Lecturas recomendadas

Equilibrio

(Señor del Adviento, capítulo XI)

                 

Alicia Álamo Bartolomé:

El  final  del  capítulo  anterior  puede  parecer  contradictorio  con respecto a alguno posterior (XVI), pero no es así. Es una cuestión de  equilibrio, por una parte y por otra,  del caso concreto de cada quien. Las  almas  no  son  iguales  sino  como los  radios  de una esfera; siendo  idénticos, apuntan  todos en  dirección  distinta. La lucha ascética es la misma  en cuanto intención, pero es diferente según  se concrete en cada  individuo. Unos habrán de ejercitarse en reciedumbre  porque su  tendencia  es  ser blandos, buscar ser compadecidos  y  ayudados;  otros,  porque  su  inclinación  es  el orgullo  de valerse  por  sí mismos,  de  no  deber favores a  nadie, tendrán que mortificarse dejándose atender. En ambos y opuestos defectos hay una desproporción y el ascenso en el camino espiritual consistirá en disminuirla y encontrar el equilibrio.

Hasta fonéticamente la palabra equilibrio expresa un poco su contenido. Las tres íes que contiene le dan una sonoridad aguda, argentina, perfectamente balanceada por las vocales roncas en ambos extremos. Hay un equilibrio sonoro. Así mismo es posible en nosotros armonizar con empeño sobrenatural las agudezas del carácter. No podemos pretender que desaparezcan del todo, sino encauzarlas,  limarlas, combinarlas  con algunas  virtudes que las atemperen.

Las almas santas comunican su equilibrio interior, es decir, éste sobreabunda exteriormente. No pierden los estribos ante los disgustos o contratiempos, no se desesperan, buscan soluciones directas o indirectas, según el caso, a los problemas que deben resolver. Ponderan.

Como habíamos señalado, José debió aprender de la Santísima Virgen el hábito de “ponderar las cosas en su corazón” y por ende, el equilibrio, el señorío de las situaciones. El no nació inmaculado sino como todos nosotros, con la mancha del pecado original. Se fue santificando al cumplir la misión que el Señor le encomendara y, sobre todo, por “contagio” de su Sagrada Familia. Debió ver siempre en María ese equilibrado practicar de la virtud. Era ordenada sin ser obsesiva del orden, humilde sin arrastrarse ante los demás, discreta sin timidez, pulcra sin ser escrupulosa, alegre sin algarabía, callada sin mutismos, dulce sin empalagos, cariñosa sin efusividades, hacendosa sin agobios. Así, José aprendió de su esposa toda una forma de ser y actuar. Por eso lo vemos tranquilo en medio de las dificultades.

A lo mejor tenemos un carácter desequilibrado y estamos siempre de humor cambiante; hoy conquistamos un mundo y mañana lo dejamos   perder;   amanecemos   con   buen   pie,   optimistas   y anochecemos renegando de todo. En estos casos hay desequilibrio físico, síquico o espiritual; para todos hay tratamiento, ya sea con el médico, el sicólogo o el sacerdote. Con bastante frecuencia se necesitan los tres y, siempre al sacerdote. No podemos andar cambiando de ánimo como las veletas de dirección expuestas al viento, porque nos convertimos en una auténtica calamidad para quienes deben relacionarse con nosotros. No saben nunca con qué genio los vamos a recibir, les inspiramos desconfianza y hasta temor de ganarse un mal rato; entonces más bien nos rehúyen. Además, difícilmente se responde bien de un trabajo en ese estado de inestabilidad.

A José le cambiaron varias veces sus planes y su domicilio sin que fuese una catástrofe. Se amoldó, simplemente. Eso tiene el equilibrio interior: quien lo posee no se altera ni se desespera, sabe encarar las situaciones con mente despejada. Es roca firme. Si Dios lo hace veleta en sus obligaciones externas cambiándole el rumbo, su abandono gozoso en las manos de Él lo mantiene en contagiosa calma. Esta es una condición necesaria, vital, para los dirigentes.

Lo interesante es que el equilibrio interior se adquiere con voluntad, ejercicio, oración y sacrificio. Cuando vemos a un equilibrista de circo, lo admiramos por sus audaces proezas. Es un trabajo de atención, concentración y balance. Va ponderando cada paso en la cuerda, va manteniendo su verticalidad ya sea con la vara horizontal o con el juego de sus propios brazos; así sortea la caída y abre camino hacia su meta. En la vida espiritual el dominio de la cuerda floja tendida sobre el abismo, vía para alcanzar la vida eterna, se parece bastante. Sin los Sacramentos, no podemos sostenernos ni crecer en vida sobrenatural y como el equilibrista debemos mantener constante vigilancia y atención para no dejarnos arrastrar por las tentaciones. Si caemos, no es sin red, allí está la del arrepentimiento templada por la caridad y la esperanza para ayudarnos a ponernos otra vez en posición y seguir adelante. Avanzar seguirá siendo siempre una cuestión de equilibrio en el ejercicio de las virtudes. La única que puede desbordarse es la caridad.

El equilibrio interior es el campo propicio para que el Espíritu Santo nos inspire el don de consejo. Las personas en conflicto, como las mariposas hacia la luz, se acercan a quienes irradian serenidad, allí encuentran refugio, allí hay “palabras de vida eterna” (52).

San José trasmitiría ese equilibrio que adquirió con voluntad y empeño, a todos aquellos que fueron sus vecinos o relaciones sociales, de trabajo, donde le tocó vivir y actuar. Debió ser un centro inadvertido de atracción para aliviar a las personas de su medio atribuladas por problemas. Estaba enriquecido con los dones del Espíritu Santo y los comunicaba en forma muy natural. No le tocó ser profeta, ni predicador, ni líder dotado con un carisma especial para promover una causa. Tenía el equilibrio y por eso la naturalidad, en éste residía su profundo atractivo.-

52   Juan, 28

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