Opinión

¿La universidad en el pantano de la tristeza?

Bernardo Moncada Cárdenas:

«Cuanto más profundamente se adentraban en el Pantano de la Tristeza, tanto más torpes se hacían sus movimientos. -Ártax –dijo Atreyu- ¿qué te pasa? –No lo sé, Señor –respondió el animal-  creo que deberíamos volver. No tiene ningún sentido. Corremos tras algo que sólo has soñado. Pero no lo encontraremos. Quizá de todos modos sea demasiado tarde…. Le tiró de las riendas, pero Ártax se quedó inmóvil. Se había hundido ya hasta el vientre. Y no hacía nada por librarse.» Michael Ende “La historia sin fin”

Leer uno de los momentos clave en la novela del escritor alemán, contagia un sentimiento profundo. Después de la serie de maravillosos acontecimientos que les implicaron en la tarea de salvar el mundo de Fantasia condenado a la disolución por el avance de la nada, los dos inseparables compañeros en la quimérica aventura enfrentan otro obstáculo: una depresión que cala hasta los huesos, hundiendo a sus víctimas en la resignación y la inmovilidad. El nefasto Pantano de la Tristeza que deben atravesar provoca un pesimismo letal al cual nadie ha sobrevivido. El brioso caballito de Atreyu cede y se hunde hasta morir, poniendo en jaque la decidida actitud de Atreyu, golpeado a muerte por el dolor de la pérdida; él, a fin de cuentas, se encuentra también en el pantano. Sólo la intervención milagrosa del dragón lo salva y lo pone de nuevo en el camino hacia el cumplimiento de su misión.

Comparando sus inicios con los de las otras dos grandes universidades venezolanas, los de la Universidad de Los Andes entrañan una fantástica sucesión de hechos que revelan un destino de audacia, resistencia, astucia, y sólida claridad de miras, aventura novelesca digna de un gran narrador.

La figura del primer obispo de Mérida-Maracaibo es clave, su gesta es narrada con sobria emotividad Baltazar E. Porras Cardozo, hoy Su Eminencia Cardenal Porras, y Jesús Rondón Nucete, además de destacados cronistas como Carlos Chalbaud Zerpa. La actual ULA tuvo su germen en la Casa de Estudios fundada casi clandestinamente, urgente necesidad en la sede de la nueva diócesis. Discreta y hábilmente, el obispo sembró y cultivó la semilla que pronto, con respetuosa y afectuosa reconvención, aceptaría el rey Carlos II.

No fue fácil la vida de la institución. Vivió y formó parte del proceso independentista, atravesando con penurias un siglo XIX plagado de escasez y belicosidad. Los reveses de la persistente empresa llegaron al tope con el absolutismo guzmancista de fines del siglo XIX.

Ante la pretensión del gobierno central de copar las universidades nombrando autoridades e imponiendo programas y facultades, un valeroso trujillano surgió en defensa de la universidad. No lo hizo desde la comodidad de un teclado ni con enardecidas arengas en grupos de Whatsapp. Caracciolo Parra Olmedo, venido de ocupar altos cargos políticos, defendió su Universidad de Mérida con su trabajo de profesor, y rector en dos ocasiones, durante ese periodo especialmente nefasto contra las universidades.

Escribe Carlos Delgado Dugarte: «Mérida reconoce en el Rector Caracciolo Parra Olmedo un héroe, en el más puro y reivindicado sentido del epíteto. Cuando contra la Universidad se concitaron toda suerte de adversidades, el doctor Parra las enfrentó con determinación., coraje e inteligencia…, en tónica de fiel intérprete y ejecutor de la firmeza del pueblo merideño.» Al negársele la totalidad de asignaciones presupuestarias, supo unir pueblo, profesorado y estudiantes para mantener en funcionamiento una institución que, sin la presencia de su savia vital, se habría marchitado como deseaba el autócrata de entonces.

Al Rector Heroico, denominación con que lo quiso distinguir la historia, poco menos de un siglo después le siguió la persona de Pedro Rincón Gutiérrez, quien asumió la tarea de redefinir la ULA, en términos institucionales y académicos tanto como presupuestarios y de planta física, en el turbulento nacimiento del nuevo periodo democrático. Indoblegablemente académica fue su posición en el debate violento entre hostiles gobiernos, partidos, y organizaciones subversivas de entonces, sabiendo conducir el torbellino para que la ULA creciera y destacara como pocas.

Reblandecidos por algunas décadas de frágil paz, los dirigentes y miembros de la comunidad universitaria parecen haberse permitido lo que sus antecesores no consintieron: abandonar la casa cuando la adversidad golpea más fuerte, hundiéndose, como el caballito de Atreyu, en el Pantano de la Tristeza.

Es inaceptable que ignoremos el patrimonio que el pasado puso en nuestras manos, con nuestra aceptación, al hacernos universitarios. Hundirnos en lamentaciones e improperios mientras la resignación se vuelve indolencia, solamente colabora con quienes destruyen el Alma mater. Vale la pena sacrificarse. «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.» (Mateo 5,15-16)

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