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La obligación de los obispos y su Cruz

P. Timothy V. Vaverek STD, sacerdote de la Diócesis de Austin desde 1985:

Como lo demostró la reunión de noviembre de la USCCB, los obispos se encuentran en un aprieto, conforme se esfuerzan por fomentar entre los católicos un testimonio coherente del Evangelio. Los eventos dentro y fuera de la Iglesia continúan superando  y obstruyendo sus esfuerzos. Además, el fracaso institucional en inculcar la disciplina personal y eclesial durante el último medio siglo los ha privado a ellos (y a nosotros) de la experiencia necesaria para guiar a la Iglesia a través de la crisis resultante. Hay un camino a seguir, pero el camino es estrecho y difícil.

Aunque la atención se ha centrado recientemente en el falso testimonio dado por varios políticos católicos, y su recepción de la Sagrada Comunión, estos son solo síntomas del problema. Es difícil culpar a los políticos cuando, durante más de cincuenta años, muchos sacerdotes, obispos y funcionarios del Vaticano han apoyado falsas enseñanzas, explícita o tácitamente, y les han enseñado a los laicos que pueden hacer lo mismo.

Para presentar un testimonio coherente del Evangelio, tenemos que volver al mensaje original de Jesús, de conversión continua (metanoia) y creencia. Estos dos elementos estaban incrustados en su mandato final a los Apóstoles: “Id, pues, haced discípulos. . .Enseñándoles a observar todo lo que les he mandado «.

Nótese que el ministerio apostólico implica más que la predicación. Los obispos deben llamar a los discípulos a observar (es decir, a vivir de verdad) la metanoia y el Evangelio, abandonando el error y el pecado, para ponerse en la mente y el corazón de Cristo. Solo compartiendo su vida podemos dar el fruto de la santidad que nos santifica y se convierte en un testimonio comunitario eficaz, que transforma a los demás y al mundo.

La fe y la práctica cristianas son, pues, asuntos eclesiales, no estrictamente privados. Toda persona madura sabe que la conciencia no es autosuficiente; y que, como individuos, nuestra ignorancia y pecaminosidad pueden llevar a juicios erróneos sobre nosotros mismos, los demás, el mundo y las intenciones específicas de Dios para nuestra vida diaria.

Por estos motivos, Jesús confió a la Iglesia, y en particular a los Apóstoles y sus sucesores, la tarea de hacer discípulos, fomentando la metanoia personal y eclesial de la oración, el autosacrificio y las obras de misericordia, vividas en fidelidad al Evangelio. Él respaldó esa vida disciplinada (o «discipulado») al conferir a la Iglesia la obligación y la autoridad de corregir a aquellos que por error o pecado se apartan de la vida y el testimonio cristianos. También obligó a sus discípulos en conciencia a aceptar esa autoridad.

La terrible verdad es que durante varias generaciones, los obispos y el clero no nos han llamado sistemáticamente a la metanoia. Por ejemplo, la USCCB no ha emitido una carta pastoral sobre la vida espiritual o las normas para las observancias penitenciales significativas. Considere nuestra «disciplina» de Cuaresma: el ayuno de 40 días del Señor ha sido reemplazado por los viernes sin carne y por 2 días de «ayuno» que pueden incluir una comida completa cada día, más dos comidas más pequeñas que, juntas, sean menos abundantes que la comida completa (es decir, casi dos comidas completas!)

En lugar de una vida comunitaria de metanoia, hemos permitido que el discipulado y el testimonio se vuelvan individualistas e irresponsables. Cercana al meollo de esa crisis hay una enseñanza corrupta sobre la conciencia, que sostiene que los cristianos pueden seguir sus juicios morales siempre que no sean conscientes de ninguna culpa.

Esta teoría individualista hace que la Iglesia y su testimonio comunitario sean «ajenos» a la conciencia, destruyendo así el fundamento interno del mandato del Señor, de que la Iglesia forme discípulos y acepte la corrección. No es de sorprenderse, entonces, que se crea erróneamente que la Sagrada Comunión depende únicamente de una conciencia inocente; y no, también, de compartir la fe y la vida del Cuerpo y de la Esposa de Cristo.

