Entrevistas

Dagoberto Valdés, el gato de Alicia y los cambios en Cuba

Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, Cuba quedó privada de su fuente más importante de subsidios y entró en una profunda crisis económica que enseguida se tradujo en una grave crisis social. Los valores que hasta entonces habían servido de armazón moral a la sociedad, perdieron su representación real en un país donde el hambre, el desempleo y la desesperanza se habían convertido en circunstancias cotidianas.

La isla, de pronto, agravó y masificó comportamientos que hasta hacía muy poco estaban sujetos a sanciones penales y dio luz verde, en aras de la sobrevivencia nacional, a una revalorización de la posición del individuo ante la sociedad, sus congéneres y, por supuesto, sus propias actitudes.

La manera de mirarnos cambió, y palabras como “robo”, “prostitución”, “proxenetismo”, “mercado negro” o “tráfico de influencias” cobraron un valor más tolerante, y, de alguna manera, se reajustaron a los nuevos tiempos.

La permisividad se convirtió entonces en nuestra mejor identidad nacional.

Sobrevivíamos, eso era todo.

En medio de esta escena nacional, y desde la Iglesia católica, va a surgir el nombre de Dagoberto Valdés: un laico graduado de Ingeniero Agrónomo a quien el Estado había relegado a trabajar como recolector de hojas (yaguas) de palma real. Su proyecto, conformado por la revista Vitral y el Centro de Formación Cívica y Religiosa (CFCR) de la diócesis de Pinar del Río, intentaba incidir en la crisis social en que había desembocado el país.

Pero el país no estaba interesado en escucharlo. 

En su lugar, la Seguridad del Estado convirtió a Dagoberto Valdés en una suerte de bestia negra social, y se le hizo responsable de armar un contra-aparato ideológico, que, más temprano que tarde, era imprescindible desmontar. Y así se hizo.

¿Quiénes apoyaron el cierre de Vitral y del Centro de Formación Cívica y Religiosa?

¿Cómo surge el think tank Convivencia, y la revista asociada a él?

¿Ha cambiado la percepción de Dagoberto Valdés sobre el acontecer social cubano desde esos tempranos años 90?

¿Ha cambiado el país? 

¿Hacia dónde vamos los cubanos?

Estas y otras muchas preguntas quedan respondidas en esta entrevista, quizá la más extensa hecha al líder laico, y en la cual aborda sin tapujos las relaciones entre los postulados de su Iglesia y la sociedad civil católica en Cuba, sus caminos a veces enfrentados, y las aspiraciones de una comunidad que, a pesar de algunas aperturas vinculadas a la libertad de credo, echa en falta el protagonismo social de la Iglesia en el país.

Aprovecho esta breve introducción para agradecer a Dagoberto Valdés su deferencia al conceder esta entrevista a Hypermedia Magazine.

¿Cómo llega el joven católico Dagoberto Valdés a convertirse en uno de los laicos más influyentes de la sociedad civil cubana?

Puedo decir que, en medio de la persecución religiosa, la Iglesia católica de Pinar del Río fue, en los tiempos de mi juventud, un oasis de libertad, de responsabilidad, de compromiso con la dura realidad que vive el pueblo cubano. 

La perseverancia es fruto de la profundidad de la educación que se reciba y del testimonio que se percibe y nos acompaña. Esa formación cristiana me facilitó las herramientas necesarias y suficientes para hacer mi propia escala de valores, diferente a la del sistema; para hacer un discernimiento, para decidir una opción fundamental y para convertirla en actitudes y acciones coherentes hasta donde la naturaleza humana, que cae y se levanta, nos permite. 

En resumen: las raíces de una familia cristiana que transmite valores, una Iglesia profética, sencilla, valiente y comprometida, y un poco de esfuerzo de mi parte, me han conducido hasta aquí.

Usted se gradúa de Ingeniero Agrónomo en una época en que la Universidad era territorio prohibido para los creyentes. ¿Qué recuerdos guarda de aquella etapa? ¿Cómo consigue graduarse?

