Lecturas recomendadas

El inquietante culto criollo al odio

  Egildo Luján Nava:

Si hoy alguna de esas empresas que se ocupan de indagar sobre el pensamiento y comportamiento ciudadano, en cuanto a si es necesario alcanzar una salida a la situación por la que atraviesa Venezuela, seguramente, se encontrarán con el nada extraño resultado de que ese es el sentimiento coincidente de la mayoría. De los que viven aquí y de los que, dolorosamente, deambulan por el resto del mundo. 

Y ese, desde luego, sería el efecto de una realidad sembrada a lo largo de casi cinco lustros, por quienes se ocuparon de abonar el hecho, creyendo que había terreno para todo: hacer valer las supuestas bondades de una presunta revolución. Y, a partir de la transformación en la que concluiría semejante supuesto avance, entonces, el país ya no sería nunca más la “cosa esa” del “rancio capitalismo alimentado por los pitiyanquis” de la casa, como de los que, desde el alma del Imperio, ya no podrían pretender seguir “influyendo en esta vaina”. 

Ahora, cuando se llega a esa presunta posibilidad, de que aquí no hay Gobierno, sino “un régimen oprobioso y malandro”, y que “hay que sacarlo de manera que sea”, ¿por qué y cómo es que aquellos que consideran necesario construir y promover entendimientos no logran sembrar en el país la voluntad del respaldo?.  

¿A qué se debe que la impresión -aun con la difusión de una diaria multiplicación de sugerencias y de recomendaciones sobre acercamiento y conversaciones- es la de que en el país, realmente, no hay sincera voluntad política de salir del sitio donde Venezuela se ha metido, y que son demasiados los interesados en lograr que aquí se materialice el llamado “sueño de los paredones?”. 

Hay quienes dan como un hecho que en el país hay una pasión cuasi desenfrenada por la gloria democrática, que se sueña casi irracionalmente por las ansias de vivir bajo las pautas de un Gobierno democrático. Pero, además, que sí es posible demostrarle al mundo que todo lo sufrido a partir del “error de sembrar el mensaje de Chávez” y el emblema histórico de los uniformes de quienes se creen herederos de un hecho con el que se duchan algunos, pero que no entiende la mayoría, ha sido un error lamentable. 

Sin embargo, dicho canto de sirenas, día a día, peligrosamente, se mantiene en un ámbito de permanente oxidación, no ofrece demostraciones de autenticidad, sinceridad, transparencia. Y mientras la vocería de los activadores de la presunta innovación se desviven por atacar, cuestionar, descalificar, y de repartir píldoras contra las dictaduras, se les olvida que el tiempo no detiene su andar, hombres, mujeres y muchachos envejecen inexorablemente, y, lo peor, que dan como seguro que aquí “no hay salidas, porque no a todos los que dicen ser amantes de la Democracia, les interesa o les conviene “impedir que lo malo del presente, pueda ser algún día lo bueno que se añora”. 

Y mientras estas reflexiones, poco a poco, comienzan a madurar y a desarrollar un nuevo rostro al que las nuevas generaciones no dejan de hacerle seguimiento, por otra parte, el odio entre venezolanos, poco a poco, se fortalece, la desesperanza se alimenta y fortalece, y hechos como el de Haití pasan a ser temas de conversación permanente. 

Que el Haití de hoy sea tan pobre como el de ayer, no importa. Que los políticos y militares haitianos de hoy necesiten la asistencia internacional, para hacer sentir que la autoridad local es verdadera, desde luego, no debería ser. No obstante, el Foro de Sao Paulo, que no se cansa ni descansa en la localidad, se ocupa de lo suyo, gracias al aporte financiero que proviene de los lugares en donde también hay hambre, pero que, día a día, insisten en capitalizar la descomposición social que alientan, por igual, la pandemia, los gobiernos, los fanáticos, y los aliados internacionales que, poco a poco, se posicionan confiados en que, en esta parte del mundo, “los cambios llegaron para quedarse, fortalecerse y encenderse”. 

La minimización de los riesgos y peligros se dan, por igual, de la manera como se proyectan desde los cargos “legítimamente democráticos conquistados, como es el reciente caso de Perú, o los anteriores de Argentina y México”. Después de todo, si ejercer el derecho al voto es suficiente para que las democracias se hagan presentes, afiancen y evidencien la verdad de un hecho político, entonces, los organismos internacionales que velan por la disciplina  y el orden institucional, pueden continuar su sueño y desempeño a partir de una actividad diplomática bien pagada y ociosa. 

Es inevitable citar otros hechos que van de un lugar a otro, y que emergen hábilmente desde el seno de los gobiernos que necesitan “limpiar” su mal comportamiento. Es el de los entendimientos que, si a ellos se les identifica su cola auténtica, es el de demostrar su disposición a que los “acuerdos” se conviertan en el más amplio hecho público que sirve para salvar a los países de sus tragedias, miserias, dolores y sufrimientos.  

Hoy el caso atractivo es el de Venezuela en México, haciéndose presente para evidenciar  la disposición de que “ahora sí”. Los que irán, compartirán opiniones, distribuirán gritos y voluntades “sinceras” a favor de la Democracia en la que creen todos los asistentes. Pero, además, a la que hay que fortalecer a partir de procesos electorales “al mejor gusto del trópico, y libre de polvo y paja”, en vista de que los participantes darán fe de que “llegó el futuro de la Venezuela del progreso”. 

¿Y el odio?. Por lo pronto, no se le cita, ni se le citará en la casa de López 0brador. Después de todo, el odio es el recurso al que todos pueden apelar, cuando la sinceridad de los actores es anulada por la verdad. Sin embargo, ahí está. Tan válida como cuando alguien en campaña recurrió al uso de la manteca para anular la participación de aquellos que pretendían seguir siendo integrantes de partidos políticos. O aquellos que, presumiendo ser expresión de la voluntad mayoritaria, consideraron que los “paredones” podían ser útiles para saldar responsabilidades administrativas de quien sea, haya o no un juicio que lo demuestre, porque «siempre hay que darle la razón al pueblo.»

Las soluciones que se necesitan, hay que construirlas. Y, de ser posible, a la brevedad. El país no aguanta más discursos dirigidos a restarle peso y realidad a lo que está fortaleciendo el hambre, la miseria y el empobrecimiento. En un ambiente de pandemia, de cambios monetarios que sólo son útiles para diferir soluciones estructurales, mientras el signo monetario del Bolívar pasa a ser “un bueno para todo”, aunque luego termine siendo “un útil para nada”, la economía y la solución productiva deben dejar de ser un simple capricho. Son una necesidad que debe ser atendida con verdadera responsabilidad. –

                                                                           

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