Testimonios

El espíritu navideño tradicional venezolano en dos anécdotas familiares

 

Horacio Biord Castillo:

En Venezuela, como en tantos lugares del mundo cristiano, la Navidad es un tiempo especial para las manifestaciones de ternura, cariño, gentileza y amistad. Cada familia atesora muchas anécdotas de su pasado que suelen rememorarse especialmente en los días decembrinos.

Algunas historias de mi familia solazan mis recuerdos. Evocaré dos de ellas.

(i)

Mi familia materna vivía cerca de San Casimiro, en las montañas de Güiripa, en el estado Aragua, muy cerca de los límites con Miranda. Desde mi tatarabuelo en adelante, en las primeras décadas del siglo XIX y durante cuatro generaciones, el principal oficio de mis antepasados fue el cultivo del café. La economía familiar dependía de los vaivenes del precio de los productos agrícolas y también de la situación política de Venezuela, con frecuencia inestable.

La crisis económica mundial de 1929 y la caída de la bolsa de Nueva York ocasionaron un descenso abrupto de los precios del café. Ese bajón sumió a mi familia en una situación bastante precaria. Se trataba de una familia con muchos miembros, como era común entonces, y el dinero escaseaba.

Una navidad en la década de 1930 mi madre, Ana Lola Castillo Lara, la más pequeña de siete hermanos, nacida precisamente en ese difícil año de 1929, recibió un hermoso presente de su madrina de bautismo, Dolores Seijas de Rodríguez, casada con Martín Rodríguez Castillo, uno de los primos hermanos mayores de mi abuelo, Rosalio Castillo Hernández.

Como se estilaba en la época, el regalo que era una linda muñeca debió haber llegado, dentro de sus respectivos embalajes, a manos de mi abuela, Guillermina Lara Peña de Castillo. Ante la proximidad de la Nochebuena y quizá para salir del apuro, mi abuelita decidió ponerle la muñeca a mi madre como regalo del Niño Jesús.

Días después, en alguna reunión o visita familiar y quizá ante el silencio de la ahijada por demás muy extrovertida y habladora, misia Dolores le preguntó a mi madre si le había agradado la muñeca que le había enviado de regalo. A tal pregunta, con ingenuidad y seguramente con la absoluta e imperturbable convicción de los niños pequeños ante determinados asuntos, mi madre le contestó que esa muñeca se la había traído el Niño Jesús. Imagino que la madrina calló súbitamente o, tal vez, intercambió una mirada de inteligencia con mi abuela, si estaba presente en el momento. Quizá ella misma, más tarde, le daría alguna explicación. La madrina había hecho de ángel para reafirmar la existencia del Niño Jesús, que mueve corazones y troca en alegría cualquier situación por difícil y triste que sea.

(ii)

Otra anécdota que nunca he olvidado, a pesar de que tendría yo entonces unos diez u once años, la recuerdo como representativa de la esencia de las fiestas navideñas familiares. Debió ocurrir hacia 1971 o al año siguiente. Mi abuela era de esas amas de casa que valoraban las costumbres y procedimientos tradicionales. De hecho, durante muchos años se resistió a elaborar las hallacas con harina precocida de maíz y prefería hervir y moler el grano en casa, como para garantizar la suavidad, el sabor y la conservación de los gustosos pasteles navideños venezolanos.

Como colorante y condimento de origen indígena, el onoto era un ingrediente infaltable. Se colocaba en la olla del guiso dentro de una pequeña bolsita de lienzo que se elaboraba de manera rústica para tal fin. La bolsita del onoto a mí me parecía casi un juguete. La percibía como uno de los encantos de todo el proceso de elaboración de las hallacas.

En una ocasión, entre las simpáticas conversaciones de las mujeres en la cocina mientras embarraban las hojas y rellenaban, adornaban, envolvían o amarraban las hallacas, la onotera inadvertidamente se fue con el guiso colocado en alguna hallaca. Mi abuela al no encontrar la bolsita, concluida la elaboración y quizá justo antes de mezclar el guiso con la masa restante para hacer los bollos, se preocupó mucho.

Supongo que le inquietaba que la onotera estuviese en una hallaca obsequiada, en especial a alguna persona sencilla que lo tomara, sin ser esa jamás su intención, como un desaire o, en el mejor de los casos, como una broma de mal gusto. Esta preocupación pudiera parecer exagerada, pero formaba parte de la vieja cortesía venezolana.

Ya era, sin embargo, muy difícil saber dónde estaba la onotera, a qué plato habría de ir a parar. Un día, sentados a la mesa en la vieja casona güiripeña, mi madre al empezar a degustar su hallaca, con voz emocionada, le anunció a mi abuela que “le había tocado” la onotera, creo que fueron sus palabras exactas. En el acto mi abuela respiró profundamente y sintió un gran alivio. El ingenuo descuido había quedado en la intimidad de la familia sin más consecuencias.

Pequeñas y hasta anodinas anécdotas nos hablan, sin embargo, de las tradiciones, los valores y, en definitiva, del amor que se renueva cada Navidad con el Niño pequeñito en el pesebre, junto a la Virgen y san José, la mula y el buey. La luz de la sencillez y la bondad, inmensa y cálida, nos sigue alumbrando dos mil años después.

San Antonio de los Altos, 10 de diciembre, 2021

Horacio Biord Castillo

Escritor, investigador y profesor universitario

Contacto y comentarios: hbiordrcl@gmail.com

 

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