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Simón Bolívar, con el corazón en la mano

Horacio Biord Castillo:

En Venezuela la celebración del natalicio de Simón Bolívar, el 24 de julio, siempre ha constituido una importante efeméride que ha movilizado al país en homenaje al Libertador. Bolívar, como no es necesario insistir, se ha convertido, al menos desde la repatriación de sus restos mortales en 1842 en el más importante y persistente símbolo nacionalista de Venezuela. En razón de ese carácter no debería sorprender el intenso uso propagandístico, devenido en abuso y claro irrespeto, que se ha hecho de Bolívar desde 1999 en adelante, durante la “república bolivariana”, que también podemos calificar de régimen o gobierno “bolivarianos”. Ello empezó antes, al menos desde 1982 con el llamado Juramento del Samán de Güere hecho por algunos militares que interpretaron la historia del país desde una óptica de nacionalismo castrense liberador. Esa nueva aproximación a la figura histórica de Bolívar, al devenir de Venezuela y a personajes destacados desde ese punto de vista (como Simón Rodríguez, Ezequiel Zamora y Maisanta, entre otros) alimentó, sobre todo de manera emotiva más que propiamente racional, los desarrollos ideológicos que dieron origen a los movimientos y partidos políticos que terminarían fundando.[1]

A la vieja usanza de la historia política venezolana con respecto al uso de Bolívar, aunque con extremos nunca vistos quizá por el fuerte y sostenido componente militar y militarista, se ha producido una «popularización» del culto a Bolívar. Ese concepto debe entenderse en sentido técnico y no coloquial: no se trata de divulgarlo o acercarlo a sectores “populares” o desposeídos, sino de generalizar un culto con fines legitimadores de un proyecto político. Ese manejo propagandístico ha generado, en consecuencia, respuestas diversas. En algunos sectores ha reforzado la identificación con Bolívar, pero no por la admiración a su figura histórica como pudiera interpretarse de forma simplista y apresurada sino como una forma de adhesión política que el culto arropa e incluso justifica, de manera consciente o no. En otros sectores, por el contrario, ha causado una reacción adversa. Así he podido recoger frases contradictorias como “antes no conocíamos nuestra historia ni a Bolívar” o “a mí nunca me ha gustado Bolívar”.

Ambas manifestaciones no son verdaderamente espontáneas o autónomas en sí mismas, sino más bien actitudes ideologizadas en uno u otro caso. El sentido contrapuesto de tales actitudes responde a un complejo de ideas que se mueven en un espectro cuyos extremos son, por un lado, la justificación del régimen chavista, calificado de bolivariano, o su negación, por el otro. De allí las actitudes pro o antibolivarianas tan apasionadas, por ideologizadas y carentes de verdadero sustento en la sindéresis. Más allá de ese Bolívar empleado como propaganda y marca ideológica (el Bolívar del socialismo del siglo XXI, si se quiere), el Libertador y su culto aún esperan una nueva valoración a partir de aportes como los de Germán Carrera Damas, Arturo Uslar Pietri, Elías Pino Iturrieta y Luis Castro Leyva.

Es importante insistir, mientras tanto, en otro Bolívar, en ese Bolívar que como proponía Mario Briceño-Iragorry es un pensador antes que un héroe de epopeya, un intelectual con pensamiento susceptible de ser analizado y no un vago y vacuo ídolo de multitudes. Como pensador no está exento de contradicciones, de profundas contradicciones, no solo humanas sino también históricas y contextuales, producto de las circunstancias en las que le tocó vivir y desarrollar su obra. Por ello, se debe resaltar su condición de hombre de acción, que meditaba, pensaba y proyectaba.

No todas las ideas o propuestas de Bolívar fueron adecuadas para su finalidad contemporánea ni serían aplicables en la actualidad, ni todos sus análisis resultaron acertados dadas las cambiantes circunstancias del proceso de emancipación como tampoco lo fueron todas sus decisiones y estrategias. Es la lógica del hombre de acción, cuya virtud en Bolívar era precisamente su constante reflexión. Esta ponderación de sus aportes contrasta con la visión estática y la mitificación a la que ha sido sometido durante casi dos siglos de historia republicana, en especial con la intensa propaganda de las últimas dos décadas.

