Lecturas recomendadas

Demasiada teología

Alicia Álamo Bartolomé

Un dilecto amigo, asiduo lector de mis artículos y comentador de los mismos, últimamente se ha quedado mudo. Como me extrañó su silencio le pregunté la causa y me contestó que éstos tenían demasiada teología, que él no se sentía apto para opinar en este campo, sino en asuntos más laicales. Me preocupé, porque tampoco yo me siento muy capaz en esta ciencia y si he venido escribiendo mucho con ella por delante, me temo que he dado la lata. Pido excusas a mis escasos lectores.

Sin embargo, me parece que yo no he hablado tanto de la ciencia de Dios, sino de Dios mismo. Es difícil que no lo haga, porque a mi avanzada edad ya estoy muy cerca de la eternidad y siento el imperativo de hablar sobre su dueño. Hablar de Dios, no como objeto de ciencia o de filosofía, sino como centro de la caridad. Pero en fin, dejo el tema. Me enfocaré hoy en algo más mundano, para complacer a mi amigo.

¿Qué tal si hablamos de moda? He venido observando que ésta no cambia tanto con el paso de los años. La cuarentena centenaria que estamos viviendo me ha obligado a aficionarme a las telenovelas que, en mi caso, por motivos de fallas televisivas, tienen que ser las que pasan por el canal 4, único que se ve aceptablemente. Como no hay producciones nuevas, todas son repetición de las que se produjeron en la década de los 90 del siglo pasado. Al menos las venezolanas, porque proyectan también colombianas y mexicanas, no sé en qué fechas producidas. Lo que sí veo es una semejanza del aspecto de los actores. Mujeres con el pelo lacio y largo, enormes aretes, blusas apretadas, escotadas, de poca tela o bien holgadas como gasas flotantes; casi siempre de pantalones, shorts o minifalda. Hombres con cortes y colores de pelo muy estrafalarios, trajes sin mangas exhibiendo tatuajes, pantalones, chaquetas claveteadas y poco afeitados. No digo si me gusta o no me gusta, simplemente señalo el poco cambio en más de dos décadas. ¿Estamos estancados en la moda? Parece que nos hemos quedado en un exhibicionismo estrambótico. Si uno ve por TV el desfile de moda en cualquier parte del mundo, en general aprecia una serie de exóticas extravagancias. Con excepciones, claro, como el estilo de la gran modista venezolana Carolina Herrera, siempre de una sobria elegancia.

Y uno se pregunta: ¿pero qué es la moda? ¿Una necesidad, una costumbre, un pasatiempo…? La moda se refiere sobre todo al vestuario. Luego viene lo de los accesorios, el maquillaje, el aspecto personal. En cuanto al vestuario, su origen es muy viejo, se remontan al Génesis y sus inventores fueron Adán y Eva. Cuando después del pecado original se dieron cuenta de que estaban desnudos, se escondieron de Dios y para cubrir sus vergüenzas, se cubrieron las partes con hojas de parra. Ese fue el primer bikini, muy ecológico. Las vueltas que da el mundo. A partir de ahí hombres y mujeres inventaron como cubrirse. Hubo siglos con profusión de tela, como las crinolinas. Otras no tanta, las damas romanas en su afán de atraer a los esquivos generales, descubrían el torso en el circo pero éstos, hartos de ellas, preferían probar nuevas emociones con los efebos. En más o menos taparse y destaparse han pasado los siglos de la moda pero ahora se cerró el círculo, hemos vuelto al principio. La hoja de parra de nuestros primeros padres se ha convertido, no ya en el pacato bikini, sino en tanga o hilo dental. Quizás los más sinceros son los miembros de los campos de nudistas…, aunque qué feo como espectáculo, la desnudez de un cuerpo senil es patética.

Necesidad, costumbre o pasatiempo, la moda tiene un carácter dictatorial. En mayor o menor grado, de alguna manera todos debemos someternos a su dictamen si no queremos desentonar en la sociedad. Acatarla un poco, pero sin renunciar a nuestros principios éticos y estéticos, es todo un arte. Éste nos asegura no desbordar nunca la ropa, no andar por allí sin saber a ciencia cierta si estamos saliendo o entrando en ella. Invito a practicarlo.

Y como no puede faltar en mi artículo ese toque teológico, que acusa mi amigo, un mensaje unisex: dar gloria a Dios con garbo, con la bella y discreta elegancia en el vestir.-

De su columna Del Guaire al Turbio, en El Impulso

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