Lecturas recomendadas

Mariano Delgado: «En la dramática batalla de la historia el Cordero será finalmente más fuerte que el dragón»

"Escuchemos el mensaje de los ángeles a los pastores y respondamos como los pastores"

«Con el mensaje de paz de los ángeles, Lucas (2,14) sitúa el nacimiento de Jesús en la tradición del Príncipe de la Paz mesiánico (Is 9,5)»

 

«Cada año, el mensaje de Navidad resuena en todo el mundo como un mensaje de paz; y nos gusta escucharlo, porque necesitamos visiones de paz como un anhelo contrafáctico a la historia real»

 

«La antropología histórica nos enseña que en la historia de la humanidad, hasta el presente, encontramos las peores formas de violencia contra el prójimo. La historia parece una «máquina infernal», y esto también se aplica a la propia historia de la Iglesia»

 

«Mientras los pesimistas culturales temen que estemos condenados de antemano al fracaso, la narrativa cristiana incluye indispensablemente la esperanza»

 

Con el mensaje de paz de los ángeles, Lucas (2,14) sitúa el nacimiento de Jesús en la tradición del Príncipe de la Paz mesiánico (Is 9,5). Junto con la glorificación de Dios en las alturas, el deseo de paz se convirtió en el binomio del mensaje navideño y en la apertura de uno de los cantos de misa que dieron la vuelta al mundo desde el Barroco: „Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis“ (La versión de Antonio Vivaldi).

Sí, todo va bien en el mundo cuando Dios es glorificado y los pueblos viven en paz entre ellos, porque la justicia y la rectitud prevalecen entre las naciones, forjamos de las espadas azadones y de las lanzas podaderas, ya no se prepara la guerra (Is 2,4), y las gentes se invitan unas a otras bajo la parra y la higuera (Zac 3,10). Cada año, el mensaje de Navidad resuena en todo el mundo como un mensaje de paz; y nos gusta escucharlo, porque necesitamos visiones de paz como un anhelo contrafáctico a la historia real.

 

La antropología histórica nos enseña que en la historia de la humanidad, hasta el presente, encontramos las peores formas de violencia contra el prójimo, de modo que el hombre es la única especie que podría autoextinguirse. Siempre ha habido buenas intenciones, tratados de paz que hablaban de «paz eterna». Pero no duraron mucho. Por poner un solo ejemplo: en 1815, en el Manifiesto de la Santa Alianza, los pueblos de Europa juraron «no mirarse más que como miembros de una misma nación de cristianos». Pero cien años después, se atacaron brutalmente en la Primera Guerra Mundial, y los representantes de las respectivas iglesias de todos los bandos pronunciaron encendidos sermones con espíritu nacionalista.

En efecto, la historia parece una «máquina infernal», por decirlo con el filósofo alemán Adorno «después de Auschwitz»: «La afirmación de un plan mundial para mejorar que se manifiesta en la historia y que la resume sería cínica después de las catástrofes pasadas y frente a las que están por venir».

esto también se aplica a la propia historia de la Iglesia, en la que el mensaje de paz de los ángeles debería haber encontrado una resonancia especial. Incluso si uno considera una simplificación burda e inexacta la frase de Goethe«Es toda la historia de la Iglesia mezcla de error y de violencia», no se puede dejar de notar lo siguiente con el historiador Ernst Benz:«Ni el Islam, ni el budismo, ni el hinduismo han matado ni remotamente a tanta gente por causa de su fe como las iglesias cristianas.»

Debido a su pretensión de exclusividad, el cristianismo no pudo resistir la tentación de la intolerancia, la «erección de un impío absolutismo intramundano que cuestiona al otro para el tiempo y la eternidad» (Joseph Ratzinger). A partir de ahí, el cristianismo, que comenzó con un «mártir», hace tiempo que perdió su inocencia. Artistas como el mexicano José Clemente Orozco han expresado esta conciencia de forma muy drástica: si Cristo volviera, lo primero que haría sería destruir la cruz, porque los cristianos han dejado un rastro de violencia en la historia bajo este signo. Este es el mensaje de su cuadro (óleo sobre lienzo) «Cristo destruye su cruz».

Cristo destruye su cruz

Cristo destruye su cruz

La historia de la violencia a la sombra del cristianismo no sólo tiene que ver, por supuesto, con algunas aberraciones doctrinales (exclusivismo intolerante, cruzadas, procesos por herejía y brujería), sino que también hunde sus raíces en la naturaleza humana, en la antropología. No olvidemos que, según el relato bíblico, la historia de la humanidad tiene una «ascendencia cainita» de la violencia y el fratricidio.

