no siempre sana el cuerpo, pero siempre sana el alma que aprende a rendirse. La fe no siempre cambia las circunstancias, pero siempre transforma el corazón que se rinde a Dios en medio de ellas.
“Porque por fe andamos, no por vista”. II Corintios 5:7.
Rosalía Moros de Borregales
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