Como suele pasar con los grandes pensadores, es absolutamente relevante volver sobre sus ideas, revisarlas y analizarlas de nuevo. El Bolívar símbolo debe seguir transmitiendo mensajes de unidad de todos los venezolanos; sobre ello, desde mi visión antropológica, digo que se debe enfatizar la diversidad sociocultural del país, el entendimiento de los pueblos y grupos sociales que conforman a Venezuela. Subrayar el plural de “pueblos” y “grupos” resulta imprescindible para evocar esa frase lírica de Bolívar de que Venezuela era el ídolo de su corazón. Venezuela, empero, es plural y diversa y, en razón de ello, sometida a distintas condiciones sin una verdadera justicia social basada en una justa distribución de las riquezas.

Esas inequidades han causado no solo injusticias y desequilibrios inaceptables, sino situaciones para el advenimiento de proyectos políticos y gobiernos populistas. Es necesario, pues, enhebrar un proyecto histórico de país partiendo de adecuados diagnósticos que permitan precisar las condiciones objetivas del país y evaluar, con un criterio no sesgado por ideologías competitivas, el éxito y los fracasos de las políticas de los últimos años, por ejemplo, con la intención de construir un país más inclusivo.

Entre las ideas fundamentales de Bolívar, me gustaría destacar tres por su gran actualidad:

1.- La importancia de la conformación de unidades o subbloques regionales, como Bolívar soñó con la República de Colombia:

2.- La absoluta relevancia de construir un gran bloque regional latinoamericano, como también Bolívar propició con la convocatoria del Congreso Anfictiónico de Panamá;

3.- La pertinencia de un Poder Moral absolutamente independiente que pueda velar por el adecuado funcionamiento de los poderes públicos y constituirse en un verdadero contrapeso para los otros poderes. Para ello no debe estar nunca subordinado a los intereses de un proyecto político, de un partido o de un líder por más mesiánico o carismático que sea, como lamentablemente ha sucedido en Venezuela desde la concreción del Poder Moral en la Constitución de 1999.

Bolívar debe ser deslastrado de las connotaciones ideologizadas y manipuladas del gran símbolo que representa el Libertador, lo que se ha hecho con la finalidad de imponer un modelo político. Como todo proyecto humano, el régimen imperante en la Venezuela actual, y esto es necesario reconocerlo, ha tenido aciertos y errores, aunque parecería que el balance resulta desfavorable. No obstante, la última palabra la tendrá el juicio histórico del mañana.

Recordar a Bolívar, a un Bolívar sin mitificar ni subordinarlo a presupuestos ideológicos, no constituye, pues, ni un acto vacío ni un gesto de sumisión, sino todo lo contrario. Queda pendiente la reevaluación de un personaje que históricamente pertenece a todos los venezolanos, a todos los colombianos, ecuatorianos, panameños, peruanos y bolivianos y a toda América Latina. No en balde Bolívar ha sido objeto de varios intentos de apropiación simbólica, como ha ocurrido en Capaya (estado Miranda) y en San Mateo (estado Aragua), poblaciones donde sus mayores tuvieron haciendas y quizá hijos ilegítimos con las implicaciones de asimetría socioeconómica que ello conlleva, y asimismo en otros lugares donde se pretende su nacimiento. Estas versiones improbables, sin fundamentos históricos pero con poderosas razones simbólicas, contrastan con la del nacimiento en Caracas, en la casa de la familia.

Una lectura del significado profundo de esas apropiaciones muestra que se necesita un Bolívar “del pueblo” y “para el pueblo”, ambos aspectos como categorías inclusivas y no excluyentes, espontáneas o elaboradas y reelaboradas como procesos de apropiación y reapropiación sin imposiciones ni distorsiones. Esa imagen social de Bolívar debe reflejar y representar la sumatoria de todos los pueblos, naciones y grupos sociales que conforman el país, valga reiterar un país multinacional, pluriétnico, multicultural, multilingüe y en todo plural.

Bolívar, visto casi dos siglos y medio después, apunta a significados quizá poco imaginados en el culto decimonónico y de gran parte del siglo XX. Preparémonos desde ahora, con la necesaria antelación, para celebrar en 2033 los 250 años de su natalicio. Digámosle a Bolívar “feliz cumpleaños” condenando toda forma de opresión y permitiendo que la libertad y la justicia aniden en toda la República. Más que su espada, necesitamos su pluma y su intelecto, su sensibilidad, intuiciones, propuestas y raciocinios.

Horacio Biord Castillo

Escritor, investigador y profesor universitario

Contacto y comentarios: hbiordrcl@gmail.com


[1]  El Movimiento Bolivariano Revolucionario-200 (MBR-200) antecedente del Movimiento V República (transformadas y ajustadas fonéticamente las siglas del MBR-200 por no poder utilizarse el nombre de Bolívar en un partido) y luego del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).

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