Lecturas recomendadas

Nuestro miedo de lo real

Somos obtusos, somos profanos. Somos ciegos a la santidad; vemos en gris secular

Anthony Esolen , conferencista, traductor y escritor, es profesor y escritor residente en Magdalen College of the Liberal Arts, en Warner, New Hampshire:

Escuché que el Congreso, blando de mano y de cerebro, considerará eliminar la inmemorial exención de las mujeres, del servicio militar obligatorio para el combate. Ya que somos completamente disfuncionales en todo lo que tiene que ver con hombres, mujeres, matrimonio, formar una familia y la crianza y enseñanza de niños y niñas en estos días, supongo que debí haber previsto esta última locura.

No voy a entrar en la física de eso —lo que hace que un chico de dieciséis años sea demasiado para que su madre lo maneje— la misma madre que ahora se supone que debe subir una colina con ochenta libras a la espalda y encontrarse con algún hombre adulto viniendo hacia ella con toda su fuerza y ​​la muerte en su corazón. En vez de ello, quiero sugerir una causa entre muchas, una pequeña incursión de locura, que nos ha ayudado a reducirnos a este estado de fisiofobia, miedo y odio por lo real. Es que embotamos lo real desde el púlpito.

María ha concebido por obra del Espíritu Santo y nuestro Señor habita entre nosotros. Se apresuró a ir a la región montañosa para estar con su parienta Isabel, que está encinta, aunque se pensaba que era estéril y demasiado mayor para concebir. Cuando Isabel la saluda, María estalla con el cántico que llamamos Magnificat. Tiene la estructura y las locuciones de un poema semítico, que Lucas traduce a su griego nativo. Termina con estas palabras terrenales: “Ha venido en ayuda de su sierva Israel, acordándose de su misericordia, como había hablado a nuestros padres, a Abraham y a su semilla para siempre”. (Lc. 1: 54-55; griego spermati) La Vulgata latina concuerda con el griego: «Sicut locutus est ad patres nostros, Abraham et semini eius in saecula». El alemán de Lutero está de acuerdo: «Wie er geredet hat unseren Vaetern, Abraham und seinem Samen ewiglich». Sin lugar a dudas, María usó el hebreo zera‘semilla, o su palabra derivada, en arameo.

Mi concordancia enumera 220 instancias de «semilla» en la traducción de la versión King James; 219 de las cuales traducen este mismo sustantivo, zera‘ (la otra se refiere a un núcleo separado de su capa protectora). A veces, la semilla es llevada por el árbol o la hierba, según su especie (Génesis 1:11), que el hombre aprende a plantar en la tierra. A veces es, muy físicamente, lo que el hombre siembra de su propio cuerpo en el cuerpo de la mujer. (Lev. 15:16) Y a veces designa el fruto de la siembra, conforme Dios promete en su pacto con Abraham, de ser «un Dios para ti, y para tu semilla después de ti». (Génesis 17: 7)

Pero eso, por supuesto, no es lo que escuchamos de nuestro leccionario. Oímos hablar de Abraham y sus «descendientes». El primitivo movimiento hacia la abstracción es como la reducción de la Nueva Biblia Americana de las poderosas palabras de Juan. El apóstol dice que los que creen en el nombre de Jesús nacen «no de sangre, ni de la voluntad de la carne, sino de Dios». (1:13) En la dispensación moderna, sin embargo, no podemos tener toda esa sangre y carne; no, ciertamente. En cambio, oímos de aquellos «que no nacieron por generación natural ni por decisión de un hombre, sino de Dios».

Seamos francos. Cuando decimos que un hombre siembra su semilla, no estamos hablando en sentido figurado. Estamos diciendo la pura verdad. Eso es lo que es. Cuando decimos que la mujer encinta lleva una nueva vida dentro de ella, estamos diciendo la pura verdad. Esa nueva vida comienza cuando la semilla y el óvulo se unen. Esa es la germinación humana, el retoño. Es activa y auto-desenvolvente. Si el retoño está sano, todo lo que necesita es lo que cualquier retoño necesita: protección, nutrición y tiempo.

Mire a la mujer. Cada uno de los rasgos sobresalientes que la distinguen de su marido la declara portadora, refugio y nutridora de una nueva vida; y, como tal, a ser protegida: sus pechos, sus caderas, su estatura más pequeña, sus huesos más delgados, su mentón suave, su voz infantil. ¿Algún hombre cuerdo y decente lanza una guardería a la batalla? Ni siquiera si fuera de la más mínima ventaja militar hacerlo, y es, como aprendieron rápidamente los asediados israelíes, una gran desventaja. ¿Por qué los hombres buenos luchan, si no, en última instancia, para proteger a sus familias, las mujeres y los niños? ¿Por qué luchar si estás enviando vida nueva a morir? Esa mujer bien puede estar llevando una vida desvalida dentro de ella en este mismo momento. ¿No es eso algo como para cubrirse la boca con asombro?

Pero a las mujeres de nuestro tiempo se les enseña a estar en guerra contra sus propios cuerpos. De modo que a los hombres se les enseña a reducir sus cuerpos a máquinas de desempeño (herramientas) o máquinas de placer (otras herramientas). Los antiguos hebreos no veían el cuerpo de esa manera, porque ninguna sociedad sana jamás había visto el cuerpo de esa manera. El muchacho que se ha convertido en hombre lleva semilla dentro de él. Eso es lo que es, y los que creemos en Dios debemos creer que, si algo es santo en la realidad física, es, sin duda, el cuerpo humano; que, en la unión del hombre y la mujer da lugar a nuevas personas hechas a la imagen de Dios. Entonces, ¿dónde debería sembrarse la semilla de esta nueva vida? Ni en una alcantarilla, ni en el fuego, ni en plástico frío. La respuesta no proviene de lo que esta o aquella persona encuentra emocionante o conveniente, sino de la naturaleza de la semilla, de lo que realmente es.

Somos obtusos, somos profanos. Somos ciegos a la santidad; vemos en gris secular. Sin ayuda de lo que queda de una cultura, y con poca ayuda de las palabras cotidianas de nuestra Iglesia, debemos tratar de imaginar cómo era realmente creer en la bondad sagrada de la carne y la sangre, de la semilla y la tierra, y exclamar con Adán las primeras palabras humanas registradas en las Escrituras: «¡Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne!»

SÁBADO 20 DE NOVIEMBRE DE 2021

Tomado/traducido por Jorge Pardo Febres-Cordero, de:

Acerca del Autor

Anthony Esolen es conferencista, traductor y escritor. Entre sus libros se encuentran Out of the Ashes: Rebuilding American Culture y Nostalgia: Going Home in a Homeless World y, más recientemente, The Hundredfold: Songs for the Lord. Es profesor y escritor residente en Magdalen College of the Liberal Arts, en Warner, New Hampshire.

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