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Dialogo

El diálogo implica siempre el respeto al interlocutor y un común afecto a la verdad. Si no hubiera un interés por la verdad sería solamente hablar por hablar.

 

Rafael María de Balbín:

El diálogo implica siempre el respeto al interlocutor y un común afecto a la verdad. Si no hubiera un interés por la verdad sería solamente hablar por hablar.

El Evangelio según San Mateo cuenta en el capítulo 9 (v. 9-13) que Jesucristo conversaba con todos, sin discriminar a nadie. Los fariseos, que eran soberbios y exclusivistas, se sorprenden y “empezaron a decir a sus discípulos: ¿por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús no excluye a nadie de su diálogo y nos da buen ejemplo para que hagamos lo mismo. Santiago, en su epístola (1, 19-26), exhorta  a los cristianos: “Que cada uno se diligente para escuchar, lento para hablar y lento para la ira; porque la ira del hombre no hace lo que es justo ante Dios…Si alguno se considera hombre religioso y no refrena su lengua, sino que engaña a su corazón, su religiosidad es vana”. El diálogo implica siempre respeto a las personas, tener en cuenta sus opiniones, considerar lo que hay de verdad en ellas, y no dejarse llevar por la impaciencia ni la ira. No dialoga el que se considera propietario absoluto de la verdad, y desprecia lo que el otro pueda aportar.

El Papa S. Pablo VI, en su encíclica Ecclesiam suam, traza un buen perfil del diálogo: “Esta forma de relación exige por parte del que la entabla un propósito de corrección, de estima, de simpatía y de bondad; excluye la condenación apriorística, la polémica ofensiva y habitual, la vanidad de la conversación inútil. Si es verdad que no trata de obtener inmediatamente la conversión del interlocutor, porque respeta su dignidad y su libertad, busca, sin embargo, su provecho y quisiera disponerlo a una comunión más plena de sentimientos y convicciones” (n. 30).

El diálogo no es hablar por hablar, sino que supone siempre un sincero amor a la verdad: “El coloquio es, por lo tanto, un modo de ejercitar la misión apostólica; es un arte de comunicación espiritual. Sus caracteres son los siguientes: 1) La claridad ante todo: el diálogo supone y exige la inteligibilidad: es un intercambio de pensamiento, es una invitación al ejercicio de las facultades superiores del hombre; bastaría este solo título para clasificarlo entre los mejores fenómenos de la actividad y cultura humana, y basta esta su exigencia inicial para estimular nuestra diligencia apostólica a que se revisen todas las formas de nuestro lenguaje, viendo si es comprensible, si es popular, si es selecto. 2) Otro carácter es, además, la mansedumbre, la que Cristo nos exhortó a aprender de El mismo: Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón; el diálogo no es orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad es intrínseca por la verdad que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo que propone; no es un mandato ni una imposición. Es pacífico, evita los modos violentos, es paciente, es generoso. 3) La confianza, tanto en el valor de la propia palabra como en la disposición para acogerla por parte del interlocutor; promueve la familiaridad y la amistad; entrelaza los espíritus por una mutua adhesión a un Bien, que excluye todo fin egoísta. 4) Finalmente, la prudencia pedagógica, que tiene muy en cuenta las condiciones psicológicas y morales del que oye: si es un niño, si es una persona ruda, si no está preparada, si es desconfiada, hostil; y si se esfuerza por conocer su sensibilidad y por adaptarse razonablemente y modificar las formas de la propia presentación para no serle molesto e incomprensible.

Con el diálogo así realizado se cumple la unión de la verdad con la caridad y de la inteligencia con el amor” (n. 31).

El diálogo requiere que la boca hable desde la abundancia del corazón, que el que habla no se limite a escucharse a sí mismo, que no busque avasallar al interlocutor, que sepa hablar…y escuchar. No quiere buscar la discusión ni la pelea, sino coincidir en la verdad con la otra persona a quien respeta. No es una actividad relativa (que desprecie la verdad), sino relacional (de comunicación entre personas).

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