Cultura Católica

Los cinco milagros que llevaron a los altares a San Isidro

En un convite preparado por él se multiplicó la comida como a Cristo los panes y peces

Isidro -narra el códice- fue un pocero que se trasladó a una localidad cercana a Madrid, Torrelaguna, donde contrajo matrimonio con una piadosa mujer, María Toribia. Regresaron a Madrid y nació Illán. Isidro iba todos los días a la iglesia a rezar y los aparceros de Juan de Vargas, el señor de Isidro, se quejaban porque no cumplía con los trabajos del campo. Se descubrió que, mientras él rezaba, los ángeles movían sus bueyes que labraban la tierra. Una vez, en un convite por él preparado para marginados y pobres, se le multiplicó la comida, como a Cristo con los panes y los peces.

El tercero de los milagros cuenta cómo en cierta ocasión, ante un largo periodo de sequía dio un golpe en la tierra con la azada y salió agua en abundancia, como le pasó a Moisés en la huida a Egipto.

El cuarto de los milagros se refiere a su amor por los animales. Volvía a casa en invierno y vio que unos pájaros no hallaban alimento: les vació medio saco de grano para que se alimentaran. Al llegar a casa, el saco seguía lleno.

El quinto milagro es el siguiente: cierto día su hijo Illán cayó en un pozo. Todos sufrían desconsolados alrededor de la boca del pozo. Llegó Isidro, vio lo que ocurría e hizo subir las aguas del pozo, hasta rebosar el brocal, consiguiendo así que el niño saliera a la superficie sano y salvo.

Escudo de San Isidro Labrador
Escudo de San Isidro Labrador FOTO: BIBLIOTECA HISTÓRICA MUNICIPAL BIBLIOTECA HISTÓRICA MUNICIPAL

Cuerpo incorrupto

Durante la plena edad media y aun la baja edad media, se abrió varias veces el sepulcro, con vista real incluida, y todas esas cosas que suelen pasar.

Establecida la Corte por Felipe II en 1561 en Madrid, al año siguiente en una sesión municipal se empezó a propugnar la necesidad de la beatificación de aquel Isidro incorrupto que estaba en San Andrés.

Efectivamente, un Vargas y dos Lujanes, regidores de rancio abolengo madrileño, pidieron a la corporación que «que ya es notorio cómo en esta villa está el cuerpo de San Isidro y cuán justa cosa sea se canonice». Por ello, aprovechando que iba nuevo embajador a Roma, que se le pidiera que intercediera por esta causa, al tiempo que iba a hacer lo propio con otro encargo de Felipe II, que «se canonice el cuerpo del santo fray Diego, que está en Alcalá».

Porque, como argumentaban, donde cabe uno, caben dos, o en sus palabras, «ha de costar poco más canonizar el cuerpo de San Isidro, habiéndose de canonizar el del santo fray Diego». El embajador dijo que lo haría, «juntamente con lo del santo fray Diego mandándolo Su Majestad».

Adviértase que aun antes de canonizarlo, se le tenía y apelaba como «santo». El Concilio de Trento quiso poner orden en todos estos santos locales. Un santo, para serlo, debía ser proclamado por Roma (no por la tradición popular local) y su culto ser universal.

Ganó fray Diego, que fue beatificado en 1589 y a cuyas fiestas en Alcalá asistió el mismísimo rey.

Esta es una de las constantes del proceso de beatificación de san Isidro: que nunca fue solo. Primero, en competencia con san Diego, del que era devoto el príncipe don Carlos; pero también, con san Dámaso, apoyado por otra facción de regidores, encabezados por los Usategui y luego con otros cuatro. En cualquier caso, desde 1562 se había empezado a trabajar casi sin descanso en la causa. Hubo un personaje poco conocido en la memoria de Madrid, el dominico -de Atocha- fray Domingo de Mendoza. Precisamente, coincidiendo con las fiestas de Alcalá, este fraile Domingo de Mendoza pidió al Ayuntamiento que por la devoción hacia san Isidro, se le dejara ver «todos los papeles antiguos que tiene en su archivo» para conseguir la beatificación, para lo cual iba a preparar «un memorial de lo que se ha de hacer y cómo se ha de conseguir esta pretensión» (o sea, casi un Proyecto de investigación). En el Ayuntamiento cayeron en la cuenta de la importancia del archivo municipal, por lo que determinaron «componer el dicho archivo y escrituras en la buena orden que convenga y mejorar la guardia y custodia de ello».-

  • ALFREDO ALVAR EZQUERRA / PROFESOR DE INVESTIGACIÓN DEL CSIC
  • La Razón, España

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