En efecto, eran años de grave persecución religiosa; una persecución muy basta, ahora es más sofisticada. Me explico.

Primero fui perseguido junto con todos los que éramos creyentes, simplemente por levantar la mano cuando en la escuela primaria y en la secundaria la maestra o el director preguntaban en público quiénes tenían “creencias religiosas”. A partir de ahí todo era diferente para nosotros. Pasadas las décadas del 60 y el 70, la pregunta fatal cambió: era quiénes practicaban las creencias religiosas o quiénes iban a la Iglesia. La discriminación era la misma. Muchos recomendaban: puedes tener tus creencias “para adentro”, pero no las manifiestes. 

Luego vino la caída de la Unión Soviética y el socialismo real en Europa con el consiguiente “Período Especial” que no era otra cosa que una terrible crisis por la dependencia casi total de aquel bloque. Y con ello, llegó otra forma de discriminación. Es “permitido” tener creencias e incluso practicar el “culto”, ir a la Iglesia, a las ceremonias, pero… todo lo que no sea rito, liturgia, procesiones, es hoy tan perseguido como en los tiempos de la escuela primaria. 

Me refiero a las dimensiones educativas de la Iglesia, su acceso a, o posesión legal de, medios de comunicación, escuelas, obras sociales, personalidad jurídica para sus proyectos… Todavía más cuando los laicos tratamos de poner en práctica la Doctrina Social Cristiana en los ámbitos de la economía, la política o la sociedad civil. Hoy día somos hostigados, citados, interrogados, amenazados por intentar ser coherentes con el compromiso sociopolítico que emana de los valores y el humanismo de inspiración cristiana. 

Me gradué de agronomía porque era una carrera llamada “técnica”; yo quería estudiar sociología, psicología o derecho, pero todas las ciencias sociales y las humanidades estaban prohibidas para los creyentes. No obstante, durante todo el tiempo de la carrera fui “atendido” por un oficial de la Seguridad del Estado. Al final, los cinco primeros expedientes académicos tenían trabajo como profesores de la Universidad; yo fui uno de ellos, pero por ser religioso no pude ejercer el magisterio ni realizar maestrías o doctorados.

Como ingeniero católico y no comunista, el mundo laboral del país se le hizo más estrecho y limitado. ¿Qué papel juega la fe, entonces, en su voluntad de aceptar las limitaciones sociales que el sistema le imponía?

Entiendo que la pregunta que usted me quiere hacer es cómo me ha ayudado la fe a ser fiel a mis principios y a mi trabajo dentro de Cuba. Pues en eso sí la fe, y su inseparable compañera, la espiritualidad cristiana, constituyen cimiento, motor e inspiración para mi trabajo. 

Cimiento, para que todo lo que hago se fundamente en valores y actitudes resistentes y permanentes, para sanar nuestra humana inestabilidad y vivir a merced de las pasajeras ideologías que vienen y van dando bandazos. 

Motor, porque se necesita una mística interior, una motivación superior, un aliento cuando el ambiente hostil, el hostigamiento y el desánimo te acechan cada mañana, sin respiro, sin descanso. Esa mística que, como decía Santa Teresa, te empuja a mirar “tejas arriba”, a levantar la vista, a tener luz larga, a otear el horizonte y a saber que tu compromiso se afianza en valores trascendentes y en una visión holística y humanista, porque en fin, todo lo que la fe te compromete es para servir a la persona humana, a los más cercanos, a los más vulnerables y pobres… y no hay pobreza mayor que el daño antropológico producido por un sistema totalitario que intenta usurpar toda autonomía personal. 

Por último, pero no menos importante, la fe es inspiración en la sequedad de este desierto. “El que no ponga el alma de raíz se seca”, decía Dulce María Loynaz en sus Poemas sin nombre. Así lo he experimentado en mi vida. 

Cuando parece que todo es inútil, cuando se nos estruja el ingenio con el bloqueo de la iniciativa personal del sistema, y hay que inventarse y reinventar la vida cotidiana y los proyectos y la forma de permanecer en Cuba, la fe es la principal fuente de resiliencia y de profecía, que no es adivinación, ni revelaciones extraordinarias, sino la capacidad de analizar la realidad con otras herramientas, de prever mirando alto, de adelantar hoy los desafíos del mañana, creyendo en la fuerza de lo pequeño (como dice una de nuestras frases inspiradoras desde Vitral), en la eficacia de la semilla, en la convicción del testimonio personal y no solo de las palabras.

¿Qué dio lugar al nacimiento de proyectos como la revista Vitral y Centro de Desarrollo Cívico de Pinar del Río?

Mi respuesta anterior puede dar una idea de todo lo que da lugar al nacimiento de la revista Vitral y del Centro de Formación Cívica y Religiosa (CFCR) en la diócesis de Pinar del Río. Fueron iniciativas de laicos que, educados en esos valores, nos preguntamos qué necesita el pueblo cubano, qué podemos hacer para contribuir a su libertad y a que pueda asumir su responsabilidad cívica. 

Los obispos cubanos habían hecho un diagnóstico resumido en tres palabras: el pueblo cubano estaba desarraigado, desalentado y frágil en su humanidad. Luego nosotros, un grupo de laicos, concretamos ese acertado análisis identificando otros tres correlativos a aquellos: un daño antropológico, un analfabetismo ético y cívico y una desarticulación del tejido de la sociedad civil para un mejor control total del Estado sobre los ciudadanos indefensos y aislados. 

Entonces buscamos remedio al daño e identificamos los procesos educativos de personalización-socialización como el método adecuado y eficaz, y surgió el Centro de Formación, con sus cursos que se están utilizando todavía hoy, 25 años después, ahora convertidos en un libro de texto llamado Ética y Cívica: aprendiendo a ser personas y a vivir en sociedad, que los lectores pueden consultar y bajar gratuitamente de nuestro sitio web: www.centroconvivencia.org.

Creemos que la reconstrucción del tejido de la sociedad civil, ahora más con la ayuda de las nuevas tecnologías y las redes sociales, son el camino y el nuevo nombre de la democracia, junto con la edificación de instituciones transparentes y participativas, libremente electivas y renovables, para que pueda haber en el Cuba una buena gobernanza y una democracia de calidad. 

¿Y bajo qué circunstancias o presiones concluyeron esos proyectos?

Tal como fueron concebidos, estos proyectos duraron trece años, mientras estuvo de pastor en la diócesis de Pinar del Río su padre, patrocinador y mecenas: el obispo José Siro González Bacallao. Con su retiro en 2007, por razones de edad, y la asunción de su sucesor, cambió la línea pastoral de la diócesis y los laicos que trabajábamos en estas y otras iniciativas salimos de las estructuras eclesiásticas, aunque no de la Iglesia, donde permanecimos y fundamos, independientes de “papá-Estado” y de “mamá-Iglesia”, unos proyectos similares y continuadores de aquellos que se extinguieron, bajo aquellas modalidades, el 21 de marzo de 2007: otra primavera de triste recordación, pero cuya inspiración y ejemplo perduran. 

Esos nuevos proyectos nacieron pocos meses después de aquel cambio. El 15 de octubre de 2007 resurgieron los cursos en forma de tertulias en las casas, y el 15 de febrero de 2008 se subió el primer número de la revista Convivencia en su formato digital, que puede ser leída en el mismo sitio: www.centroconvivencia.org y que ahora, además, es el hogar online de un think tank independiente que tiene como objetivo poner ese laboratorio de ideas al servicio de Cuba, buscando visiones, opciones y proyectos para su futuro. Los seis primeros informes académicos que están en nuestra página, en la pestaña “Propuestas”, han sido publicados por la Editorial Hypermedia bajo el título Cuba busca una salida, disponible en Amazon

Como ve, no nos quedamos “cruzados de brazo mirando al cielo”. 

¿Se sintió abandonado por la jerarquía eclesiástica del país?

Quien pone su cimiento, su motor y su inspiración en su fe, en mi caso en Cristo, no se siente abandonado cuando cambian las cosas, sean ideologías, formas de represión o cambio en las líneas pastorales de la jerarquía eclesiástica. 

Soy un hijo de la Iglesia Católica, independientemente de quienes ocupen sus responsabilidades, porque en eso se diferencia una Iglesia de un partido o de cualquier otra organización de la sociedad civil: que el compromiso de sus miembros no es, o no debería ser, con los hombres que la dirigen terrenalmente, sino con su fundador y único Maestro y Pastor, Jesús de Nazaret.  

Por otro lado, los laicos tenemos una vocación propia dentro de la Iglesia. Como dice el Documento final del episcopado latinoamericano en Puebla, los laicos somos “hombres de mundo en el corazón de la Iglesia y hombres de Iglesia en el corazón del mundo”. Esto hace versátil y cambiante nuestros servicios: unas veces podemos trabajar dentro del ámbito de las estructuras eclesiásticas y otras veces en el tejido de la sociedad civil, sin dejar de ser cristianos y compartiendo los mismos valores dentro o fuera de lo propiamente organizacional de la Iglesia. 

Durante casi 50 años serví como hombre de mundo en el corazón de la Iglesia; ahora trato de servir como hombre de Iglesia en el corazón del mundo. Y aplicar en la sociedad civil lo que la Iglesia me enseñó. Con un lenguaje asequible, con una actitud respetuosa de la diversidad; una actitud no confesional, dialogante, inclusiva y nada sectaria ni fanática. 

Concluida la etapa de Vitral y del Centro de Desarrollo Cívico de Pinar del Río, ¿cómo respondieron tanto el Estado como la Iglesia a las nuevas iniciativas, esa tercera vía que usted decide abrir y que da lugar al Centro de Estudios Convivencia y a la revista del mismo nombre?

La Iglesia como tal, y a nivel personal, ha respondido con respeto y yo he recibido en mi parroquia y a través de muchos hermanos, pastores y fieles, el ánimo, los apoyos espirituales y el acompañamiento que agradezco doce años después y que me han mantenido en pie, inspirado, sin amarguras ni reproches. Solo con el alma sana y con un corazón limpio de pasadas nostalgias “se puede hacer para arriba obra noble y perdurable”, como también dice Dulce María Loynaz. 

Doy gracias a Dios por el don inapreciable de la fidelidad y la perseverancia, que me ha regalado sin mérito propio, y por el perdón y la reconciliación, carriles sanadores que nos permiten ser felices, a pesar de los pesares.

El Estado, por su parte, ha respondido como lo hace con todos los demás proyectos independientes de la sociedad civil en Cuba: la misma sospecha, la misma vigilancia, el mismo hostigamiento, la misma conculcación de los derechos de libertad de religión; porque, no huelga repetirlo, lo que hacemos es fruto de nuestra fe religiosa y de nuestro compromiso cristiano, y la verdadera libertad religiosa no se reduce a la libertad de culto, sino a la libertad de expresión, de educación, el uso de los medios de comunicación, el compromiso social y político, cultural y económico que debe gozar todo cubano. 

La Iglesia, y en ella los cristianos, no exigimos privilegios, al contrario: reclamamos para nosotros los mismo derechos y libertades que debe disfrutar toda la sociedad sin distinción ni exclusiones. Los derechos y la libertad son indivisibles e innegociables, por ser constitutivos de la naturaleza y la dignidad de toda persona humana.

¿Cuáles fueron los principales obstáculos que encontró? 

El hostigamiento se concreta en citas e interrogatorios a todos y cada uno de los miembros de Convivencia, en la confiscación de nuestra sede, en la condena a tres años de limitación de libertad con trabajo obligatorio y reclusión domiciliaria a una economista de nuestro equipo, la regulación para salidas del país a eventos académicos, el uso de supuestos delitos comunes para enmascarar la persecución política… Como decía, los mismos obstáculos que enfrenta resto de la sociedad civil.

¿Y quiénes han sido sus mayores apoyos?

Los mayores apoyos han sido nuestras familias, nuestros amigos dentro y fuera de la Iglesia y, sobre todo, esas personas sencillas, cercanas, que nos conocen bien y que aprecian la labor que hemos intentado hacer tanto dentro de la Iglesia como en el seno de la sociedad civil. 

