Testimonios

Una historia para recordar

Alicia Álamo Bartolomé:

El 25 de junio de 1944, se ordenaron los tres primeros sacerdotes de la Prelatura del Opus Dei. San Josemaría Escrivá se había visto enfrentado a la dificultad de encontrar buenos pastores para la atención espiritual de sus hijos, él no podía hacerlo personalmente a  todos una vez que la Obra fue extendiéndose; encontró algunos, pero no todos entendían y mucho menos podían enseñar la espiritualidad del Opus Dei. Que los sacerdotes salieran de los mimos miembros de la Obra, laicos ya viviendo ese espíritu a plenitud y sintieran, además, esta vocación específica, fue la solución inspirada por Dios. Así nació la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a la cual están afiliados todos los sacerdotes del Opus Dei. Los tres primeros ordenados fueron Álvaro del Portillo, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz. El primero estuvo siempre al lado del Padre, como su mano derecha, bebió en la propia fuente el espíritu de la Obra y fue el primer sucesor del Fundador.

Don Álvaro estuvo dos veces en Venezuela, en 1974 y 1975, cuando vino acompañando a san Josemaría. Los vimos siempre callado y atento en las tertulias del Padre en Altoclaro, en la urbanización Club de Campo, estado Miranda, donde se desarrollaron éstas. En 1983, ya siendo el Prelado del Opus Dei, estuvo en Bogotá, hacia allá volamos unos cuantos venezolanos para asistir a sus tertulias. Fue el año del famoso “viernes negro”, el dólar estaba a Bs 10, a Colombia había llegado el pánico por la devaluación del bolívar, lo que nos proporcionó alguna que otra dificultad con el cambio de los traveler´s cheques. Fue un viaje agradable y enriquecedor. El último que hice al extranjero. Desde entonces estoy clavada en el territorio patrio.

A Hernández Garnica, cuando era Vicario del Opus Dei en Francia, lo conocí en París y alguna vez me confesé con él. José Luis Múzquiz fue destinado a los Estados Unidos, hubiera podido conocerlo en Nueva York porque un día estuve en la casa de las mujeres de la Obra y por una pared no pude: predicaba una meditación en el oratorio, nadie me invitó a pasar.

Hago este recuento, no sólo por el reciente aniversario de esa ordenación, sino porque siempre he encontrado una sugestiva casualidad o una obra de la providencia, que se haya sucedido en una fecha víspera de la que sería después la de la muerte de san Josemaría y día de su fiesta: 26 de junio. Lo veo como una entrega del testigo y fue así, a los 46 años de aquel día, en los hombros de Álvaro del Portillo recaería la responsabilidad de seguir adelante con la Obra de Josemaría Escrivá. Cuentan que después de la ceremonia, a la cual no asistió el santo por no quitar protagonismo a los ordenados o porque no iba a poder contener la emoción, cuando se encontró con Álvaro y quiso besarle las manos al recién ordenado, éste no se dejaba, quería besar él la de Padre, hubo un pequeño forcejeo pero al fin triunfó san Josemaría y, asida las dos manos de don Álvaro, las besó en las palmas. Hoy, también el esquivo está destinado a los altares: es el Beato Álvaro de Portillo.

Es bonito e inspirador recordar en estos días esta historia de santidad y fidelidad en un mundo que se debate por todo lo contrario. Estamos viviendo uno de los períodos más oscuros de la historia, los valores espirituales y humanos se han dado a la fuga. En todas partes reina la injusticia, la falta de solidaridad, el odio, el abuso contra los más débiles y sobre todo, un ataque incesante, despiadado, a los fundamentos de la moral, la sana convivencia, la familia y el amor como fuerte vínculo de la humanidad. Nos hemos olvidado de nuestra filiación divina.

Pero no todo está perdido. Nunca debemos bajar la cabeza y aceptar el mal como irremediable. Dios ha puesto en nuestras manos todos las herramientas y capacidades para salir adelante, siempre y en el momento oportuno. No debe aplastarnos el sombrío panorama del planeta azotado por tantas calamidades. Por el contrario, que nos sirva de punto de partida para que cada uno de nosotros comience a levantar conciencias con la palabra, la acción o el gesto oportunos. Ser fieles a la verdad con quien tenemos al lado. Sembrar palabras de aliento en los oídos e inquietud en los corazones. Uno a uno, poco a poco. De pequeñas unidades se hace un montón. Si no, pregúntenle a Jesús de Nazaret, los pescadores  que lo seguían, Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Teresa de Calcuta o Josemaría Escrivá. Sólo se trata de injertar gotas de amor en las almas y se volverán torrente por la gracia de Dios. Un derroche de amor es lo que hace falta al mundo. Bien decía san Juan de a Cruz: y ahí donde no hay amor, ponga amor, y sacará amor… (Carta la Madre María de la Encarnación, carmelita descalza, en Segovia).-

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba