Opinión

¿La desvergüenza o sin vergüenza?

Estaríamos frente a “falsos escenarios”, que pretenden representar una realidad que no existe

Gloria Cuenca:

No sé cómo designar lo que veo diariamente, en la acción de los personeros de la llamada “transición” en Venezuela. He comentado, bastante, creo yo, la actitud de tranquilidad absoluta, cuando los personeros del régimen se ven descubiertos en las mentiras, farsas y demás maneras de decir embustes. La peor, para mí, la que se observa en la farsa que representan ante los funcionarios de los Estados Unidos. (Aviso, esa conducta produce cáncer: resentimientos y rencores, no asumidos; sí lo sabré yo) Un descaro que llega a lo inimaginable. Espero, con ansias, que psiquiatras y psicólogos expliquen como calificar o, llamar esta actuación. No creo que llamarlo cinismo, sea suficiente, tampoco lo adecuado. Lo peor, no confiamos en nada de lo que dicen, solo falsedades.  Me pregunto, con inquietud: ¿será que los norteamericanos se dan cuenta de lo que pasa y, no se creen los cuentos del “interinato”? O, ¿su pasión por el petróleo, los minerales, los billetes, al fin y al cabo, los ciega? Pregunta con repuesta, confusa, por ahora.

Fui profesora de teoría de la comunicación, es una ciencia que amo, con la misma pasión que el periodismo. Me resulta imposible ver los “hechos comunicacionales” con indiferencia. De inmediato, al ver el proceso, me doy cuenta que hay evidente, incomunicación. Cuando se pretende comunicar a través de “dudosas expresiones del yo”, no hay posibilidades de auténtica comunicación. (Castilla del Pino, dixit) ¿Por qué digo, que hay “dudosas expresiones del yo”? los del interinato, de la noche a la mañana dejaron de ser “robolucionarios”, sí como no.  Tampoco hay relación, mucho menos democracia. (Condicionantes para la existencia de la comunicación) ¡Qué le echen ese cuento a otra persona! ¿Qué queda, entonces? Aparentemente, transmisión de información. ¿Será? Analicemos:  sí se trata de información, “dato reductor de incertidumbre”, tampoco se está informando. Todo resulta cada vez más complicado; hay, además, desinformación con sus consecuencias. Corremos, en estos difíciles momentos, el riesgo de estar en medio de la incomunicación y la desinformación; eso hace bastante complicado el análisis. Existe otra posibilidad: entender la información, en su sentido primario, informare, “dar forma”, que conduce a una organización para “dar orden”. Es decir, sería un mandato (¡?)

Sin entrar en otras interpretaciones, estaríamos frente a “falsos escenarios”, que pretenden representar una realidad que no existe. Hay que atender con cuidado a esto. Es un verdadero reto o desafío para los periodistas-comunicadores que pretenden llevar la información noticiosa, oportuna, veraz e imparcial a los interesadísimos ciudadanos por saber lo que, ocurre en verdad. Tarea compleja, por lo que agradezco infinitamente a esos colegas que, desde el exterior, nos informan y presentan muchos ángulos, en la búsqueda de la información noticiosa, oportuna, veraz e imparcial; me refiero por supuesto a Casto Ocando, Idania Chirinos, Sebastiana Barráez, Carla Angola, Ibeyise Pacheco, David Placer, Miguel Ángel Rodríguez y Norbey Marín, entre los más acuciosos, constantes y creíbles.

Vuelvo a la cuestión de la desvergüenza, motivo de esta reflexión. Nosotros los periodistas, tenemos el mandato ético-jurídico de decir la verdad. Cuando se dicen informaciones noticiosas falsas, tenemos el deber de rectificar, implica decir: se trata de una mentira. No es fácil. A veces un periodista expresa una cuestión falsa por ejemplo, sé lo dijo una fuente, con mala intención. Es duro rectificar. Tengo esa desagradable experiencia. Me pasó en mi tránsito como reportera. Tuve que rectificar, no fue sencillo, menos agradable. Lo hice por la seriedad, la honestidad, la verdad, la credibilidad de la Ética en la que se basa nuestra profesión. Nada de cara de felicidad, mucho menos alegría por haber sido sorprendida en mi buena fe. Al recordar esos hechos, me sorprendo. Me asombra ver la cara que ponen, cuando se les dicen: eso es mentira. Se desdicen, sin el menor titubeo y sin pena de ningún tipo.

Al decir mentiras, no de ese calibre y ser descubierta, de niña, me ponía roja, lo que no es fácil en mí; lloraba con vergüenza y pedía perdón, Se me castigaba y en oportunidades, me obligaban a escribir en una plana, de más de 500 veces: “No debo decir mentiras”. Me hizo efecto, seguro. No me gustan las mentiras y pretendo siempre actuar con la verdad. Resulta muchas veces fuerte y difícil. Sin embargo, ¿hay algo fácil en la vida? Pocas cosas son fáciles, la mayoría requieren de esfuerzo, honestidad, dedicación, inteligencia, decisión, trabajo y pare de contar.

No me agrada el papel de juez, por eso no fui abogada, para no enfrentarlos, aun cuando fuera en un juicio, menos el rol del sacerdote, obviamente, y mucho menos el de policía, para andar indagando sobre los crímenes, robos y demás delitos. Todos tienen mi admiración y respeto, pero yo: locutora, periodista, comunicóloga, libre de pensamiento, a pesar de los pesares, sueño con otra Venezuela donde nos represente una mujer honesta, coherente, inteligente, católica, preparada y siempre dispuesta a decir la verdad. No queremos más mentiras, menos mentirosas al frente del país. Con los dos embusteros presos, y los que faltan bastará.

La  peor y más grande mentira: los queremos de vuelta. ¡Va de retro satanás! ¡Dios! Ampáranos y protégenos.-

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba