Salvador Montes de Oca: el obispo del martirio
El 6 de septiembre fue fusilado por las SS en Monte Magno Italia, no por ser venezolano o un ex obispo, sino por vivir radicalmente el Evangelio y la caridad que lo llevó a proteger al prójimo y la fortaleza de espíritu que le impidió doblegarse

Ángel Montiel:
Monseñor Salvador Montes de Oca no fue solo un obispo, sino una figura monumental que personificó la valentía cristiana frente a la tiranía y la pureza espiritual ante el sacrificio. Su vida marcada por el fanatismo, la confrontación política y la devoción mística, culminó con el martirio en manos de las waffenSS nazis, consolidando un legado de amor incondicional por la iglesia y por los más pobres.
Es el héroe silenciado en Venezuela, cuyo destino final lo ligó a la historia de la Segunda Guerra Mundial.
Nacido en Caracas y segundo obispo de la Diócesis de Valencia, Montes de Oca asumió el cargo en 1927 en plena vigencia de la brutal dictadura militar de Juan Vicente Gómez. Su amor por la iglesia no se limitó a los ritos, sino que se manifestó en la defensa abierta de la justicia social y los derechos humanos, convirtiendo el palacio episcopal en refugio para los perseguidos y oprimidos.
El hecho que marcó su destino fue su enfrentamiento directo e innegociable con el régimen totalitario de Gómez. El sacerdote y pastor se negó rotundamente a ceder las presiones del dictador, y su defensa de la verdad y la moral cristiana ante un poder corrupto se hizo insostenible para el gobierno.
El clímax ocurrió en 1929, en medio de una terrible crisis política, Monseñor Montes de Oca se convirtió en una voz que molestaba al poder. La respuesta de la dictadura fue brutal, lo expulsaron violentamente de Venezuela acusado de “traición a la patria”.
Este hecho histórico no fue un retiro, sino una condena. Exiliado en Trinidad y Curazao, el obispo demostró su profunda fidelidad a la iglesia al continuar dirigiendo su Diócesis desde el destierro. Su deportación fue la prueba de que su amor por la iglesia era más fuerte que el amor terrenal, al negarse a retractarse o comprometer sus principios.
La vocación de Monseñor Montes de Oca era profunda y exigente. Después de un breve retorno a Venezuela y enfrentando presiones continuas, hasta de algunos sectores religiosos, decidió dar un giro radical, mostrando un amor supremo hacia la vocación contemplativa.
En 1938, renuncia a su cargo episcopal para ingresar a la rigurosa Orden de los Cartujos en Italia. Dejó el solio y los honores de obispo para tomar el humilde hábito Cartujo.
Esto no fue una huida, sino el cumplimiento de una vocación más profunda y una manifestación de su gran amor por la iglesia y el sacerdocio, al buscar la perfección y la intercesión a través de la dura vida de clausura.
El legado espiritual de monseñor se basa en una profunda piedad y sus más grandes consuelos la Eucaristía, como centro de su vida, el sacerdocio al que sirvió con pasión y su profundo amor por Jesucristo y por la Santísima Virgen María.
Pero la historia de su vida le tenía reservada el mayor sacrificio. Durante la Segunda Guerra Mundial, en el convento de clausura que servía de refugio de caridad cristiana en la Cartuja dellaFarnata, en Italia los monjes cartujos bajo la dirección de su superior y la colaboración de Montes de Oca ocultaban judíos y perseguidos políticos, salvándolos de la persecución nazi. Este fue su último acto de fidelidad a la Doctrina Social de la Iglesia (DSI): la caridad sin fronteras ni distinciones.
Al ser descubiertos, las tropas nazis irrumpieron en la Cartuja. Montes de Oca y otros monjes fueron capturados. Salvador Montes de Oca se mantuvo firme, negándose a traicionar a los refugiados o a colaborar con la barbarie.
El 6 de septiembre fue fusilado por las SS en Monte Magno Italia, no por ser venezolano o un ex obispo, sino por vivir radicalmente el Evangelio y la caridad que lo llevó a proteger al prójimo y la fortaleza de espíritu que le impidió doblegarse.
Su martirio es una de las páginas más luminosas del amor a Dios y a la humanidad en la historia contemporánea de la iglesia.
Hoy, Monseñor Salvador Montes de Oca ostenta el título de Siervo de Dios. Su legado es un desafío y nos recuerda que el verdadero amor a la iglesia exige valentía para enfrentar la injusticia y humildad para vivir la caridad hasta el sacrificio de la cruz.
Es Montes de Oca la luz permanente que espera ser reconocido en los altares, uniendo la historia de su sufrida Venezuela, el drama de la guerra y la gloria, un mártir hasta la cruz.-




