Testimonios

Shostakóvich: el compositor que se enfrentó a Hitler y fue perseguido por Stalin

A pesar de convertirse en uno de los héroes más importantes de la historia de la URSS, tras estrenar su séptima sinfonía en Leningrado durante el famoso cerco nazi de la Segunda Guerra Mundial, no le libró de la represión soviética.

El domingo 9 de agosto de 1942, en uno de los peores momentos del sitio de Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial, se produjo el que para muchos es el momento más emocionante de la historia de la música: el estreno de la Séptima Sinfonía de Dmitri Shostakóvich en la Gran Sala de la Filarmónica, en aquella maltrecha ciudad que le daba nombre a la obra y que se erigió en el mayor desafío a los nazis.

Artículo de 1981 sobre la huida de la URSS del hijo y el nieto de Shostakóvich
Artículo de 1981 sobre la huida de la URSS del hijo y el nieto de Shostakóvich – ARCHIVO ABC

El compositor ruso se convirtió en uno de los grandes héroes de la URSS, sin imaginarse que, poco después, caería en desgracia como uno de sus peores enemigos. Una sombra que persiguió a sus descendientes, tal y como confirmaba ABC el 15 de abril de 1981: «El apellido Shostakóvich ha dejado de ser, definitivamente, grato en la Unión Soviética. Las memorias del abuelo Dimitri todavía provocan sarpullidos en el Kremlin. Su hijo, Máximo, y su nieto, Dimitri, acaban de pedir asilo político en la Alemania federal. La Sinfónica de Moscú ha regresado a la URSS viuda de su director y de su solista. Se cumple el sino de la saga familiar, que ha pasado de ser ‘héroe del socialismo’ a ‘enemigo del pueblo’, esta vez para siempre».

El viejo Shostakóvich con el que empezó la brillante saga de músicos empezó a componer la famosa sinfonía a mediados de julio de 1941, en Leningrado, un mes después de que se iniciara la invasión de la URSS por parte de Hitler, conocida como la ‘Operación Barbarroja‘. Y cuando los alemanes llegaron a las puertas de la ciudad, el Gobierno evacuó al compositor y su familia. Stalin y su Gobierno no querían poner en peligro a uno de los mayores representantes de la cultura comunista, lo que provocó que la obra tuviera que ensayarse con otro director y con una orquesta improvisada de músicos famélicos sacados del frente, que apenas tenían fuerzas para soplar una nota como consecuencia del cerco.

«Desaparecer de la faz de la Tierra»

Los tanques alemanes habían llegado a la ciudad el 8 de septiembre de 1941, rodeándola por completo para que no hubiera forma de salir de ella. Ya lo había advertido Hitler pocas semanas antes: «Ese venenoso nido que durante tanto tiempo ha vertido su ponzoña sobre el Báltico debe desaparecer de la faz de la Tierra». Y apunto estuvo de conseguirlo, porque consiguió acabar con la vida de la mitad de su población en los 872 días que duró el sitio, si tenemos en cuenta que antes de que comenzara este, vivían en ella tres millones de habitantes.

Voluntarios de la División Azul en Leningrado
Voluntarios de la División Azul en Leningrado – ARCHIVO ABC

En los tres primeros habían fallecido ya 250.000 personas de hipotermia y desnutrición, con menos de una rebanada de pan adulterado al día y con temperaturas de -40 °. Las cañerías se congelaron, el agua potable se acabó y se cortó el suministro eléctrico y la calefacción, mientras la artillería y los bombardeos aéreos se encargaban, al mismo tiempo, de masacrar a cuantos leningradeses pudieran. Los supervivientes cayeron en la más absoluta desesperación. El historiador Georgi Knyazev llegó a confesar que aquellos días instaló en el techo de su casa un gancho con una soga: «¿Qué sentido tenía seguir viviendo? La forma más sencilla de terminar con todo era ahorcarse. No era un final bonito, pero sí fiable».

Parecía imposible que aquellos músicos literalmente muertos de hambre y enfermos pudieran sacar fuerzas de flaqueza para aprenderse las 252 páginas que componían la partitura de Shostakóvich. Menos aún, para interpretarla, pues la obra duraba una hora y veinte minutos, sin un solo descanso, y requería a 105 músicos a pleno rendimiento. Algo impensable en aquellos momentos en los que estos se alimentaban de 125 gramos de pan diario, amasado con harina, celulosa, alpiste y serrín. «Cuando llegué con mi oboe al primer ensayo, me caí redonda de la impresión. De una orquesta de cien personas solo quedábamos quince y no les reconocía, eran esqueletos», contaba Ksenia Matus.

Reportaje sobre la dura vida de los artistas en la URSS, publicado en diciembre de 1981
Reportaje sobre la dura vida de los artistas en la URSS, publicado en diciembre de 1981 – ARCHIVO ABC

«Eran esqueletos»

El día del concierto amaneció frío y la artillería nazi empezó a disparar sobre Leningrado a las 9 de la mañana, como siempre, pero aquel día era diferente, porque toda la ciudad lo esperaba como un destello en medio de la oscuridad. Para mantener a raya el fuego alemán durante la actuación, los soviéticos lanzaron una feroz contraofensiva, pues sabían que los rusos eran conscientes del impacto que aquella música podría tener en el resto del mundo.

Voluntarios de la División Azul en Leningrado
Voluntarios de la División Azul en Leningrado – ARCHIVO ABC

«A nuestra lucha contra el fascismo, a la ciudad donde nací», escribió Shostakóvich en el programa de mano sin saber que, poco después, sería reprimido por el régimen al que defendía. Pero fue finalmente tan impresionante que hasta el técnico de sonido de la radio sentía que aquel momento fue histórico: «Nunca he vuelto a experimentar la misma impresión incomparable que me dejó el concierto del 9 de agosto de 1942, interpretado por personas famélicas que eran mis compañeros de trabajo. Los mismos con los que había montado guardia durante los anteriores ataques de la artillería nazi y de los bombardeos que engullían nuestra querida ciudad».

Después de aquello, sin embargo, el Comité Central del Partido Comunista arremetió contra Shostakóvich y le puso en su lista negra por componer una Novena Sinfonía alegre y familiar en contra de los deseos de Stalin, que quería una música a la medida de Beethoven. El impacto de sus logros con la Séptima Sinfonía ya no parecían importar nada. «En ese período estuve al borde del suicidio. El peligro me aterrorizaba», reconocía el compositor en sus memorias. Más tarde se plegó a los deseos del régimen y fue rehabilitado, pero en 1962 volvió a caer en desgracia por, esta vez, escribir una nueva sinfonía, la número 13, ‘Babi Yar’, que se refería a las matanzas de judíos en Kiev en la Segunda Guerra Mundial.

El compositor volvía a ser aplastado, pero dos décadas después, su hijo y su nieto no quisieron exponerse al mismo destino y abandonaron la URSS durante una gira con la Sinfónica de Moscú por Alemania Federal. Habían pasado solo seis años de la muerte del gran Shostakóvich.-

Israel Viana/ ABC de España

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