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Klaus Schwab: Las élites tecnológicas y la silenciosa revolución del poder

La democracia ya no se ve como un requisito previo para el progreso, sino un obstáculo. La diversidad ya no es una fortaleza, sino fricción. El consenso ya no es legitimidad, sino retraso. Este es el momento en que el dinamismo tecnológico se convierte en ideología

Ya no estamos presenciando una fase normal de desarrollo tecnológico. Estamos presenciando un cambio de poder: sutil, pero profundo. Lejos de la política y las instituciones, cerca de quienes controlan la innovación. Esta nueva élite rara vez articula abiertamente su doctrina. Sin embargo, su lógica es inconfundible. Pensadores y emprendedores como Peter Thiel lo expresan con claridad: el mundo está impulsado por la innovación. Quienes controlan la innovación controlan el futuro. Y quienes controlan el futuro no pueden permitirse ser ralentizados por los procesos engorrosos y contradictorios de la democracia.

Ya no es una visión marginal. Se está convirtiendo en la nueva ortodoxia.

Los hechos parecen respaldarlo. Estamos en medio de una revolución tecnológica exponencial. La inteligencia artificial, la biotecnología y las plataformas digitales están remodelando economías y sociedades más rápido de lo que los sistemas políticos pueden responder. La innovación ya no es lineal. Es explosiva. Y en esta dinámica, la democracia empieza a parecer lenta. Demasiadas voces. Demasiadas objeciones. Demasiado retraso.

Aquí es donde comienza el verdadero cambio. La democracia ya no se ve como un requisito previo para el progreso, sino un obstáculo. La diversidad ya no es una fortaleza, sino fricción. El consenso ya no es legitimidad, sino retraso. Este es el momento en que el dinamismo tecnológico se convierte en ideología.

He dedicado mi vida a la idea del capitalismo de los grupos de interés (stakeholder capitalism, en inglés): la convicción de que el éxito económico y la responsabilidad social son inseparables. Hoy, este modelo está bajo presión porque va en contra de la lógica de las élites tecnológicas. Mientras que el capitalismo de los grupos de interés se basa en la creación de valor a largo plazo, la confianza y la legitimidad, el capitalismo de la élite tecnológica sitúa la innovación, la velocidad y la escala en el centro. La cuestión decisiva ya no es qué es socialmente sostenible, sino qué es posible y cómo de rápido se puede implementar.

De este modo, el capitalismo de la élite tecnológica está superando cada vez más al capitalismo tradicional de los accionistas. Ya no se trata principalmente de rentabilidades para los proveedores de capital, sino del control sobre tecnologías, plataformas y mercados futuros. El capital sigue a la innovación, no al revés. El poder pasa de los dueños del capital a los arquitectos de los sistemas tecnológicos.

Y, sin embargo, aquí es donde radica el punto ciego. El progreso sin legitimidad no es progreso. Es riesgo. La innovación que se desprende de la sociedad tarde o temprano provocará resistencia. Y en un mundo interconectado, la resistencia puede propagarse tan rápidamente como la innovación misma.

Las élites tecnológicas responden a esto de una manera notable. Cuanto más radicalmente buscan transformar el futuro, más recurren a la estabilidad del pasado. La tradición, el orden y los valores conservadores están experimentando un resurgimiento silencioso. Puede parecer paradójico, pero es lógico. Quienes desatan la disrupción necesitan estabilidad. Quienes maximizan la velocidad necesitan orientación. No obstante, aquí también hay una tensión. La tradición puede estabilizar, o puede legitimar la concentración de poder. Puede proporcionar dirección o convertirse en un instrumento ideológico.

The fourth industrial revolution: what does WEF's Klaus Schwab leave out?

¿Y qué pasa con el Estado? Está bajo una presión como nunca antes. Si sigue siendo lento, se vuelve irrelevante. Si se convierte en un instrumento de intereses tecnológicos, pierde su credibilidad. Su única opción es una redefinición radical: favorable a la innovación, adaptable y más rápido. Un Estado en la Era Inteligente ya no puede permitirse reaccionar cuando es demasiado tarde. Debe moldear los desarrollos a medida que surjan. Debe habilitar sin ser capturado.

Porque el poder tecnológico hoy, ya no se ejerce principalmente a través de la propiedad o del capital, sino a través de dependencias sistémicas, a través de plataformas, ecosistemas de datos e infraestructuras digitales de las que dependen economías enteras. Precisamente por esta razón, es tarea del Estado evitar tales dependencias siempre que sea posible. No para frenar la innovación, sino para garantizar la autonomía estratégica, la competencia y la capacidad de acción social.

Si esto falla, corremos el riesgo de un orden que parece eficiente, pero es inherentemente inestable: el poder concentrado en manos de unos pocos, sin un anclaje social suficiente.

Al final, la cuestión decisiva no es quién innova más rápido, sino quién tiene la capacidad de integrar la innovación dentro de un orden viable y legítimo. Quién está dispuesto a reconocer la realidad: que el capitalismo de las élites tecnológicas y la fuerza moldeadora de los desarrollos tecnológicos se han convertido en las fuerzas definitorias de nuestro tiempo.

No podemos negarlas. Debemos tomarlas en serio.

Pero tomarlas en serio no significa someterse a ellas. Significa moldearlas. Darles dirección. Integrarlas en un orden respaldado por la sociedad. Porque la verdadera cuestión no es económica. Es civilizacional.

Si no logramos encontrar este equilibrio, corremos el riesgo de la erosión gradual de lo que mantiene unidas a nuestras sociedades: la democracia y la dignidad humana.

Si lo logramos, la revolución exponencial de la tecnología puede convertirse en lo que debería ser, el progreso: anclado, legitimado y al servicio de la sociedad.-

El País, España

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