Las grandes religiones, especialmente aquellas como el cristianismo y el budismo, representan un intento de «domesticar» la naturaleza humana, de transformar el «homo homini lupus» (el hombre es un lobo para el hombre) en el «homo homini amicus» (el hombre es amigo del hombre). Entre la honda de la prehistoria y las armas de destrucción masiva pulsando un botón de nuestra época, hay sin duda un progreso técnico, pero ¿también moral? Esto es más que dudoso; por el contrario, hay muchos indicios de que la naturaleza humana ha seguido siendo una constante estructural de la historia a pesar de todos los progresos de la civilización. Por ello, Kant sospechaba que el progreso hacia la idea de humanidad «podría fracasar precisamente por la naturaleza del hombre … no se puede hacer nada tan recto de una madera tan torcida como la del hombre». No en vano, el proceso de civilización, incluida la contribución de las grandes religiones, no ha resuelto el problema de la violencia. ¿Significa esto resignación y derrotismo? En absoluto.

La antropología histórica también registra cosas positivasSegún ella, la humanidad se encuentra en un proceso de civilización que conducirá a la doma o control de la violencia arbitraria: ya sea mediante el monopolio de la violencia del Estado constitucional moderno o mediante la domesticación cultural de la naturaleza animal del hombre. Pero la historia no discurre como una línea ascendente hacia la era mesiánica de la paz. Más bien, su curso se asemeja al de una espiral con regresiones y progresiones. A veces nos vemos arrojados hacia atrás y tenemos que volver a ser conscientes del potencial de nuestros poderes autodestructivos para renovar la decisión de crear un nuevo y pacífico orden mundial basado en la justicia y el derecho.

Los progresos realizados en las últimas generaciones no pueden pasarse por alto: la conciencia de la unidad del género humano ha aumentado, sobre todo gracias al impacto de la idea bíblica de la creación de todos los seres humanos a imagen y semejanza de Dios; han surgido foros internacionales para debatir y resolver juntos los problemas del mundo; la solidaridad mundial se hace sentir rápidamente cuando se producen catástrofes; los viajes y los medios de comunicación nos enseñan a diario que el que sufre lejos puede convertirse en nuestro vecino, más allá de las fronteras de la religión y la nación. Ciertamente, la pandemia actual o la situación de las personas que huyen de la guerra y la miseria muestran que aún no somos capaces de hacer frente a las catástrofes humanitarias de forma global…, pero en comparación con épocas anteriores, probablemente se pueda decir que nos «hemos juntado» hasta cierto punto.

Conciencia de unidad

El cristianismo no necesita ocultar su mensaje. Los cristianos de hoy están llamados, ante todo, a la purificación humilde, a la comprensión del alcance de la violencia y la injusticia en su propia historia, pero también a la confianza fiel y a levantarse con la mirada en el Encarnado, Crucificado y Resucitado.

Quien practica honestamente el conocimiento de sí mismo y de Dios sabe, sobre todo como cristiano, que una dura batalla recorre la historia personal y también la general: una batalla contra el mal que hay en nosotros y «contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final» (según el último Concilio en «Gaudium et spes» 37). La historia tiene un carácter dramático, no es un dulce cuento de Navidad en el que el mensaje de paz pueda separarse de su contexto mesiánico y apocalíptico.

Sí, debemos esforzarnos si queremos contribuir a la llegada del Reino de Dios, que es un reino de justicia y de paz, de verdad y de libertad, y evitar así que el Señor destruya su cruz cuando vuelva en gloria y majestad. En esta dramática batalla no estamos solos. Si lo estuvièramos, ya se habría perdido definitivamente, dada nuestra ascendencia cainita.

Mientras los pesimistas culturales temen que estemos condenados de antemano al fracaso, la narrativa cristiana incluye indispensablemente la esperanza de que en la dramática batalla de la historia el Cordero será finalmente más fuerte que el dragón. Si el hombre se abre a Cristo y a su misericordia/gracia divina, el poder del bien puede vencer al mal, en nosotros y en el mundo. Así lo recordó Benedicto XVI en su discurso al Colegio Cardenalicio y a la Curia Romana el 22 de diciembre de 2005.

Escuchemos el mensaje de los ángeles a los pastores: «¡Paz en la tierra!» Y respondamos como los pastores: «Venid, vamos a Belén»… a adorar al ¡Príncipe Mesiánico de la Paz y Salvador del mundo!.-

| Mariano Delgado, Decano de la Facultad de Teología de Friburgo (Suiza)/RD

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