Sin árbitro
Un juego cuyas reglas conocemos, sin un árbitro en el terreno, es un juego peligroso. Pero más peligroso ha sido el juego con reglas conocidas pero irrespetadas

Elías Farache:
Estos días tenemos muchos acontecimientos que no hubiéramos imaginado hace muy poco. Conflictos de distinta magnitud, algunos demasiado fuertes y peligrosos. Conflictos armados, conflictos económicos. Un mundo lleno de batallas y guerras militares, económicas, diplomáticas y de todo tipo. Una selva llena de tecnología, información en tiempo real y mucha confusión. El sentido común parece haberse reducido a una mínima expresión.
La humanidad pareciera sufrir una involución en lo referente a educación y relaciones entre naciones. Los parlamentos de muchos países del mundo, que debieran ser centros de leyes y buenos modales, son escenario de agrios debates donde se impone la voz más elevada, la descalificación más desastrosa sobre el oponente de turno. Esto sucede en países de tradición democrática y que se consideran de un primer mundo.
La falta de orden y disciplina en los países se traduce también en una incompetencia declarada y evidente de los organismos internacionales. Estos no han podido ejercer su autoridad porque no la tienen, tampoco cuentan con los medios para ello. Es el triste caso de la Organización de las Naciones Unidas, incapaz, por ejemplo, de resolver el conflicto entre palestinos e israelíes, y las situaciones derivadas del mismo en cualquiera de sus múltiples variantes. Es también lo que ocurre con la Cruz Roja Internacional, por citar un ejemplo, en el caso de los secuestrados en Gaza por más de dos años y la incompetencia en el ejercicio de sus funciones.
El 7 de octubre de 2023 significó un trauma para Israel y todos quienes se confiaron en la eventual superioridad de defensa del pequeño país. Además de ser sorprendido de manera brutal, todos descubrimos que no había institucionalidad en el mundo que pudiese sancionar el secuestro y evitar la guerra que se sucedería. Tampoco hubo institucionalidad que pudiese reducir el tiempo de la guerra que se sucedió, para sufrimiento de todos los involucrados. Fue la acción de Israel la que forzó la liberación de los rehenes, unos vivos y otros muertos. Al final, gracias a la intervención del Donald Trump y su exigencia no negociable de liberación de rehenes amparada por la fuerza de su poderosa nación a su entera disposición, se logró poner fin a la etapa más sangrienta de este conflicto, uno que aún no ha terminado. Pero que pareciera desarrollarse bajo la tutela de un actor de características imperiales e imperialistas, no bajo los lineamientos de lo que otrora fuera una comunidad internacional debidamente organizada.
Desde el 7 de octubre de 20243 hasta hoy, muchas situaciones han cambiado. Los Estados Unidos de América, bajo la égida de Donald Trump, se han convertido en los referentes de las políticas de buena parte del mundo. El vacío dejado por las Naciones Unidas en su ineficiencia forzada de no poder resolver conflictos y evitar males mayores, ha sido llenado en cómodas y rápidas cuotas. El imperio, virtual y real, ante los vacíos que incomodan a muchos y especialmente a él mismo, actúa de modo propio. Ante el desorden y la anarquía, se necesita un orden sustitutivo.
A mediados de enero del 2026, nos encontramos con un Medio Oriente reconfigurado y en reconfiguración. El drama de un Irán rebelde ante Occidente y con una seria situación a lo interno, no se puede resolver gracias a la institucionalidad internacional y se enfrenta a la presión necesaria de los Estados Unidos de América. ¿Quiénes dictan las reglas de ética y convivencia en este mundo de nuestros días? Seguro no son los tigres de papel representados en organismos e instituciones desbordadas, manipuladas y mal utilizadas.
Las personas de buena fe confían en el criterio de quienes, detentando el poder y la autoridad, han de actuar de acuerdo con los principios básicos de ética, justicia, equidad. Es una apuesta arriesgada y también obligada por las circunstancias. Pero estamos en un juego donde los contrincantes se lanzan al terreno de juego sin árbitro alguno, confiando en que el más poderoso tenga la entereza necesaria para cumplir con la una justicia negada.
Un juego cuyas reglas conocemos, sin un árbitro en el terreno, es un juego peligroso. Pero más peligroso ha sido el juego con reglas conocidas pero irrespetadas.
Que Di-s ilumine a quien se erige de árbitro. Sea su inteligencia la que guíe su fuerza y no al revés.-
Elias Farache S.
18 de enero de 2026