¿Podría explicar brevemente a nuestros lectores en qué consiste el trabajo del Centro de Estudios Convivencia?

El Centro de Estudios Convivencia (CEC) es un espacio plural e incluyente, no partidista, independiente y no lucrativo de la sociedad civil cubana, que trata de inspirar, crear y difundir ideas a través de sus estudios e iniciativas de formación ética y cívica. 

Es un centro de pensamiento y propuestas, conformado por cubanos de muy diversas tendencias filosóficas, políticas y religiosas, que están interesados en debatir ideas, realizar estudios y proponer soluciones sobre aspectos de la vida de nuestro país, con el fin de contribuir a que, cada vez más, los cubanos y cubanas se informen, se comprometan y contribuyan al mejoramiento de la nación y de su futuro. 

El CEC intenta contribuir a la unidad de la nación cubana tendiendo puentes de estudio y convivencia entre la Isla y su diáspora; por eso funciona con “dos pulmones”: un grupo de académicos e intelectuales dentro de Cuba y otro grupo de cubanos que viven fuera de la Isla. 

El CEC difunde sus ideas y propuestas constructivas por medio de su revista digital Convivencia y a través de talleres, encuentros de estudio sistemáticos, las redes sociales y, sobre todo, publicando los resultados de sus estudios en su sitio web: www.centroconvivencia.org  

En resumen, las cuatro líneas de trabajo son: 1) el itinerario de pensamiento y propuestas para Cuba, con participación de la Isla y la diáspora; 2) la publicación de la revista digital Convivencia y de una columna diaria sobre un tema de actualidad en Cuba; 3) los cursos de formación ética y cívica mediante su libro de texto y talleres; y 4) los microproyectos, que ponen en práctica, en muy pequeño formato, nuestras visiones y propuestas para el futuro de Cuba. 

¿Cuál es su proyección para los próximos años?

Seguir trabajando para prever y adelantar la edificación de una sociedad plural, democrática, próspera y feliz. Continuar nuestro pequeño aporte a la educación ética y cívica de los cubanos y comunicar e intercambiar pensamiento y valores en esa siembra de futuro.

Como usted mencionaba, acaba de publicarse Cuba busca una salida. Itinerario de pensamiento y propuestas para Cuba (Hypermedia, 2019), un volumen que recoge los seis informes realizados hasta ahora por el Centro de Estudios Convivencia sobre la realidad cubana y su proyección futura. ¿Cuáles son los objetivos de ese libro? ¿Tiene esperanzas de incidir en la sociedad civil cubana?

Este libro es un primer fruto concreto del Centro de Estudios Convivencia a la sociedad cubana. Es una obra realizada por cerca de un centenar de académicos e intelectuales cubanos desde todas las riberas de la nación que peregrina por el mundo. Hay muchos, gracias a Dios, que están pensando y trabajando por el cambio hacia la democracia, pero somos todavía muy pocos los que estamos trabajando por idear, prevenir y preparar el porvenir. 

Pienso en el cuento de Lewis Carroll Alicia en el país de las maravillas como una metáfora de los propósitos del CEC. Alicia está perdida en el laberinto y desesperada por salir de él. Se le aparece el sabio gato sonriente y la niña le pregunta dónde está la salida. El gato le responde: dime primero hacia dónde quieres ir y te diré dónde está la salida. 

Así pasa. Hemos llamado al libro Cuba busca una salida y el CEC trata de vislumbrar, de (pre)ver, hacia dónde queremos ir los cubanos para poder enrumbar bien por dónde debemos buscar esas salidas que sean coherentes con el país que queremos construir entre todos. Método que evita el fundamental error de que “el fin justifica los medios”. Queremos que tanto el fin (la libertad, la democracia, la prosperidad material y espiritual de Cuba) como los medios para alcanzarlo sean éticos, coherentes, pacíficos e inclusivos. –

Ladislao AguadoJulio 25, 2019/ Hypermedia Magazine

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