Trabajos especiales

Golpe de Estado al cine venezolano

Sergio Monsalve. Director Editorial de Globomiami

Con el estreno de la serie “Caminos de Libertad” se ha concretado un golpe de estado contra la institucionalidad cinematográfica del país.

Uno más en una lista de asonadas y atentados que comenzaron con la creación de la Villa del Cine, para restar poder al CNAC y proceder a su desmantelamiento previo, a fin de convertirlo en un ente como el actual: inútil, servicial al régimen y en guerra con los cineastas independientes.

Por tanto, a la serie habría que cambiarle el título, rebautizándola con el nombre más apropiado de “Caminos de Esclavitud”.

Caminos de Libertad: golpe de estado al cine venezolano
Qué logos más feos!

Paradójicamente, la producción la comanda el director de la abolicionista “Azú”, uno de sus filmes marxistas a las órdenes del sistema de medios oficialistas.

Detrás de semejante manipulación histórica, hoy se esconde algo peor, que es la temida tercera reforma de la ley de Cine, bajo el comando sectario de Carlos Azpurúa, Liliane Blaser, Jorge Solé y Vladimir Sosa, parásitos de la burocracia endógena, cuyo plan se cuece a fuego lento y a espaldas de la comunidad audiovisual de Venezuela, proponiendo toda suerte de ideas “revolucionarias”, trasnochadas y de “cabeza caliente”, de tira piedras de la UCV.

Han aprovechado el clima de desmovilización y desorientación de la pandemia, para impulsar su proyecto de concentración, centralización radical y hasta de expropiación de antiguos espacios autónomos e industriales.

Se valen solo de su influencia sobre un grupo de Ministros y diputados, a quienes soplan la oreja con sus tramas de extremistas cubanos.

Después develaremos por completo su estrategia y su objetivo.

En cualquier caso, cocinan un atentando “gramsciano, que han ido gestando como secreto a voces, buscando la venia de los resentidos del PSUV.

No les interesa contar con la aprobación de la mayoría. Con que les guste a Mario Silva y a Ernesto Villegas, les basta y les sobra.   

Caminos de Libertad: golpe de estado al cine venezolano
El Ministro de Cultura en plan de Goebbels.

Por consiguiente, la normalización de “Caminos de Libertad” conlleva un peligro evidente, sonando las alarmas del sector.

Desde su estreno, he perdido la cuenta de las conversaciones, correos y mensajes directos que he recibido de los miembros de la plataforma, tanto de un lado como del otro.

Al margen de las diferencias políticas, la industria coincide en que el presupuesto de “Caminos de Libertad” se comió el fondo y el pote que antes permitía la concepción de, al menos, unas diez o quince películas de la última etapa del boom del milenio.

Aparte de ello, preocupa la infantilización pedagógica de los contenidos, siguiendo la línea fallida del “Zamora” de Román Chalbaud, de la accidentada “Maisanta” y del trazo grueso de Lamata en “Bolívar, el hombre de las dificultades”.   

Unos efectos escolares de amateur y raspado en clase de infografía, introducen una primera sección de créditos, con próceres retóricamente angelizados a través de una pobre imitación de la técnica publicitaria del ralenti, en un vano intento por remedar los prólogos y las despedidas de la franquicia “Avengers”.

Caminos de Libertad: golpe de estado al cine venezolano
El caballito rampante de Power Point, mirando hacia la izquierda por decreto presidencial.

El resultado es risible, como de una Marvel paródica y africanizada, tipo los esperpentos del Conde del Guacharo, que al menos “paga la cosa con sus reales” y nos retribuye con placer culposo.

Un cine que en Uganda se hace con tres pesos y “crowdfunding”, desde el fondo de un gueto que nos estimula con su desparpajo poscolonial.

Por el contrario, “Caminos de libertad” nos causa una verdadera pena ajena, como si no hubiésemos aprendido nada en 20 años, como si Luis Alberto filmara con el piloto automático que complace a Nicolás, en vez de rodar con la sutileza de “Jericó” o “Desnudo con Naranjas”.

