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El fotógrafo

Me dijo que la luz lo conducía, o eso creí entender, y que él la seguía

A Lidia Salas

Horacio Biord Castillo:

Con la brisa de la tarde muchas personas se congregaban junto al acantilado. El sol iba formando colores y matices al esconderse tras las aguas del horizonte, más allá de todos los pueblos conocidos. Se hacía un silencio de atardecer que ni gaviotas ni tijeretas osaban interrumpir con su vuelo. Solo el sol recitaba sus canciones postreras.

En ese saliente de la montaña sobre el mar, justo donde antes hubo un fortín que sirvió a la par de atalaya para proteger la entrada del río y de inexpugnable calabozo, habían construido un edificio a mediados del siglo XIX. Era una época de morbos y epidemias. Por ello, en algún momento fue convertido en hospital. Muchos pacientes del interior e incluso de la Costa habían acudido allí para curarse con los tratamientos innovadores, elaborados algunos con hierbas medicinales de los campos cercanos. También tenían efectos terapéuticos los aires marinos que soplaban con fuerza por aquellos parajes. Los enfermos se quedaban viendo languidecer el disco solar y cómo se convertía en una estrella de mar sin puntas cayendo lentamente desde lo alto. Casi todos decían, al salir ya restablecidos, que esas vistas vespertinas cual brebaje mágico los habían ayudado. El viento traía la palabra bendecida que se pronuncia para sanar y los atardeceres recordaban la progresión y caducidad del tiempo, jamás detenido, nunca inmutable en su permanente mutación, como suele decir una astróloga.

No he logrado saber cuándo ni por qué cerraron el hospital, pero de tanto en tanto al contemplar las arcadas del piso superior, el inmenso balcón donde sentaban a los pacientes en la mañana, después del desayuno, y en la tarde, justo antes de la cena, siento lo imponente del edificio, tanto como las olas que golpean las rocas pobladas de erizos que parecen charlar imperturbables a pesar de los embates de las corrientes. En algún momento, tras su cierre, aquella casona dejó de ser llamada “hospital” y pasó luego a ser referida como “castillo”. Más tarde instalaron allí un hotel, con la incomodidad y dificultades que representaban para los huéspedes la escarpada pared del acantilado y la violencia del mar al castigarla. Por ello tal vez no duró mucho. Cuando lo conocí, funcionaba en el castillo un restaurante. Lo decoraban mascarones con rostros de sirenas y mujeres de senos voluptuosos. Los motivos marineros sobre esos antiguos muros de piedra sin frisar hacían renacer las ruinas de la aduana y el alcázar defensivo, la ergástula donde los condenados sufrían la pena de contemplar, desde el otro lado de las rejas, impotentes, resignados, maliciosos y calculadores algunos, el vuelo de las aves marinas, la pesca inequívoca del alcatraz, el paso de los barcos o el brillo de las estrellas, siempre portadoras de mensajes y arcanos. Nadie lo conocía sino como “el Castillo”, el Castillo de Salgar, más cerca de Barranquilla que de Cartagena, pero en el camino entre ambas ciudades.

La vista de los atardeceres desde el castillo sigue atrayendo a muchas personas. Parejas de enamorados, familias enteras, novias que ansían un retrato con sus vestidos de lentejuelas y encajes y el sol al fondo, quinceañeras emocionadas con el maquillaje para la foto oficial, vecinos, forasteros y turistas de muy lejos. Todos acuden a contemplar el baño presentido del sol en aguas distantes y profundas, habitadas por monstruos y fieras marinas.

Una tarde de finales de diciembre, en una visita familiar mientras contemplábamos el fugaz incendio del poniente, divisé disimulado entre la multitud a un hombre que llegó con un enorme morral. Se agachó muy cerca del castillo con un aparato cuyos detalles y finalidad no logré precisar. Estando ambos a ras del suelo, el hombre hizo ademán de tomar una fotografía al sol moribundo. Se demoró un momento e hizo una anotación en un cuaderno o fajo de folios que recordaba una desvencijada libreta de campo, usada en muchas ocasiones y olvidada a la intemperie en noches muy húmedas o en días muy soleados.

