Testimonios

Alfredo Armas Alfonzo: cantor y cronista del Unare

Horacio Biord Castillo :

Homenaje en su centenario

Para Edda Armas

Hoy, 6 de agosto, se celebra el centenario del nacimiento de Alfredo Armas Alfonzo, fallecido en Caracas el 9 de noviembre de 1990, a los 69 años. Había nacido el 6 de agosto de 1921 en Clarines (estado Anzoátegui), a orillas del caudaloso Unare, un río llanero que a contracorriente, en vez de desembocar en el Orinoco, crea su propia cuenca y vacía sus aguas en el azul Caribe. Así, también a contracorriente, caudalosa y llena de recuerdos y vivencias como alimentan biodiversidad el río y sus vertederos, resulta la obra del autor clarinés.

Mi primer acercamiento a la singular obra de Alfredo Armas Alfonzo fue gracias a ese extraordinario libro que es El osario de Dios[1]. Como joven lector, me sorprendió el formato de microrrelatos o relatos breves que, en conjunto, constituían un gran relato, acaso una novela regional con cientos de microhistorias y relatos paralelos, entrelazados por los referentes geográficos y socioculturales y también por la visión poética y retórica del autor. Este, desdoblado en el narrador, enuncia, sugiere y deja que el lector encaje las piezas, en apariencia inconexas o desconectadas, y arme la gran historia que cuenta el libro en su completitud. Luego leí otros textos de Armas Alfonzo. Uno de ellos, incluido en la serie de Cuadernos Lagovén, sobre Clarines y sus gentes[2], enfatizando el plural, me conmovió no solo por sus aciertos literarios e históricos, sino también por la utilización de la iconografía que alumbra y complementa el discurso.

Un segundo acercamiento lo constituyó la lectura de varios de sus textos con el objeto de identificar e integrar evidencias literarias que me ayudaran a reconstruir y contextualizar la historia reciente del Oriente de Venezuela y, en especial, de los indígenas kari’ñas. Necesitaba reconstruir el impacto que sobre ellos y otras poblaciones locales, incluidos los cumanagotos del Unare, tuvo el petróleo. Requería precisar ese momento en el que la explotación petrolera anunciaba riquezas inimaginables, nuevas y sorprendentes tecnologías y satisfacciones vertiginosas a cambio del entonces inadvertido deterioro ambiental, la destrucción de modos de vida y costumbres y la transformación de lo que el Oriente venezolano y sus habitantes habían sido hasta ese momento. Recuerdo la evocación de un personaje que miraba pasar los camiones sobre las aún escasas «carreteras negras» o asfaltadas. Su mirada combinaba sorpresa y desconcierto, y quizá envolvía el deseo de seguirlo hasta los imaginados territorios del progreso, tal como sucedía quizá en Ortiz, otro pueblo llanero, del llano guariqueño, repleto ya de Casas muertas, cuando pasaban camiones y autobuses con un destino incierto y quizá imaginario que luego Miguel Otero Silva recrearía en Oficina número 1.

Mi tercer acercamiento a la obra de Armas Alfonzo lo hice tras varios años de trabajo de campo en sus propios comederos del Unare, visitando comunidades del pueblo indígena cumanagoto. Allí he ido recogiendo datos y testimonios de historia y tradiciones orales y he apoyado a docentes y promotores culturales empeñados en recuperar sus recursos culturales, entre ellos la lengua. Ese proceso de reconstrucción de su identidad reviste no solo un gran interés etnográfico e histórico sino también un valor simbólico muy grande: gente invisibilizada que asume el protagonismo social y se visibiliza, a la vez que une fragmentos de su historia y de su cultura para no dejarlos morir. La obra de Alfredo Armas Alfonzo aporta una gran riqueza e importancia para ello por los datos que ofrece, por la manera como los conecta o relaciona, por el valor atribuido a lo sencillo, a lo particular, a lo local. Estas dimensiones adquieren en sus narraciones un valor universal.