Uno como espectador y cinéfilo es bien ingenuo, como el hincha de la vinotinto que espera un milagro final que redima el fiasco o la derrota de un partido perdido, desde el camerino.

Yo estaba esperando que Luis Alberto me abofeteara con una de sus lecciones de cine, en modo “Taita Boves”, que saca de la manga para decir: “aquí estoy, muchachos, aquí está el cine y yo lo reencarno para derrotar a la nomenclatura que pretende adoctrinar en lugar de mostrar, de narrar, de exponer las complejidades del arte”.

Lamento decir que nos quedamos con los crespos hechos, como los fanáticos que ven la debacle de la selección de Peseiro en cámara lenta, tras una burbuja Covid del terror.

De hecho, “Caminos de Libertad” se fraguó en un infierno, entre unos anillos concéntricos del abuso y el despilfarro que escapan de la lógica de la redacción. Será cuestión que un investigador acopie y reseñe su memorial de agravios, para que no se repita en el futuro.

No es mi interés cansarlos con anécdotas dantescas y detalles escabrosos que suenan en los chats de “guasap”.

Suficiente con la imagen como documento de estudio.

Caminos de Libertad: golpe de estado al cine venezolano

En la serie hay un gasto excesivo e innecesario en:

Vestuario confeccionado para la ocasión.

Alquiler de animales que sufren las condiciones infrahumanas del llano.

Contratación indiscriminada de extras sin mascarilla y distanciamiento social, al calor de un país sin plan de vacunación.

Fiesta de repique de los tambores, con gente intercambiando fluidos, en modo “coronarumba”.

Echen cálculo en alimentación para la tropa.

En una escena gratuita, los protagonistas comen alrededor de una mesa ambientada por el diseño de arte.

El banquete inconscientemente difunde las desigualdades congénitas de la casta militar, como justificando que los generales “almuercen aparte” y se atiborren de vino, pues así logran inspirarse y vislumbrar los mapas que marcan la ofensiva ante “la planta insolente del extranjero”.

Bolívar subraya una cavilación, un momento de soledad reflexiva en la multitud de la soldadesca enfebrecida, para encontrar “la luz” y bajar la línea.

El Simón de Lamata no requiere de “una oreja” o un asesor “enano”, como en GOT, tampoco de un mensaje providencial de la naturaleza.

Al Bolívar de “Caminos de Libertad” le basta con iluminarse por la gracia divina, levantar la mirada y armar un tablero de “Risk” o de “Battleship” o de “Call of Duty” con platos, cubiertos, cambures y restos de un lechón que huele a carne en vara.

Entonces Bolívar es como un “foodie” de la patria, uno de esos de Tik Tok que agarran la comida con la mano para ofrecer explicaciones demagógicas, con verborrea de Pran.

Todavía no escucho al Bolívar de Lamata hablar sosegadamente.

En el primer capítulo, la cumbre anticinematográfica y anticlimática se la lleva la arenga cuartelera de minutos que se consumen como una cadena, como una transmisión de mando, como un acto protocolar de ascenso en Fuerte Tiuna.

El discurso del protagonista es largo y tedioso, un punto de honor para los que detestan al arte y los que imponen el corsé ideológico, el sello Maduro en la producción.

No es un momento Lamata, es una concesión con la estructura de “Aló Presidente” y “Con el Mazo Dando”.

Si iban a lanzar un sermón de la colina, voz en cuello, preferible mandarlo por correo, vía comunicado de prensa.

Los chicos inmediatamente apagan el televisor y optan por consumir sus datos, viendo bailecitos de Tik Tok, que son más audiovisuales y creativos que “Caminos de Libertad”. 

Hagan la prueba. Ustedes le dan el uno por ciento del presupuesto de la serie, a cualquier Tiktoker criollo y hace algo más original, divertido, viral e influyente.

Nótese que la serie careció de impacto en el mundo real de Twitter y las redes sociales, donde la ignoraron olímpicamente.

