Lecturas recomendadas

El cristianismo y la cultura Woke en el mundo moderno

El libro "Woke, cristianismo y sentido común" de Daniel Arasa llega en un momento especialmente oportuno, cuando el debate cultural se ha tensado hasta extremos donde, con frecuencia, se confunden las ideas con las personas

Comenzando con una premisa clara del libro: hoy más que nunca es urgente recuperar el sentido común. Y eso pasa, en primer lugar, por algo tan básico como olvidado: combatir ideas sin atacar a las personas. Sin insultar, sin herir y, desde luego, sin incitar al odio.

La discrepancia entre la visión cristiana y otras cosmovisiones no es superficial; atraviesa todos los ámbitos de la vida. Por eso, reducir la fe al ámbito privado no es una opción inocente: es desactivarla.

Un refugio íntimo y seguro

orando - familia

El cristianismo no es un refugio íntimo, sino una propuesta de vida que aspira a transformar la sociedad desde el adentro, desde cada alma.

En esa tarea, la familia ocupa un lugar central. No está llamada a ser espectadora ni a replegarse, sino a generar cultura, a influir, a construir. No basta con resistir: es necesario proponer.

Frente a esta visión, fenómenos como el transhumanismo pretenden superar las limitaciones humanas mediante la tecnología, sustituyendo el papel de Dios en la creación y en la salvación, debilitando así las raíces cristianas.

La cultura Woke

Por otro lado, la llamada cultura woke introduce con frecuencia una visión marcada por el relativismo moral, la mentalidad utilitarista y el hedonismo, junto a una cierta pérdida de esperanza. Se desplaza el foco de la persona al colectivo y, en ocasiones, se presentan como derechos lo que en realidad son deseos.

En el fondo, estamos ante concepciones antropológicas incompatibles. Para el cristianismo, el bien y el mal se comprenden a la luz de la ley natural,  la Revelación, y la salvación es un don de la gracia. En cambio, en la lógica woke, el bien y el mal se relativizan y la redención se identifica con la transformación social.

No se trata de una batalla superficial. Es exigente y, en gran medida, interior: una lucha contra uno mismo. De ahí la necesidad de formarse, porque nadie puede dar lo que no tiene. La coherencia personal se convierte así en el primer testimonio: un cristiano sigue hablando incluso cuando calla.

La caridad como puente

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Sin embargo, lo propio del cristiano no es levantar trincheras, sino tender puentes. Sin caridad, el coraje degenera en temeridad. La caridad es la forma más alta de todas las virtudes.

Y, precisamente por eso, resulta decisivo identificar los puntos de encuentro. A pesar de las diferencias, existen espacios comunes desde los que dialogar: la preocupación por los marginados, la crítica a las estructuras injustas, el reconocimiento del sufrimiento histórico, el énfasis en la compasión, la llamada al cambio y el deseo de un mundo más justo.

Ahí es donde se juega el verdadero diálogo. No en el ruido ni en la descalificación, sino en la capacidad de reconocer al otro como alguien digno de ser escuchado. Porque no es el enfrentamiento lo que transforma, sino la relación personal.-

Mar Dorrio – publicado el 06/05/26-Aleteia.org

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