Opinión

El candidato

Noel Álvarez:

Jorge Bucay, médico y escritor, argentino, inspirado en las teorías que estudian el comportamiento de quienes influyen políticamente sobre otros, escribió la novela El candidato. Este relato cuenta la historia de un dictador que llegó al poder, apoyado en la postura irreconciliable de una oposición fracturada, cuyo único entretenimiento era aplaudir la derrota de sus iguales. El libro conduce al lector a un país azotado por el terrorismo, con múltiples asesinatos y secuestros, hechos que dificultan la llegada de la democracia tras una férrea dictadura. El dictador, coronel Severino Cuevas, reparte mucho dinero entre los grupos opositores para mantenerlos sometidos y divididos, lo cual dificulta la aparición de un candidato, creíble, que lo enfrente.

En cada proceso electoral, especialmente en Venezuela, es común encontrar aspirantes a cargos públicos sin ninguna posibilidad de triunfo. Uno se pregunta ¿Por qué lo hacen? ¿Buscarán favorecer o perjudicar a alguien? O simplemente ¿estarán financiados por el poder para debilitar a quienes se le oponen? Lo que resulta más difícil de entender es la ambición que estos personajes demuestran por ocupar cargos con poder. Omiten el hecho de que, en las sociedades contemporáneas, el poder es solo teórico, porque está sujeto, no solo al control democrático de los parlamentos, con más o menos buena fe, sino que es zarandeado y presionado por poderes económicos que influyen sobre la toma de decisiones.

El candidato es una novela ambientada en una imaginaria nación ubicada en América Latina, pero, no es muy difícil deducir el Estado de que se trata. Nos cuenta el escritor que, en ese país, repentinamente ocurre un hecho insólito: el líder máximo coronel Severino Cuevas, decide dejar el poder. Nadie conoce sus verdaderos motivos. La efervescencia política se apodera de la población de Santamora, pero, el entusiasmo y la alegría de la población se convierten rápidamente en terror y confusión debido a sucesivos atentados terroristas, secuestros y asesinatos.

En ese clima caótico, Agustín Montillano, un psicólogo forense, su ex novia Carolina Guijarro, reportera de televisión, y el traumatólogo, amigo de ambos, Mario Fossi, tratan de descubrir quienes mueven los hilos de la conspiración que pretende impedir que su país alcance la democracia. Tal vez – como decía el rumor que se susurraba por los pasillos de la Casa de Gobierno – el excelentísimo señor presidente se está volviendo viejo. Aunque a Montillano, su profesión y experiencia lo impulsan a dudar de que, el envejecimiento transforme a Cuevas en un tierno abuelito.

El olfato periodístico de Carolina Guijarro le indica que, aunque algo huele mal en las esferas del gobierno, la debilidad opositora, buena parte de ella chantajeada o comprada, hace casi imposible la evolución del país hacia una etapa democrática. Guijarro presume que, el miedo, la ambición y otros sentimientos más complejos, dinamitaron la realización de un cambio profundo. Los hechos, está vez no fueron propiciados por los villanos de siempre. En esta ocasión son los cuadros de la guerrilla, secundados por una oposición diezmada por falta de dirigencia, los que, intuyendo la debilidad del dictador, pretenden recuperar protagonismo por la vía del miedo y el terror.

El Archivo General de la República de Santamora fue uno de los objetivos atacados por los terroristas. Todos los datos sobre las personas censadas del país, fueron dinamitados. “Estos terroristas no respetan nada”, murmuró Agustín Montillano.  “¿Terroristas? No lo creo, querido amigo”, le respondió Mario Fossi y agregó un comentario producto de su investigación: “Tienes que mirar un poco más allá. El gobierno pasa por un momento delicado después de tantos años: la presión internacional se hace cada día más fuerte; el comandante está cada vez más caduco. Hasta sus más fervientes defensores saben que la vuelta a la democracia es cuestión de tiempo. Y en medio de este panorama, ¿qué sucede? Que desaparecen todos los datos que podrían servir para organizar un padrón electoral. Qué casualidad”.

Dos, de los tres investigadores, pensaban que el general Cuevas – recién ascendido por él mismo – estaría temblando en el palacio a causa de los atentados, pero en realidad, éste se encontraba dialogando con su segundo al mando. “No me sorprende lo que está ocurriendo – dijo Cuevas al coronel Zarzalejo -, todo está dentro de la lógica”. “Usted ya me había dicho que tarde o temprano alguno de esos trasnochados decidiría intentar presionarlo. Lo felicito por su visión, mi general”, dijo Zarzalejo. Muy seguro por sus años de autócrata, Cuevas le comenta al coronel los trucos de la guerra que muchos opositores no entienden y caen por inocentes. “Como usted sabe, para triunfar en una guerra es importante anticiparse a los movimientos del enemigo. Es bueno que lo sepa desde ahora, Zarzalejo: gobernar es estar en guerra, una guerra permanente contra todos los que se oponen al bienestar de la patria”.

¿Vamos a movilizar a los equipos especiales para buscar a los terroristas opositores, mi general?, preguntó el coronel. “No, Zarzalejo. Eso no cambiaría mucho las cosas. A estas alturas, los acontecimientos son imparables. Lo único que hay que dejar en claro es que sigue siendo el gobierno quien decide el ritmo de lo que se hace y de lo que no se hace en Santamora”, respondió el anciano presidente. “Como siempre le he dicho, hay que tener las cosas bajo control y hacer saber a todos quién las controla”.

Esa misma noche, el presidente apareció en cadena nacional vistiendo su uniforme militar de gala. Colgando en su pechera, llevaba las más de 50 medallas que él mismo se había conferido en 32 años. Miró a la cámara y comenzó su discurso.

“Pueblo de mi patria: cumpliendo con la palabra que he empeñado cuando liberamos al país del régimen opresor, hace más de treinta años, he decidido que, en estos momentos están dadas las condiciones para que, el 21 de noviembre del año en curso, los habitantes de la República Democrática de Santamora hagan honor al adjetivo que forma parte de su glorioso nombre y sean quienes elijan libremente a sus gobernantes. Este anuncio, de ninguna manera, responde a presiones nacionales o internacionales, sino a mi propia voluntad”.

Ante hechos muy confusos, como una forma de manifestar incredulidad, los trujillanos decimos: “Basirruque y salgo al trote” ¿Elecciones sin un padrón electoral confiable? Con el 20 de mayo del 2018, ya tuvimos suficiente.

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