Apenas si trascendieron unos memes y unos hilos de target “boomer”.

En consecuencia, hay una obvia desconexión.

Como el asunto pinta de “capricho” oneroso, mejor ahorrar el dinero en formatos adecuados para la austeridad de la pandemia, como el podcast o un fotolibro.

Se pierde un inmenso potencial de comunicación, obligando a los chamos a sintonizar un canal que no les interesa, a inscribirse en una página para ver los capítulos de la serie.

Los consumidores se sienten a gusto en Instagram, Tik Tok, Twitter, Youtube, Wasp y Facebook.

Deben reconectarlos desde ahí, engancharlos con propuestas atractivas, mejor si son breves.

Por eso la serie parte de un hándicap, de una mentalidad anticuada y paternalista que imagina dar el “golpe”, haciendo una serie incluyente y progre, como las de Netflix, con “gente bonita” y de casting.

De ahí que hayan sentado a Roque en el banquillo.   

El izquierdismo Disney se mide en la rutina de contar la subtrama de “Capote”, una supuesta chica que dispara como un “Sniper” de Clint Eastwood, ocultando sus partes nobles bajo una faja y un look no binario.

La mirada “cosificadora” anula la pretensión de reivindicar a la mujer.

La concesión con el mercado se salda con una escena incómoda de desnudo, que sexualiza a la joven, delante de un grupo de varones morbosos y babosos.

Uno de ellos grita, cual uniformado matón en alcabala, luego manda y apunta en la frente a la caricatura de un cura conservador, satanizando a la curia con los argumentos del manifiesto comunista.

La cadena de mando y el estricto orden jerárquico de la casta militar, engloban la visión cuartelera del libreto, complaciente con los “Soles” de las fuerzas armadas.

El guion aniquila los matices, cancelando y borrando los atributos de la colonia española.

La serie recicla los esquemas de una película bélica de antaño, carente de matices.

Actualmente se estila brindar dimensiones a cada bando en conflicto, según lo recordado en “Cartas de Iwo Jima” y “Banderas de Nuestros Padres”.

Incluso “Juego de Tronos” profundiza más en los relatos de los villanos que en los héroes como Jon Snow, menos interesantes en su devenir como personajes.

Las series nacieron para responderle a Hollywood y al mainstream, con sus acartonamientos y entretenimientos familiares de una sola pieza edulcorada.

“Caminos de Libertad” traiciona el concepto, retomando la vía extinguida de la telenovela cultural, pero sin la ironía y la desmitificación de un José Ignacio Cabrujas.

De repente, la torpeza de un montaje soviético de choque, da paso a un flash back de “Negro Primero”, cuando de “kid” robaba alimento y le caían a latigazos.

La Lopna no aplica para ellos, y así magnifican mediáticamente el abuso infantil, aunque se pretenda lo contrario.

Aquí se recomienda trabajar con las abstracciones y los fuera de campo, con el patrimonio del cine. Pero Lamata olvidó las elipsis, a la hora de hacer pornografía de la miseria ajena.

Hay un soldado que llora lágrimas de cocodrilo, porque peleará con sus hermanos. Qué drama!

Enumerar los despropósitos nos ataría a un ejercicio infinito de “caza el pelón”.

En vez de estancarnos en la cultura de la queja, propongo que nos encontremos por Zoom, que hagamos una reunión virtual, para detener la tercera reforma de la Ley de Cine y evitar los golpes cinematográficos que vendrán a continuación, avalados por CNAC y la Villa del Cine.

Con “Caminos de Libertad” nos declararon la guerra.

Conviene organizarse, tomar cartas en el asunto y activar una contingencia a la altura del compromiso.  

De lo contrario, prepárense para otra década perdida en series megalómanas y boliburguesas como “Caminos de Libertad”, ni más no menos que el CLAP del cine.

El único Bodegón que quieren regentar el combo de Carlos, Luis Alberto, Jorge, Vladimir y Liliane.

Sergio Monsalve. Director Editorial de Globomiami.

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