¿NICEA?
El 1700 aniversario de la celebración del primer concilio ecuménico reviste una gran actualidad que no podemos dejar pasar. Nicea es el primer acto “libre” del naciente cristianismo

Cardenal Baltazar Porras Cardozo:
Tengo la impresión que en la catequesis y/o formación cristiana que recibimos durante siglos la palabra y el acontecimiento “Nicea” ni se mencionaba. A lo más nos invitaban a rezar el credo niceno-constantinopolitano que nos resultaba un tanto farragoso con expresiones difíciles de entender, por lo que se fue haciendo más común que rezáramos el credo corto con el que nos prepararon a la primera comunión.
El 1700 aniversario de la celebración del primer concilio ecuménico reviste una gran actualidad que no podemos dejar pasar. No se trata de un recordatorio más, pues estamos ante los cimientos de una fe que se ha ido construyendo con fatiga pero con la gracia del Espíritu que nos lleva por donde debemos ir y no por donde nos empujan nuestras emociones e intereses.
Nicea es el primer acto “libre” del naciente cristianismo. Siglos de persecuciones y martirios, de vida semioculta en las catacumbas o en sitios apartados para poder confesar que no había otro emperador que Jesucristo. Seguramente sin muchas elucubraciones, pero con la convicción de que ese mensaje encerraba algo más que una doctrina o ideología que competía con el panteón de dioses del Olimpo.
En el 313, los emperadores Constantino y Licinio concedieron la tolerancia religiosa en el imperio romano con el famoso decreto conocido como el “edicto de Milán”. Se permitió salir a la luz pública y poder reunirse y celebrar los misterios del cristianismo a campo abierto sin poner en peligro la vida a merced del poder o de los fanáticos de cualquier religión. Parece algo fácil, pero no fue así. No se aprende a vivir en libertad de la noche a la mañana. Surgieron nuevos interrogantes. Uno de ellos, porque surgieron muchos otros, el doctrinal. Habíamos vivido sin mayores precisiones en la fe en Jesús de Nazaret. Pero ante las exigencias de la cultura filosófica reinante, la helenista, había que preguntarse quién es ese Jesús, un superhombre como tantos otros, un dios que se esconde en una especie de máscara para parecer más cercano a los humanos…
Confesar sin más que Jesús era Dios y hombre a la vez necesitaba una explicación al alcance de la ciencia para que la fe fuera obsequio razonable y no simple asentimiento por obediencia a un mandato superior. Surgieron diversas corrientes, Arrio y el arrianismo, Nestorio y el nestorianismo, los de Alejandría y los de Constantinopla o Antioquía daban diversas explicaciones y no se ponían de acuerdo. Las diferencias incidían en la vida diaria y en la unidad del imperio que al declararse cristiano buscaba amalgamar la diversidad de culturas en el inmenso imperio. No resulta cómodo hoy, entender ese “contubernio” entre el poder civil y el eclesiástico. Somos hijos hoy de la división de poderes y la autonomía de temporal y lo religioso por lo que requiere discernir la historia para entender que cada uno somos hijos del tiempo que nos toca vivir. Sacar lecciones del pasado para acrecentar el presente y futuro de nuestra generación es una lectura beneficiosa y necesaria.
La carta apostólica del Papa León XIV, “in unitate fidei” en el 1700 aniversario del Concilio de Nicea se me antoja que es una catequesis sencilla para entender su pertinencia hoy. Lo primero, “en el 325 (Nicea) proclamó la profesión de fe en Jesucristo, Hijo de Dios. Este es el corazón de la fe cristiana. Aún hoy, en la celebración eucarística dominical pronunciamos el Símbolo Niceno-constantinopolitano, profesión de fe que une a todos los cristianos. Ella nos da esperanza en los tiempos difíciles que vivimos, en medio de muchas preocupaciones y temores, amenazas de guerra y violencia, desastres naturales, graves injusticias y desequilibrios, hambre y miseria sufrida por millones de hermanos y hermanas nuestros”.
En segundo lugar, tal como señalamos anteriormente los tiempos del Concilio de Nicea no eran menos turbulentos. “Mientras la controversia se intensificaba, el emperador Constantino se dio cuenta de que, junto con la unidad de la Iglesia, también estaba amenazada la unidad del Imperio. Convocó entonces a todos los obispos a un concilio ecuménico, es decir, universal, en Nicea, para restablecer la unidad. El sínodo, llamado de los “318 Padres”, se desarrolló bajo la presidencia del emperador: el número de obispos reunidos era sin precedentes. Algunos de ellos llevaban aún las marcas de las torturas sufridas durante la persecución. La gran mayoría provenía de Oriente, mientras que, al parecer, sólo cinco eran occidentales”.
En tercer lugar, “Los Padres del Concilio expresaron la fe en el Dios uno y único. En el Concilio no hubo controversia al respecto. Se debatió, en cambio, un segundo artículo, que utiliza también el lenguaje de la Biblia para profesar la fe en «un solo Señor Jesucristo Hijo de Dios». El Concilio estaba llamado, por tanto, a definir el significado correcto de la fe en Jesús como “el Hijo de Dios”. Los Padres confesaron que Jesús es el Hijo de Dios en cuanto es « de la misma sustancia (ousia) del Padre […] generado, no creado, de la misma sustancia (homooúsios) del Padre». el Concilio empleó estos términos para afirmar con claridad la fe bíblica. Quisieron reafirmar que el único y verdadero Dios no es inalcanzablemente lejano a nosotros, sino que, por el contrario, se ha hecho cercano y ha salido a nuestro encuentro en Jesucristo”.
Finalmente, “El Credo de Nicea no formula una teoría filosófica. Profesa la fe en el Dios que nos ha redimido por medio de Jesucristo. Se trata del Dios viviente: Él quiere que tengamos vida y que la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10). Por eso el Credo continúa con las palabras de la profesión bautismal: el Hijo de Dios “que por nosotros lo hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y se encarnó y se hizo hombre; murió y resucitó al tercer día, y subió al cielo, y vendrá para juzgar a vivos y muertos”. Esto deja claro que las afirmaciones cristológicas de fe del Concilio están insertas en la historia de salvación entre Dios y sus criaturas”.
La preocupacion por lo social no es un añadido a la fe cristiana. Es, por el contrario, inherente a esa fe: “Es precisamente en virtud de su encarnación que encontramos al Señor en nuestros hermanos y hermanas necesitados: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40). El Credo niceno no nos habla, por tanto, de un Dios lejano, inalcanzable, inmóvil, que descansa en sí mismo, sino de un Dios que está cerca de nosotros, que nos acompaña en nuestro camino por las sendas del mundo y en los lugares más oscuros de la tierra”.
De moodo que Nicea no es algo del pasado sino la mejor herencia para vivir en la actualidad la centralidad del mensaje cristiano. “Ha sido largo y lineal el camino que ha llevado desde la Sagrada Escritura a la profesión de fe de Nicea, después a su recepción por parte de Constantinopla y Calcedonia, y de nuevo hasta el siglo XVI y nuestro siglo XXI. Todos nosotros, como discípulos de Jesucristo, «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» somos bautizados, nos hacemos la señal de la cruz y somos bendecidos. Concluimos la oración de los salmos en la Liturgia de las Horas con «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo». La liturgia y la vida cristiana están, por tanto, firmemente ancladas en el Credo de Nicea y Constantinopla: lo que decimos con la boca debe venir del corazón, de modo que sea testimoniado en la vida. Debemos preguntarnos, por tanto: ¿qué ha sido de la recepción interior del Credo hoy? ¿Sentimos que concierne también a nuestra situación actual? ¿Comprendemos y vivimos lo que decimos cada domingo, y lo que eso significa para nuestra vida?”
“El Credo de Nicea nos invita entonces a un examen de conciencia. ¿Qué significa Dios para mí y cómo doy testimonio de la fe en Él? ¿Es el único y solo Dios realmente el Señor de la vida, o hay ídolos más importantes que Dios y sus mandamientos? ¿Es Dios para mí el Dios viviente, cercano en toda situación, el Padre al que me dirijo con confianza filial? ¿Es el Creador a quien debo todo lo que soy y lo que tengo, cuyas huellas puedo encontrar en cada criatura? ¿Estoy dispuesto a compartir los bienes de la tierra, que pertenecen a todos, de manera justa y equitativa? ¿Cómo trato la creación, que es obra de sus manos? ¿La uso con reverencia y gratitud, o la exploto, la destruyo, en lugar de custodiarla y cultivarla como casa común de la humanidad?”
Por último, “el Concilio de Nicea es actual por su altísimo valor ecuménico. A este propósito, la consecución de la unidad de todos los cristianos fue uno de los objetivos principales del último Concilio Vaticano II. De este modo, en un mundo dividido y desgarrado por muchos conflictos, la única Comunidad cristiana universal puede ser signo de paz e instrumento de reconciliación, contribuyendo de modo decisivo a un compromiso mundial por la paz”.
Si somos como cristianos protagonistas de la esperanza, no dejemos pasar esta oportunidad para conocer y vivir mejor nuestra fe cristiana. Compartirlo con otros hermanos, ahondar en el desarrollo de una fe que no está anquilosada e inamovible. El dogma no es una camisa de fuerza sino una roca segura sobre la que hay que dar razón a las angustias del tiempo presente. Hagamos de Nicea un pilar que afiance más y mejor la condición sanadora de la fe cristiana.-
29-11-25