Continuó moviéndose en silencio, desapercibido entre los visitantes. Lo seguí con la mirada, procurando que no me advirtiera. Vi cómo tomaba fotografías aquí y allá, más acá, más allá, mirando los crepúsculos que comenzaban a asomar sus tonalidades sin que todavía oscureciera del todo. Sacó una especie de catalejo y, mientras la gente comentaba la escena luminosa y tomaba sin parar fotos del ocaso, posando al borde del acantilado, de espaldas al sol o con la inmensa mole del castillo atrás, el hombre miraba puntos en el cielo, muchos y cada uno distinto, a juzgar por la lentitud de sus movimientos. Con un pequeño instrumento semejante a un medidor de nivel, que sostenía con los dedos pulgar e índice de cada mano, comparaba su lectura con los ángulos del cielo que de seguro llevaba apuntados en el viejo cuaderno. No cesaba de mirarlo y de detallar sus movimientos, semejantes a una danza ofrecida a la luz solar.

A nuestros ojos ya el inmenso astro era apenas, desde allí, una pequeña raya que se confundía con los reflejos del agua. Me concentré en ver el ocaso y por un rato no le volví a prestar atención al hombre del morral. Había concluido la puesta de sol. Los espectadores empezamos a retirarnos, cada quien hacia su automóvil, o andando por la cuesta hacia la carretera principal, cuando lo alcancé a ver de espaldas hacia un costado del acantilado, el punto más próximo quizá al horizonte. Dudé un momento y, calculando con rapidez el tiempo que me tomaría abordarlo brevemente y volver de carrera al auto que estaba estacionado al inicio de la cuesta, me apuré a acercármele.

No me había visto durante la puesta ni se había percatado de que lo detallaba, así que lo saludé con desinterés y como por casualidad con una frase de cortesía rápida y convencional. Le pregunté, sin embargo, si estaba tomando fotos, si era fotógrafo, quizá especializado en paisajes y puestas de sol, aunque no le dije nada de esto último. Tal vez vendiera sus imágenes a alguna editorial o revista especializada y por un brevísimo instante, al imaginarlo, experimenté el placer de vivir a expensas de mirar la agonía del sol cada tarde y registrar su rostro de aspecto cansino y exhausto.

El hombre, con bondad, pensé luego, pero sin quitar los ojos de su aparato, sin dirigirme siquiera una corta mirada, me dijo que la luz lo conducía, o eso creí entender, y que él la seguía. Imaginé un peregrinar incesante tras el sol, sus colores y matices, voces, aromas incluso. ¡Cuántos viajes habría hecho! ¡Cuántos parajes remotos y de gran belleza habría recorrido! Amplios desiertos, desfiladeros y montañas, morros, riscos, aldeas perdidas, ciudades entre dunas o junto a la selva. “Una geografía de la luz”, me dije en silencio y reparé en los tatuajes que trepaban por sus brazos. “Es un ungüento que me perfuma, dijo como señalando con los ojos los rayos incipientes que aún era posible distinguir, un manjar que me sostiene, una señal…”.

Lo escuchaba con atención cuando se empezaron a oír las llamadas de mi familia. Ya estaban en el auto y tocaban la corneta para que regresara. Le hice al hombre una señal de que me iba y traté con las manos y los ojos, con el rostro, de despedirme y, sobre todo, de agradecerle su atención, pero era en realidad un grito desesperado de querer continuar la conversación y de hacerme notar. Algo me impulsaba a no querer dejarlo. Me sentía como en un istmo o puente, más bien como en una incierta e íntima encrucijada. En un extremo, mi familia me esperaba, ya con impaciencia. En el otro, aquel personaje desconocido me atraía fuertemente, como si con su actitud más que con sus palabras, con lo que creía intuir, me ofreciera acercarme al misterio.

Sus últimas palabras fueron “Una señal”. Me había dicho, eso creí entenderle, que para él la luz era una señal, “una señal que me guía”, completé ya en el carro sin saber por qué. “¿Quién era esa fotógrafo?”, me preguntaron mis familiares. No sabía nada de aquel personaje, si en verdad era o no como me había parecido un fotógrafo. “Sigue la luz. La está midiendo, creo”, alcancé a mascullar. “Parece un mago”, dije en voz más alta y con absoluta seguridad. “Debe buscar algo”, añadí. “Tal vez a Alguien”, pensé.

 

 

Barranquilla, enero, 2022

 

Horacio Biord Castillo

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