Lecturas recomendadas

Fundamentalismo y Libertad

   El fundamentalismo no es un problema intelectual, no es un excesivo amor a la verdad. Se trata más bien de un problema moral.

Rafael María de Balbín:

 

            El problema del fundamentalismo está dando mucho que hablar. Sin embargo no es un problema sólo de esta época, sino de todos los tiempos. Entiendo por fundamentalismo la posición de aquellos que, llevados por una intransigencia ideológica se sienten dueños absolutos y exclusivos de la verdad, y apoyados en esta convicción descalifican y atropellan a quienes no piensan como ellos. “Sería empequeñecer la fe reducirla a una ideología terrena, enarbolando un estandarte político-religioso para condenar, no se saben en nombre de qué investidura divina, a los que no piensan del mismo modo en problemas que son, por su propia naturaleza, susceptibles de recibir numerosas y diversas soluciones”(SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ. Es Cristo que pasa, n. 99).

Ciertamente la aspiración a conocer la verdad es una honda y noble aspiración humana. Ya Aristóteles, al  comienzo de su Metafísica, afirmaba que todos los hombres tienden por naturaleza a conocer la verdad. Aspirar a conocer la verdad, y en consecuencia a vivirla, no es fanatismo, sino un recto interés que a nadie puede reprocharse. Este interés no perjudica a la persona singular ni a la colectividad, sino todo lo contrario. La búsqueda sincera de la verdad es uno de los más importantes nexos de unión entre todos los hombres de todas las culturas y de todas las religiones. La verdad no estorba sino que enriquece. En cambio el relativismo o desinterés por la verdad  divide a las personas en razón de sus diferentes sentimientos, intereses o prejuicios.

El fundamentalismo no es un problema intelectual, no es un excesivo amor a la verdad. Se trata más bien de un problema moral. El fundamentalista no ama la verdad sino que la instrumentaliza en función de otros intereses no confesados o inconfesables. Y es que la verdad merece todo respeto. La verdad me exige ponerme a su servicio, en lugar de servirme de ella. Cuando esto último se lleva a cabo se atropella la dignidad, la libertad e incluso la vida de otras personas. “La libertad se ejercita en las relaciones entre los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa. Este derecho debe ser reconocido y protegido civilmente dentro de los límites del bien común y del orden público” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.738).

Como el vínculo entre verdad y libertad es profundo, no debe ser despreciada la verdad en nombre de la libertad; ni atropellada la libertad con la excusa de la verdad: “todos deben respetar la conciencia de cada uno y no tratar de imponer a nadie la propia «verdad», respetando el derecho de profesarla, y sin despreciar por ella a quien piensa de modo diverso. La verdad no se impone sino en virtud de sí misma” (S. JUAN PABLO II.  Mensaje para la Jornada Mundial de la paz. 1-I-1991, c. I).

Si bien la búsqueda de la verdad es incondicional, ello no autoriza la coacción ni la violencia. La única llave legítima de la inteligencia es la fuerza misma de la verdad. El irrespeto a la libertad es también un atentado a la verdad. Baste recordar la enseñanza del Evangelio: La verdad os hará libres (Juan 8, 32). De donde cabe afirmar, a fin de cuentas, que el fundamentalismo es a la vez un enemigo de la libertad y también de la verdad misma.-

(rbalbin19@gmail.com)

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