Pero no podemos esperar que los obispos fomenten la metanoia comunitaria y la fidelidad al Evangelio, cuando no están de acuerdo entre ellos. Ese es el verdadero corazón de la crisis.

Es una crisis inseparable del disenso sobre la anticoncepción. Después de Humanae Vitae (1968), muchos sacerdotes y obispos adoptaron el llamado “enfoque pastoral” de decirles a los fieles que podían practicar la anticoncepción y aún recibir la Sagrada Comunión si seguían su conciencia.

Ese enfoque “pastoral” resultó conveniente para muchos pastores. Los sacerdotes y obispos no tenían que adoptar una postura sobre la anticoncepción y, por lo tanto, pudieron minimizar los conflictos con sus hermanos, con sus superiores y con la gente. Esto condujo a la clásica disfunción de negarse a abordar las verdaderas fuentes de un problema comunitario. Es una estrategia que fácilmente aísla o intimida como «no pastorales» a quienes intentan enfrentar el problema abiertamente.

Desde entonces, las homilías y la educación religiosa rara vez han incluido una presentación detallada de las enseñanzas del Evangelio sobre la persona humana, la sexualidad, el matrimonio y la familia, o sobre su conexión con la vida política. Este es también el período en el que se muchas prácticas de la vida espiritual fueron abandonadas.

La mayoría de los obispos de hoy, como la mayoría de los católicos, se han visto profundamente afectados por estos fracasos pastorales, catequéticos y formativos multi-generacionales. Más aún, en la medida en que han abrazado estos fracasos, tienen dificultades para ver la necesidad de cambiar de rumbo.

Los obispos que reconocen la raíz de los problemas, entonces, están en un verdadero aprieto. La cultura no apoyará acciones donde el Evangelio se aparte de los valores sociales. Muchos de sus hermanos, y de la gente, no apoyarán acciones que contradigan conciencias inocentes pero erróneas. Sin embargo, esos son propiamente los problemas que la Iglesia debe abordar para formar discípulos capaces de dar un testimonio fiel y comunitario en el mundo contemporáneo.

Por consiguiente, los obispos que deseen enfrentar la crisis deben estar preparados para aceptar realidades dolorosas: desacuerdo abierto dentro de la Iglesia, incluso entre los obispos; la presión social y eclesial desplegada para obstaculizar sus esfuerzos, especialmente cuando se opongan a las falsas teorías de la conciencia; y sus propios errores, al intentar aprender el arte perdido de hacer discípulos y practicar la disciplina eclesial.

Por difícil que sea ese camino, ya conocemos el precio de la inacción, los falsos compromisos “pastorales” y el temor de confrontar a los hermanos obispos y funcionarios del Vaticano. Esos enfoques no han llevado a la renovación de la vida cristiana, prometida desde hace mucho tiempo, sino a su extinción. Como Pedro, los obispos deben aceptar el aprieto en el que se encuentran y ser llevados a donde, de otra forma, no irían. Su cruz es un conflicto eclesial, incluso jerárquico.

Para ellos, y para nosotros, eso significa aceptar el mandato del Señor, de abrazar su Cruz a través de la metanoia y la observancia de todos sus mandamientos.

Tomado/traducido por Jorge Pardo febres-Cordero, de:

https://www.thecatholicthing.org/2021/11/21/the-bishops-bind-and-their-cross/

Sobre el Autor

El padre Timothy V. Vaverek, STD ha sido sacerdote de la Diócesis de Austin desde 1985; y, actualmente, es párroco de la parroquia de la Asunción en la ciudad de West. Sus estudios fueron en Dogmática, con un enfoque en Eclesiología, Ministerio Apostólico, Newman y Ecumenismo.

DOMINGO 21 DE NOVIEMBRE DE 2021

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