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Occidente y América Latina, ¿más acá o más allá de Afganistán?

¿Si vivimos una crisis civilizatoria podemos decir que nos aproximamos al otoño de Occidente?

Horacio Biord Castillo:

El mundo, o buena parte de él, para ser precisos, aún no sale del asombro producido por el retorno de los talibanes al poder en Afganistán y la huida de muchas personas ante lo que se pudiera avecinar. El atentado del aeropuerto de Kabul el 26 de agosto, que dejó decenas de muertos y centenas de heridos, ha aumentado las preocupaciones.

Al amanecer, en estos momentos de cuarentena por la pandemia del coronavirus, suelo caminar por la playa. De tanto en tanto, le pregunto cosas al mar, aunque por la confusión que me invade no siempre logro precisar sus respuestas. Esta ciudad, cuyo nombre no quiero olvidar pero sí callar para resguardar la identidad de unos personajes, se abre jubilosa al Caribe en el nororiente de Venezuela. Casi siempre veo una pareja que camina con evidentes muestras de felicidad. Él es un hombre diríase en la cuarentena temprana. Ella es una mujer más joven, quizá rozando la treintena. Ambos muy blancos, él va sin camisa y descalzo con unos bermudas elegantes. Siempre me saluda con deferencia. Ella va toda cubierta y lleva un hiyab o pañuelo que resguarda su cuello y su cabeza. Es una mujer hermosa y va tomada de la mano de su esposo. Mediante audífonos compartidos escuchan música. Los veo contentos y eso me inspira confianza.

El mundo, buena parte de él, se pregunta cómo es posible que la sociedad afgana haya regresado a manos de un régimen que en el pasado reciente instauró severas normas sociales, inspiradas en una interpretación fundamentalista del Corán y la tradición islámica. Occidente, ese vago locus físico, pero sobre todo ideológico, con centros y periferias, con metrópolis y vastos territorios coloniales, es decir, colonizados en algún momento, debe recordar cómo fueron destruidas las enormes estatuas de Buda, a pesar de las peticiones de diversos países e instancias. Matar dioses y maltratar deidades, perseguir profetas, no es, sin embargo, algo nuevo en la historia de la humanidad y, por lo visto, es algo que aún podemos esperar del incierto futuro. Los teodicios van de la mano de procesos genocidas, etnocidas y linguocidas. Destruir símbolos es un acto de violencia física y ritual, una reafirmación del victimario y un insulto y humillación a la víctima.

China toma cada vez mayor fuerza económica y estratégica en el ámbito mundial. Igual sucede con potencias emergentes como la India, Turquía, Irán y los Emiratos Árabes. Todos estos países tienen en común su carácter no occidental y a ellos hay que sumarles Rusia, no totalmente occidental. Mientras tanto Europa titubea y los miedos sociales van en aumento. Sobre los Estados Unidos de América más que interrogantes parece pender una espada, pues cada día da mayores muestras de contradicciones que podrían causar grandes desequilibrios tanto internos como externos, dada su importancia en la escena mundial. Una muestra de ello han sido su actuación en Afganistán y las discontinuidades en la política exterior.

América Latina, por su parte, es un excelente ejemplo de cómo las élites y gran parte de las dirigencias políticas aún no logran trascender la idea del falso Occidente, del Occidente periférico, que en todo caso es la región. Esa ilusión les impide concretar proyectos históricos inclusivos y sostenibles, lo que termina por generar condiciones para la instauración de regímenes populistas y autoritarios que propugnan la superación de la pobreza, las inequidades y la exclusión en todas sus formas mediante un pensamiento único e ideologías chauvinistas. En general, y de allí la empatía inicial que generan, los diagnósticos resultan esencialmente acertados, no así en cambio las pretendidas soluciones que diseñan.

Veo feliz a la pareja. Todas las mañanas pasean por la playa y me recuerdan conflictos latentes, de los que no siempre nos percatamos. Esto me hace evocar, entre otros fenómenos, las etnicidades, las luchas por el lenguaje inclusivo que han generado posiciones extremas de aceptación y rechazo, las reivindicaciones por la igualdad de género y la libertad y dignidad de las orientaciones sexuales y el creciente carácter laico del mundo “occidental” y la despreocupación espiritual, a veces sustituida por creencias ingenuas o por actitudes fundamentalistas que presagian tensiones.

Todo ello me lleva una y otra vez a preguntarme por el marco mayor, por las causas subyacentes o no siempre patentes, aunque sus indicios nos remitan a ellas pero con frecuencia de manera fragmentaria. ¿Estaremos viviendo sin saberlo, sin percatarnos del todo, una verdadera crisis civilizatoria que probablemente empezó hace varias décadas cuando Occidente, sus centros y periferias, aún tenían la suficiente fuerza y la cohesión necesarias para ignorar sus propias debilidades o para asumirse indestructibles?

¿Si vivimos una crisis civilizatoria podemos decir que nos aproximamos al otoño de Occidente? ¿La reconquista de Afganistán por el movimiento talibán es acaso comparable a la caída de Constantinopla, cuando se destruyó el Imperio Romano de Oriente, o es solo una señal de cambios más estrepitosos aún por ocurrir en el corto plazo?

El tiempo tiene la palabra. Mientras tanto, quizá sea un momento adecuado para que las dirigencias políticas latinoamericanas reflexionen sobre el carácter de las formaciones sociales, económicas y culturales de nuestros países. Esa mirada a lo propio es ineludible para plasmar nuevos proyectos que, basándose en sus condiciones socioculturales y el devenir histórico que los ha impactado, ofrezcan tanto soluciones asertivas, como un discurso auténtico y convincente que logre un verdadero arraigo popular. Solo así se podrá afianzar regímenes sostenibles y, lo que es más importante, promover la justicia social en el marco del bien común.

La duda, sin embargo, es grande. ¿Podremos entender el momento actual y, en particular, nuestra especificidad sociocultural? ¿Seremos capaces de ponderar nuestro carácter occidental periférico y de dibujar, mediante un gran consenso social, un proyecto histórico y un modelo de país acorde con sus realidades y no con ficciones y presunciones sobre sus atributos o con los intereses de ciertos grupos, sean económicos, políticos o ideológicos?

Vuelvo a ver a la pareja. Ellos simbolizan las aparentes contradicciones del mundo y las visiones etnocéntricas occidentales. Muchos de los valores asumidos por Occidente, sus centros y periferias, son antivalores en otras sociedades y culturas y al revés. ¿Será posible construir una estrategia de articulación de la diversidad social, un mundo multicultural y pluriétnico, multilingüe y plurijurídico, lo suficientemente globalizado como para garantizar la circulación de bienes y servicios e intercambios sociales amplios, pero enmarcado en concreciones étnicas y socioculturales y, por tanto, respetuoso de lo local y lo particular?

Al recordar las caminatas del hombre y su esposa por la playa, vienen a mi mente muchas preguntas y pocas respuestas. Me consuelo pensando que quizá sea tiempo de cuestionarse y no de ofrecer conclusiones precipitadas. Si en verdad, como me parece, vivimos una crisis civilizatoria, su impacto será devastador e indetenible. Prepararse para la tormenta no será superfluo.

Agosto, 2021.

Horacio Biord Castillo

Escritor, investigador y profesor universitario

Contacto y comentarios: hbiordrcl@gmail.com

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