Volver a la obra de Alfredo Armas Alfonzo tras vivir el Unare permite sentir la fuerza de su propia voz, de las voces que recrea en sus libros, las voces de las poblaciones locales, sus recuerdos y vivencias, el hilo nada frágil que sostiene la continuidad de su identidad. De los labios de muchas personas en diversas comunidades recogí, por ejemplo, noticias y testimonios orales sobre el padre Manuel Estanga Ledezma, nativo de El Chaparro, capital del municipio Mac Gregor, en las inmediaciones del Guárico, más cerca de Zaraza, la Atenas del Llano, que de Barcelona. Vino al mundo a finales del siglo XIX y murió, siendo párroco allí, en Clarines el 13 de junio de 1949, festividad de san Antonio de Padua. Era un hombre muy popular que recorría campechano y sencillo los campos y nada humano le era ajeno. Alfredo Armas Alfonzo lo recuerda, en El osario de Dios, de esta forma “Manuel Estanga Ledezma era ancho como un borongo y todo cuanto en él se contenía era de la naturaleza de la bretónica y de las rosas, y él se cuidaba de no saberlo cuando arremangándose la sotana, se iba a la laguna de La Escondía con una escopeta a cazar cochinos cimarrones que engordaba[n] la bora, el Platanillo y la libertad. Su ministerio se inspiraba en la filosofía de que no había que temerle a la fortuna” (Nº 5). ¡Ah, padre Estanga, cuántas historias aún corren de boca en boca y cuántos testimonios de simpatía en esos caminos que su mirada rehízo tantas veces!!!

Las historias tragicómicas y los giros lúdicos de la lengua, en un intento de recrear la variedad diatópica del español del Unare y el Oriente de Venezuela en sus usos coloquiales, enriquecen el tratamiento literario: “A Francisca Quintero Bocaetubo, la muy hijaeperra de Cariaco, Bombilloeburdel le cambió el armador padentro. [/] La Bocaetubo, que no hace sino añorar a su golfo, se tiraba desde el chinchorro con toda su rabia para recibir el golpe en el vientre, y así escapó de la fatalidad, creía ella”. (Nº 8). Se trata de una historia escabrosa, presentada de manera amable.

Del mismo estilo de la anterior es una historia un tanto jocosa y tremendamente humana sobre un caso de travestismo: “Mantenía y satisfacía queridas en más de siete sitios de los de su recorrido de arriero a veces hasta más allá de Panaquire y se anotaba tantas pendencias como años se le acumularon. [/] Se enfermó de la cabeza en Guanape y a la fuerza, entre los que se prestaron y los que obligó el policía lo encalabozaron. Ahí se postró. En hamaca lo cargaron hasta Clarines. Ahí empezó a morirse y así y todo se negaba a que lo desvistieran. [/] Lo desvistieron a pesar de que se opuso con toda la fuerza que le quedaba. No era hombre. Con las paraparas del conejo y un viril de res se había confeccionado las artes de que se creyó capaz. Trinidad Portillo, que asistió al descubrimiento de la mujer, estuvo conmigo un día de los difuntos, buscando el lugar de la tumba del Viejo Lucas en el cementerio de arriba. Aquello era un guaritotal” (Nº 20). La referencia a las festividades del Día de los Fieles Difuntos es un fiel retrato de las costumbres de origen indígena de honra y recuerdo a los parientes fallecidos. La historia del Viejo Lucas recuerda, entre otras, la de la Monja Alférez, Catalina de Eraúso.

Alfredo Armas Alfonzo, como apunta Milagros Mata Gil en varios estudios sobre el gran escritor, puede catalogarse como un narrador-cronista. Su obra transparente y desvela incluso un fotógrafo, que también lo fue, de fino ojo para documentar vivencias mínimas que, sin embargo, al unirse y compactarse, crean la gran historia, el extraordinario mosaico del Unare y sus alrededores. Todo ello viene a ser una extraordinaria metáfora y emblema tal vez de la Venezuela interiorana, de la Venezuela profunda e inadvertida, de comarcas solo formalmente ficticias que florecen en la pluma de tantos escritores latinoamericanos, pero palpitan en los rincones todos de nuestros países hermanos.

[1] Armas Alfonzo, Alfredo. 1993. El osario de Dios y otros textos. Caracas: Biblioteca Ayacucho (Nº 201). Selección de José Ramón Medina y Domingo Miliani. Prólogo de Domingo Miliani. Cronología y bibliografía de Horacio Jorge Becco.

[2] Armas Alfonzo, Alfredo. 1981. Un pueblo hechos de recuerdos. Clarines bien lejos. Caracas: Cuadernos Lagoven.

Horacio Biord Castillo

Escritor, investigador y profesor universitario

Contacto y comentarios. hbiordrcl@gmail.com

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