Lecturas recomendadas

Respetar a las personas

Hay que evitar una actitud soberbia e intransigente, que no admite la libertad de los demás: Este deber se extiende a los que no piensan ni actúan como nosotros

Rafael María de Balbín:

 

El Catecismo de la Iglesia Católica incluye en su contenido los rasgos principales de la doctrina social de la Iglesia, señalando el amplio alcance de la responsabilidad moral.

Así todos debemos promover la justicia social:  <<La sociedad asegura la justicia social cuando realiza las condiciones que permiten a las asociaciones y a cada uno conseguir lo que les es debido según su naturaleza y su vocación. La justicia social está ligada al bien común y al ejercicio de la autoridad>> (n. 1928).

Condición básica de la convivencia humana es el respeto a las personas, a todas y a cada una:  <<La justicia social sólo puede ser conseguida en el respeto de la dignidad transcendente del hombre. La persona representa el fin último de la sociedad, que le está ordenada.  La defensa y la promoción de la dignidad humana nos han sido confiadas por el Creador, y de las que son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia>> (n. 1929).

Respetar a las personas implica respetar sus derechos: <<El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda autoridad: menospreciándolos o negándose a reconocerlos en su legislación positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral. Sin este respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus súbditos. Corresponde a la Iglesia recordar estos derechos a los hombres de buena voluntad y distinguirlos de reivindicaciones abusivas o falsas>> (n. 1930).

Para ello hay que ponerse en el lugar de la otra persona: <<El respeto a la persona humana pasa por el respeto del principio: que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como ‘otro yo’, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente. Ninguna legislación podría por sí misma hacer desaparecer los temores, los prejuicios, las actitudes de soberbia y de egoísmo que obstaculizan el establecimiento de sociedades verdaderamente fraternas. Estos comportamientos sólo cesan con la caridad que ve en cada hombre un «prójimo», un hermano>> (n. 1931).

El deber de ayudar a otras personas se hace más acuciante ante los más pequeños y necesitados: <<El deber de hacerse prójimo de otro y de servirle activamente se hace más acuciante todavía cuando éste está más necesitado en cualquier sector de la vida humana. «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40) >> (n. 1932).

Hay que evitar una actitud soberbia e intransigente, que no admite la libertad de los demás: <<Este deber se extiende a los que no piensan ni actúan como nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (cf Mt 5,43-44). La liberación en el espíritu del evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo>> (n. 1933).

Igual es la dignidad de todas las personas, en cuanto hombres y en cuanto hijos de Dios: << Creados a imagen del Dios único, dotados de una misma alma racional, todos los hombres poseen una misma naturaleza y un mismo origen. Rescatados por el sacrificio de Cristo, todos son llamados a participar en la misma bienaventuranza divina: todos gozan por tanto de una misma dignidad>> (n. 1934).

A la igualdad se oponen las discriminaciones: <<La igualdad entre los hombres se deriva esencialmente de su dignidad personal y de los derechos que dimanan de ella:  Hay que superar y eliminar, como contraria al plan de Dios, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión>> (n. 1935).

Todas las personas son limitadas y necesitan de los demás: <<Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo de su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales, a las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, a la distribución de las riquezas. Los «talentos» no están distribuidos por igual (cf Mt 25,14-30; Lc 19,11-27)>> (n. 1936).

Las diferencias deben ser un estímulo para ayudarse recíprocamente, supliendo las deficiencias de los demás: <<Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de «talentos» particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten. Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a enriquecerse unas a otras>> (n. 1937).

Santa Catalina de Siena expone así el plan de Dios: «Yo no doy todas las virtudes por igual a cada uno…hay muchos a los que distribuyo de tal manera, esto a uno aquello a otro…A uno la caridad, a otro la justicia, a éste la humildad, a aquél una fe viva…En cuanto a los bienes temporales las cosas necesarias para la vida humana las he distribuido con la mayor desigualdad, y no he querido que cada uno posea todo lo que le era necesario para que los hombres tengan así ocasión, por necesidad, de practicar la caridad unos con otros…He querido que unos necesitasen de otros y que fuesen mis servidores para la distribución de las gracias y de las liberalidades que han recibido de mí» (Dial. 1,7).

Pero hay desequilibrios enormes, producto del egoísmo y de la avaricia: <<Existen también desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el evangelio:      La igual dignidad de las personas exige que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros o los pueblos de una única familia humana resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y también a la paz social e internacional>> (n. 1938)).-

(rbalbin19@gmail.com)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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